sábado, 28 de mayo de 2022

La Familia Pródiga: Rut 1


Los tiempos de los jueces representan una de las épocas más confusas y tristes en la historia de la nación de Israel. No había rey, y cada uno hacía lo que le parecía. El libro de Rut comienza durante esos tiempos, y vemos en el primer capítulo el espíritu de aquel entonces. Elimelec y Noemí, como muchos, hicieron lo que les pareció, y en su caso eso era abandonar a Belén e irse a Moab. Vemos en ellos malas prioridades y decisiones, alejamiento de Dios y del pueblo de Dios, malas amistades y alianzas con los incrédulos, yugos desiguales, esterilidad, muerte y amargura. Pero, aunque comience así, el libro de Rut nos enseña algo sobremanera bueno que sucedió en ese tiempo. El libro enseña también la providencia divina, misericordia, bondad y bendición. Aquí hallamos el enlace entre los tiempos sin rey y la venida del reino de David. El linaje del rey David resulta ser el linaje también de Cristo, como Mateo 1.1-6 enseña. Así que, Rut presenta la providencia de Dios, que obra a veces silenciosa pero siempre poderosamente en las “circunstancias” de la historia, para el bien de Su pueblo.

 La Ida (vv. 1-5)

 v. 1 “Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos”.

            La historia comienza en Belén de Judá, pero en el primer verso se traslada a los campos de Moab. La primera parte tiene que ver con una familia pródiga: Elimelec, Noemí e hijos. En los días de los jueces cada uno hacía lo que bien le parecía (Jue. 17.6; 21.25). Todos los males manifestados en Jueces radican en que olvidaron a Dios, no tuvieron fe, y vivieron de manera egoísta. Los jueces produjeron solo cambios temporales, y parece que con el paso del tiempo tuvieron cada vez menos impacto. Uno de los últimos de ellos fue Sansón, un hombre de pasiones descontroladas, murió ciego y cautivo. Sabemos que Dios castigaba a Israel de varias maneras, incluso con hambre. En una época eso fue por invasión de los madianitas y amalecitas que destruyeron los frutos de la tierra (Jue. 6.3-6). Deuteronomio 28 y 32 contienen advertencias de juicios divinos de sequías y hambre por la desobediencia de la nación. El libro de Rut comienza en uno de esos tiempos.

            Así que, las circunstancias eran malas y difíciles de soportar. “Hubo hambre en la tierra”. No controlamos las circunstancias, sino nuestra respuesta a ellas. ¿Qué hacemos en tiempos difíciles? Elimelec respondió abandonando lo que Dios le había dado, y llevó a su familia lejos del Señor, a una tierra que no les pertenecía. El texto no menciona nada de oración, ni de buscar consejo o ayuda, ni de familia, ni de los ancianos de su pueblo, ni de los sacerdotes. La tentación era ir a otro lugar donde había pan – fuera donde fuera. Abraham se equivocó en tiempos de hambre y descendió a Egipto (Gn. 12.10). Dios no le dirigió a Egipto – solo fue por la lógica, y de ahí tuvo que volver al lugar donde había hecho altar a Dios. Más tarde su hijo Isaac pensaba hacer lo mismo, pero Dios le paró (Gn. 26.2). Debemos siempre buscar y seguir la voluntad de Dios, como Santiago 4.15 aconseja: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. ¿Cómo sabemos hoy lo que el Señor quiere? No por sentimientos ni visiones ni voces, sino mediante Su infalible Palabra (Sal. 119.105), y el consejo bíblico de los que Él ha puesto para velar por nuestras almas (He. 13.17).

            Elimelec y su casa ilustran lo que sucede cuando no somos guiados por el Señor. Ilustran las personas que no viven por fe sino por circunstancias. Su vida es una serie de reacciones lógicas o impulsivas a sus circunstancias. Estaban en un buen lugar. “Belén” significa “casa de pan”, y era el pueblo natal de Aquel que es el Pan de vida (Jn. 6.35, 48). “Judá” significa “alabanza”, y es la tribu del Mesías, alabado sea Dios. En Josué 15 Dios había asignado a la tribu de Judá su territorio. Así que, vivían en un lugar donde Dios prometió bendición. Nos recuerda la promesa posterior de Jehová a David – pan y alabanza. “Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan. Asimismo vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbilo” (Sal. 132.15-16). Pero esta familia, en la prueba de hambre y escasez, cometió el error de marcharse sin la guía de Dios, a otro lugar para buscar una vida mejor. Fallaron por su poca fe y su decisión independiente. No dijeron como Habacuc: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3.17-18). ¡Qué noble y admirable hubiera sido comportarse así, pero si no hay fe, no es posible! En lugar de eso, desearon ir a Moab para aliviar sus dificultades.

            Samuel Ridout comenta que en la Biblia el hambre era el llamado divino al arrepentimiento (Dt. 28.15-17, 23, 38). [1] Todavía es así, y a veces incluso una asamblea tiene de qué arrepentirse (Ap. 2.5). Dios nos castiga y nos prueba para humillarnos y enseñarnos, para que nos volvamos a Él, no para que nos alejemos. Pero tristemente, muchas veces no somos sensibles sino resentidos y obstinados. Por el profeta Amós Dios dijo: “Os hice estar a diente limpio en todas vuestras ciudades, y hubo falta de pan en todos vuestros pueblos; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová” (Am. 4.6). Así fue el caso de Elimelec y familia. Su motivación fue el pan, no el plan de Dios. Podríamos pensar que solo Elimelec era culpable, pero si seguimos el texto veremos que Noemí tuvo su parte y también fue castigada. Algunas veces eso pasa eso en un matrimonio, que la esposa se hace la víctima ante los demás, pero en casa ella se queja y presiona al marido a salir y buscar una vida mejor para ella y los hijos. Fuese cual fuese el caso, a Noemí esa decisión le costó su familia, pero a Elimelec le costó la vida. Debemos recordar que las decisiones tienen consecuencias. Ante las pruebas, debemos humillarnos, examinarnos, y orar, no solo pidiendo ayuda, sino en palabras del Salmo 26.2, “Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón”. Y como dice el Salmo 139.23-24, “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. De haber procedido así, Elimelec nunca habría ido a Moab. Y si nosotros aprendemos a proceder así, tampoco iremos a lugares donde Dios no quiere que estemos.

            En nuestros tiempos hay quienes abandonan su país, familia y asamblea para ir, incluso ilegalmente, a un lugar donde pretenden ganar dinero. Su proceder no es “si el Señor quiere” (Stg. 4.15), sino lo que ellos quieren: dinero y comodidad. Deciden por su cuenta ir a lugares donde no hay asamblea, o sin saber siquiera si hay una. Se atreven a entrar de manera ilegal en otros países. Esto incluye el entrar fingiéndose turistas, cuando su plan es quedarse y trabajar, lo cual es ilegal. La Palabra de Dios habla claramente: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores” (1 P. 2.13-14). Pero para tales personas, lo principal es el trabajo y el dinero, no la Palabra de Dios ni Su voluntad. Todo lo manipulan a gusto y capricho suyo. Una persona llamó a un misionero preguntando dónde se podía congregar en cierta ciudad. En la conversación se descubrió que hacía dos años que vivía en ese lugar, y solo entonces buscaba donde congregarse. ¿Por qué? Porque francamente, no viajó pensando en su vida espiritual – porque no fue su prioridad. Poderoso caballero es don dinero, y muchos lo permiten dirigir sus vidas. Primero deciden dónde van a ir, vivir y trabajar, y luego, como algo extra, no esencial, tal vez preguntan dónde congregarse. La manera de hacer las cosas indica cuáles son sus valores y su condición espiritual. Todo tiene su explicación, pero no todo tiene bendición.

extracto del capítulo 1 del Comentario sobre Rut por Carlos Tomás Knott, Libros Berea


[1] Samuel Ridout, Judges and Ruth (“Jueces y Rut”), Loizeaux, Neptune, New Jersey, 1980.

martes, 10 de mayo de 2022

¿Cuándo Es Mejor La Muerte?

“Mejor el día de la muerte que el día del nacimiento” (Eclesiastés 7.1).

Entre los que no son creyentes cada vez más personas creen que sería mejor morir que sufrir y ser una carga para los demás, y piensan en suicidarse para salir de todos sus problemas. Pero en realidad, cuando muera alguien que no cree en el Señor Jesucristo, va de mal en peor. Por mucho que sufriera en esta vida, físicamente o de otros problemas, no halla alivio en el más allá. En la ultratumba ya no padece de enfermedades ni de problemas económicos ni emocionales, pero parece que ignoran que en lugar de todo eso hay algo muchísimo peor. Dios declara que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9.27). No hay aniquilación, ni reencarnación, sino juicio.

      Para los que no son creyentes en Jesucristo, después de morir no hay reposo. El cuerpo reposa, y se descompone, pero no la persona que moraba en él. Va al lugar que Cristo llamó “el Hades”, que es un lugar de detención y sufrimiento mientras espera el día del juicio. “Murió también el rico, y fue sepultado; y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos” (Lucas 16.22-23). El gemido de ese hombre fue “estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16.24). Y ahí está todavía, con todos los demás muertos inconversos, esperando el día del juicio del Gran Trono Blanco de Dios (Apocalipsis 20.11-15). No les va mejor que en la vida, sino peor. Es cierto lo que dijo el profeta Isaías: “¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado” (Isaías 3.11). El sistema judicial de los hombres no siempre alcanza a los que hacen mal, porque tiene sus limitaciones, debido a las debilidades y los fallos humanos – la ignorancia, el soborno, la acepción de personas, el trastorno de las leyes, y la corrupción de algunos abogados y jueces. Pero el juicio de Dios es perfecto, y es “según verdad” (Romanos 2.2), y ningún incrédulo escapará.

            Así que, si uno no es creyente en el Señor Jesucristo, si no ha recibido por la gracia de Dios el perdón y la vida eterna en Cristo, sea religioso o ateo, ciertamente no le es mejor morir. Cualquier día en esta vida, aunque sea con dolores, es mejor que los tormentos eternos del juicio de Dios. Según Jesucristo, no hay aniquilación, sino “castigo eterno” (Mateo 25.46). Así que, lo que la gente llama “eutanasia”[1] no le ayuda. Después de todos los razonamientos, justificaciones y filosofías, es simplemente un eufemismos para el suicidio asistido – una clase de homicidio – porque es matarle o ayudarle a matarse. Aunque no sufra más dolor de cáncer u otras enfermedades debilitadoras, ni es carga para los demás, ha entrado en gran dolor y tormento eterno. Eso no es un alivio, no es una condición mejor, y los que le ayudan son culpables de mandarle al lugar de tormento.

            A veces en medio de gran sufrimiento y desánimo una persona puede desear la muerte, creyendo que le sería mejor, como un alivio. El piadoso Job, cuando padecía, dijo: “mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos. Abomino de mi vida; no he de vivir para siempre; Déjame, pues, porque mis días son vanidad” (Job 7.15-16). Pero no se suicidó, porque dar y quitar vida es la prerrogativa de Dios, y menos mal que no lo hiciera, porque el final de su vida fue más bendecido que el principio. Seamos pacientes y esperemos en Dios. Rebeca, la esposa de Isaac, tuvo dificultades en su embarazo. “Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo?” (Génesis 25.22). El profeta Elías también se desalentó y quiso morir. “Se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres” (1 Reyes 19.4). El profeta Jonás se desanimó cuando Nínive no fue destruida, y deseó la muerte. Dijo en oración: “Te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida” (Jonás 4.3). Desearon la muerte porque no querían sufrir más, pero Dios no se lo concedió. No les hubiera sido mejor la muerte, porque Dios tenía otro plan para ellos. No sabemos cuándo es mejor morir que vivir, pues esa decisión está en manos de Dios.

Entonces, ya que Eclesiastés 7.1 dice “mejor el día de la muerte” ¿en qué sentido es mejor la muerte? Veamos.

Es Mejor Para El Creyente Fallecido

            Cuando muera un cristiano, en ese momento pasa directamente a la presencia del Señor. El apóstol Pablo lo expresó así: “teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1.23). No solo para el apóstol, sino es la esperanza de todo creyente: “…más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Corintios 5.8). Así que, el creyente no busca la muerte como escapatoria, pero tampoco rehúye de ella con temor. Reconoce como dijo el salmista: “En tu mano están mis tiempos”, y procura vivir de manera agradable al Señor. “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Romanos 14.8). Pero cuando fallezca un creyente, al instante está con el Señor, en Su presencia. Habrá dejado atrás todos los problemas, dolores, debilidades, conflictos y preocupaciones de la vida. En ese momento verá que el Señor es fiel a Su promesa: “Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás” (Juan 10.28). No por mérito propio, sino por la gracia de Dios estará siempre con Él en la gloria. Entonces dirá como el rey David: “Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre” (Salmo 30.11-12).

            Por eso, cuando muera uno de nuestros amigos o seres queridos que era creyente, la tristeza que sentimos es real, pero no es como la tristeza de los demás. Pablo dijo a los creyentes en Tesalónica: “para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4.13). En los versos 14-18 él explica la esperanza que tenemos. Los creyentes que murieron están con el Señor Jesús, y Él los traerá consigo cuando venga a buscarnos (v. 14). Estaremos reunidos con ellos eternamente, porque todos los creyentes estarán siempre con el Señor (v. 17). Los del mundo no tienen esta esperanza, pero nosotros sí, y eso debe alentarnos.

Es Mejor Para Dios

            La muerte del creyente es mejor para Dios, porque Él quiere que todos los Suyos estén en Su morada eterna con Él. “Juntadme mis santos” (Salmo 50.5), dijo en otro contexto en el Antiguo Testamento, pero es aplicable a nosotros, como expresión del deseo de Dios. El amor del pastor a su novia sulamita, expresado en Cantares 2.14, ilustra bien lo que el Señor siente acerca de nosotros: “Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto”. ¿No es asombrosamente maravilloso, que nuestro Creador, el Dios altísimo, santo y perfecto quisiera tener comunión con nosotros? No tiene explicación, pero es así. El Señor dijo a Sus discípulos: “El Padre mismo os ama” (Juan 16.27). El Señor Jesús prometió: “voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14.2-3). Quiere que estemos a Su lado, y así será.

            Por eso dijo el salmista: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Salmo 116.15). O por muerte o por arrebatamiento Él nos tomará a Su lado. Entonces Cristo “verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53.11). Él dio Su vida por nosotros, no solo para darnos perdón, sino para que estemos siempre con Él. No quiere que suframos más, ni que seamos debilitados por el cuerpo físico, ni que seamos ignorantes de Su gloria. Tendrá contentamiento, gozo, satisfacción y gran gloria cuando todos los redimidos estén en el cielo, Su morada eterna. Entonces se cumplirá el deseo que Cristo expresó en Su oración antes de sufrir: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17.24).

Es Mejor Para Todos Los Que Queden Vivos

A todos los vivos hay beneficio, si quieren recibirlo, en la muerte de otro. Eclesiastés 7.2 declara que “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete”. Es mejor la muerte porque nos enseña una lección de gran valor. Nos recuerda que somos mortales, que nuestra vida tiene límite, fin, y nos invita a reflexionar y enmendar nuestros caminos para sacar provecho del tiempo que nos queda. “…porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón” (Eclesiastés 7.2-3). A todo ser humano le conviene recordar que no vivirá para siempre. No se suele pensar mucho en esto, pero las casas funerarias y los cementerios dan testimonio silencioso de la realidad y certeza de la muerte. Para los que no son creyentes, es una oportunidad para arrepentirse y convertirse antes de que llegue su cita con la muerte. “Pues verá que aun los sabios mueren; Que perecen del mismo modo que el insensato y el necio, y dejan a otros sus riquezas.  Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura…” (Salmo 49.10-13).

Y a los creyentes les recuerda que la vida no es un derecho, sino un regalo del Señor, Deben aprovechar cada día de la vida para agradar al Señor. Cuando en la casa de luto miramos al difunto, debemos pensar que un día estaremos en su lugar. No es complaciente, pero es saludable pensar en nuestra fragilidad y mortalidad.

En el desfile de triunfo de un general romano, pusieron un auriga (esclavo) con él, que continuamente susurraba a su oído en latín: “Respice post te. Hominem te esse memento. Memento mori!” – que significa: “Mira detrás de ti, recuerda que solo eres un hombre, recuerda que morirás”. Es bueno recordarlo, andar humilde y obedientemente, y de este modo prepararnos para morir bien.

Todos debemos recordar lo que Dios mandó decir al rey Ezequías: “Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás” (2 Reyes 20.1). El rey lloró y oró, y Dios le concedió quince años más, pero las Escrituras testifican de que Ezequías no utilizó bien esos años, sino desagradó a Dios. Es fácil criticar a ese rey, pero antes debemos preguntarnos qué hacemos con el tiempo que Dios nos da. Alguien preguntó que si supieras que morirías el año que viene, o la semana que viene, ¿qué harías con los últimos días de tu vida? La idea es ocuparnos ahora de esas cosas. Como dijo el misionero inglés, C. T. Studd: “Solo una vida, pronto pasará; solo lo hecho para Cristo durará”.

Carlos Tomás Knott

[1] Eutanasia viene del griego y significa “buena muerte”. Es intervenir deliberadamente para terminar una vida para aliviar el dolor y el sufrimiento. Es ilegal en todo el mundo excepto siete países: Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Nueva Zelanda, España, Países Bajos y Colombia. Pero aun en estos países el problema, que no quieren reconocer, es que Dios no la aprueba.

Conviene recordar que no intervenir para prolongar la vida no es lo mismo que eutanasia.

viernes, 15 de abril de 2022

Dios Habla Con Precisión

 


La precisión es importante, en la medicina, la astronomía, la construcción, la programación informática, las cuentas bancarias, y muchos otros aspectos de la vida. Un pequeño fallo puede tener grandes repercusiones.
    Sobra decir que Dios lo sabe todo. En esto estamos de acuerdo, y hallamos gran consuelo en la omnisciencia de Dios, y en Su sabiduría. Siendo perfectamente sabio, Dios se comunica con nosotros usando con precisión un idioma humano. Y como no es Dios de confusión, sino de orden, podemos esperar ver ese orden en la gramática y el vocabulario que Él elige. Estamos seguros de que Dios habla como quiere, y dice exactamente lo que quiere decir. Él no dice "más o menos", ni nunca tendrá que enmendar Sus palabras ni decir: “cuando dije digo dije diego”.
     Los cristianos creemos en la inspiración plenaria y verbal de la Biblia, que el Espíritu de Dios escogió con precisión las palabras que quiso usar en cada circunstancia, y causó que ésas fuesen escritas, sin que se interpusiera ninguna palabra humana. En la frase: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16), “Escritura” es la palabra griega “grafe” – que significa gráficas, cosas escritas. Esto es: “Perteneciente o relativo a la escritura y a la imprenta. Que se representa por medio de figuras o signos”. Entonces, “Toda la Escritura” se refiere a todo lo que Dios ha hecho que se escriba, sin excepción. Cada palabra de las Escrituras lleva esta marca divina.
    Cristo señaló la importancia de cada detalle de la Palabra de Dios. Declaró: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mt. 5:18). La jota es la letra “yod” en hebreo
, la más pequeña del alfabeto, y corresponde a iota en griego. La tilde en hebreo se refiere a los signos, pequeñas marcas como puntos que aparecen debajo de las letras hebreas (por ej.  ̤  ̞ ). ¡Hasta estas marcas pequeñas fueron inspiradas!  Es importante que reconozcamos esta verdad y prestemos atención en la lectura de la Biblia, porque Dios escogió cada palabra, singular o plural, su género, el tiempo de cada verbo, y ciertos términos en lugar de otros.
    En Génesis 2:16-17 dio instrucciones explícitas a Adán. Podía comer de todo árbol en el huerto menos uno: “el árbol de la ciencia del bien y del mal” y advirtió que comer de él causaría muerte. ¿Qué hizo la serpiente cuando apareció en la escena en Génesis 3? Enredó a Eva acerca de los términos y propósitos de ese sencillo mandamiento. Eva no citó correctamente lo que Dios había dicho. Omitió una parte, y añadió otra parte, y llamó al Creador “Dios” – como la serpiente dijo, en lugar de “Jehová Dios” como Él se dio a conocer a ellos. No puso atención a lo que Dios había dicho. Luego aceptó cuando el tentador puso en entredicho los propósitos de Dios. Una de las lecciones que aprendemos de Génesis 2 y 3 es la importancia de conocer exactamente lo que Dios ha dicho, y creerle implícitamente.
    Observa la precisión con que habló Cristo cuando resucitó a Lázaro. “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43). Si hubiera dicho: “¡Ven fuera!” o “Venid fuera” podían haber salido de sus sepulcros todos los muertos. Juan 5:28-29 informa que en un día futuro todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán. Pero ese día, Cristo solo llamó a Lázaro.
    El género también es importante. Salmo 68:11 dice: “El Señor daba palabra; había grande multitud de las que llevaban buenas nuevas”. “Las”, no “los”, indica que las mujeres hacían correr entre los del pueblo la orden divina de avanzar: “Marchad”. No que fuesen predicadores ni maestros, sino que fielmente pasaron el informe en esperanza de victoria.
    Dios sabe cuando poner artículo y cuando no. Por ejemplo, Juan 1:1 dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Los llamados “testigos de Jehová” no creen que Jesucristo sea Dios igual con el Padre, así que se toman la libertad de alterar el texto. Ellos añaden la palabra “un”, para que el texto diga: “...y el Verbo era un dios”. Con eso pretenden indicar que era una criatura poderosa pero hecha por Dios. Con algo tan pequeño como un artículo indefinido se crea una doctrina errónea que ataca la deidad de Cristo.
    Dios también sabe distinguir entre singular y plural, y no se equivoca. Gálatas 3:16 señala la importancia de esto, cuando cita la promesa divina a Abraham (Gn. 22:18). “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente”. La promesa no habla de los descendientes de Abraham en plural, sino de uno solo, que indica a Cristo. El Espíritu Santo nos hace saber que la distinción entre plural y singular es importante.
    Respecto a la Cena del Señor, observamos que el texto sagrado emplea el singular para referirse a los símbolos. No panes, sino pan. No copas, sino copa. Los textos de los Evangelios siempre utilizan el singular, “pan” y “copa” (Mt. 26:26-27; Mr. 14:22-23; Lc. 22:19-20). 1 Corintios 10:16-17 también utiliza el singular y lo enfatiza. “El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” “Pan”, “comunión” y “cuerpo” están en singular (v. 16). Es un detalle importante, porque el siguiente versículo dice: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (v. 17). Y el capítulo siguiente indica lo mismo acerca de los símbolos del pan y la copa. Lo vemos enfatizado por las repeticiones en 1 Corintios 11:23-28,
    v. 23    “el pan”
    v. 25    “la copa”
                “esta copa”
    v. 26    “este pan”
                “esta copa”
    v. 27    “este pan”
                “esta copa”
    v. 28    “del pan”
                “la copa”
    El Espíritu Santo dijo exactamente lo que quiso decir, y nos ha dado un patrón que seguir (He. 8:5). No dice que tiene que ser en un aposento, ni cómo se tienen que arreglar las sillas, ni a qué hora celebrarlo, pero sí indica esto repetidas veces acerca de los símbolos.
    La importancia de singular y plural también se ve en el asunto del gobierno de la iglesia. El patrón del Nuevo Testamento es que haya ancianos (plural) en cada iglesia (singular). “Constituyeron ancianos en cada iglesia” (Hch. 14:23). “...Hizo llamar a los ancianos de la iglesia” (Hch. 20:17). “Establecieses ancianos en cada ciudad” (Tit. 1:5). “Ruego a los ancianos que están entre vosotros” (1 P. 5:1). “Saludad a todos vuestros pastores” (He. 13:24). Nunca se puso a un solo hombre como “el pastor” de una asamblea local. Eso no está aprobado por Dios. Pero los que dicen que no importan el singular en cosas como pan o panes, copa o copas, también pueden emplear esa lógica para despreciar el plural que Dios indica para el cuidado de la asamblea. ¿Es importante que Dios no dice anciano sino ancianos – no pastor sino pastores? Claro que sí. Ni es bíblico que un hombre, aunque tenga estudios, dinero o sea aun misionero, se quede como "el anciano", y gobierne a la asamblea.
     1 Timoteo 3 y Tito 1 hablan en singular porque trata las cualidades del carácter y la conducta de cada uno que es anciano. Indica que el que es anciano debe ser marido de una sola mujer – no de varias. En 1 Timoteo 5 uno de los requisitos de la viuda que es puesta en la lista es “que haya sido esposa de un solo marido” (v. 9). Dios se fija en estos detalles. “Hay un solo Dios [no dioses], y un solo mediador [no mediadores] entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5).
    En Efesios 4 el apóstol nos llama a guardar – no hacer – la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (v. 3). Luego en los versículos 4-6 nos detalla los aspectos importantes de esa unidad hecha por el Espíritu Santo: un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.
    Varias veces en Su Palabra Dios nos manda tener cuidado de no añadir ni quitar de lo que Él ha dicho. No tenemos derecho de alterar o modificar Su Palabra, ni en los detalles pequeños, como por ejemplo una “s”, es decir, de singular a plural o vice versa, porque “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil” (2 Ti. 3:16).