martes, 25 de junio de 2019

HAGÁMONOS UN NOMBRE

por Donald Norbie   
 
     En los días justo después del diluvio, miles de años antes de nacer Cristo, tomaron lugar los eventos interesantes de Génesis 11:1-9. Es la historia conocida de la torre de Babel. Estos eran los pensamientos del corazón natural en aquel entonces:

“Y dijeron: vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”
(Gn. 11:4).

     Sus aspiraciones son muy interesantes e instructivas, porque han caracterizado el corazón humano en cada generación. Primero, deseaban la seguridad y unidad que la organización externa de una ciudad les daría. Segundo, deseaban erigir para su honra y gloria un monumento, magnífico y alto, posiblemente para uso religioso. Seguridad y gloria para sí, son el anhelo del corazón natural.
    El Comentario de Keil y Delitzsch lo expresa bien (pág. 173):

“Por lo tanto, la motivación real era el deseo de renombre, y el objetivo era establecer un punto central reconocido, que serviría para mantener su unidad. La motivación era tan impía como el objetivo”.

    El orgullo es un mal temible, pero el deseo que tenía hacia  la centralización también era malo. Manifestó un corazón desobediente, porque Dios les había mandado a llenar la tierra. Descubrió en ellos un corazón que deseaba seguridad y unidad basadas en los esfuerzos del hombre. La verdadera seguridad está en confiar en el Dios vivo; la verdadera unidad se mantiene gracias a una relación interna y espiritual que sólo Dios puede producir.
    Dios determinó confundir las ideas grandiosas del hombre en ese momento, y lo ha hecho repetidas veces desde entonces. Considera el auge y la decadencia de grandes imperios y naciones.
    Desafortunadamente, este mismo corazón natural sigue en el seno del creyente, y se hace oír. Es trágico que con tanta frecuencia hagamos caso a esta voz seductora.
    Había sido la voluntad de Dios que Su pueblo Israel viviera bajo una organización tribal no muy estrecha, y que su verdadera unidad surgiera de su adoración común a Jehová. Él les gobernaría, enseñando y exhortando al pueblo a través de Sus siervos, los jueces y profetas. Su ministerio sería más o menos itinerante, y sería reconocido porque era un don de Dios (1 S. 7:15-17).
    Sin embargo, para la mente natural esta situación resultaba muy débil e ineficaz. No tenían un gobierno muy organizado y bien formado; no tenían rey que les encabezara. En verdad, Jehová era su Rey (Sof. 3:15), pero querían una cabeza de estado visible. Las realidades invisibles espirituales nunca satisfacen el corazón natural. “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 S. 8:5). Su patrón era el mundo y no la Palabra.
    El pueblo de Dios siempre ha estado aquejado de un deseo de unidad externa y seguridad, como también un deseo de pertenecer a algo grande. La historia de la cristiandad revela repetidas veces este problema. Como resultado de la obra del Espíritu de Dios hay personas convertidas y reunidas en fervor y sencillez. No hay organización externa, maquinaria denominacional, misiones, escuelas para formar a predicadores, ni agencias financieras. Todo se hace con sencilla fe en el Dios vivo. En lugar de pertenecer a algo grande, pertenecen a Alguien. En lugar de hacerse un nombre, magnifican Su Nombre incomparable. Detrás de una aparente debilidad, hay gran vida y poder espiritual. Detrás de una aparente desunión externa, hay verdadera unidad interna, basada en una vida común.
    Sin embargo, una y otra vez esta deliciosa sencillez neotestamentaria ha sido estropeada. Las iglesias son organizadas en asociaciones, denominaciones y federaciones. Se establecen misiones para escoger candidatos, organizar su apoyo económico y conseguir reconocimiento del gobierno. Las iglesias se hacen  grandes y ostentosas. No se puede permitir a los del laico (sin ordenación o licenciatura) oficiar en tales congregaciones. El clero se encarga del púlpito y del liderazgo. Se establecen institutos que con el tiempo se llegan a considerar como los únicos cualificados para producir personas aptas para “pastores” o “misioneros”. Todo esto tiende a otorgar unidad externa, seguridad, y renombre. ¿Quién quiere pertenecer a algo pequeño?
    La historia de la Iglesia proyecta esta imagen sobre la pantalla del tiempo una y otra vez, y es una advertencia para nosotros. La asamblea sencilla y autónoma del Nuevo Testamento parece débil, pero tiene la seguridad de Jehová Dios. Las asambleas que se reúnen con esa sencillez parecen externamente desorganizadas, pero bajo la superficie está la verdadera unidad viva del Espíritu, que une a todos los verdaderos creyentes en un sólo hombre. No cabe allí ningún nombre puesto por los hombres. Sólo el gran Nombre del Señor es exaltado. Los caminos de Dios son los mejores.

“No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad”
(Sal. 115:1).

viernes, 22 de febrero de 2019

¿Podemos Rehusar La Cena Del Señor A Un Verdadero Creyente?

por Norman Crawford



Desde enero de 1999 hemos publicado artículos sobre la Persona y obra del Espíritu Santo. Le place a esta Persona divina hacer Su residencia en la tierra en la asamblea. Su carácter is santo: “el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:17).
    ¿Podemos rehusar la cena del Señor a un verdadero creyente? Frecuentamente surge esta pregunta. Para algunos, la recepción de todos los que vienen parece un método más benigno, ¿pero es bíblico? Ha sido sugerido que si rehusamos la comunión a alguien, profesamos un nivel más alto de piedad que los demás creyentes. Esto no es verdad. Creemos que hay muchos creyentes en las denominaciones que pueden tener una devoción más profunda al Señor que la que nosotros manifestamos. No obstante, la recepción a una asamblea no es una calle de sentido único. Significa recepción a la asamblea, pero también indica que el que es recibido también recibe a la asamblea, sus creencias y prácticas.

¿Qué Pasa Si Un Creyente Desconocido Viene A Partir El Pan?

    Debemos tratar a todo creyente con amor y amabilidad. Pero si una persona desconocida se presenta y desea ser recibida a la asamblea, ¿cómo sabemos si es un creyente genuino? Algunos dicen que debemos recibir a todo persona que es verdaderamente salva, santa en vida y sana en doctrina. Pero no explican cómo podemos saber si estas cosas son la verdad en la vida de una persona desconocida que aparece en la puerta. Solo los frutos de la vida demuestran la realidad (Mt. 7:20).
    Existe un segundo problema. Tal persona desea este día  partir el pan con nosotros, pero ¿qué hace en los otros 51 días del Señor durante el año? Esto introduce el tema de perseverar continuamente en la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones (Hch. 2:41-42). Está claro en el Nuevo Testamento que la Cena del Señor no es un privilegio individual sin congregacional – de la asamblea. No recibimos a las personas a la Cena del Señor, sino a la asamblea. Esta comunión es constante y continua, no espasmódica.

Una Asamblea Es Una Entidad

    Una asamblea está compuesta de un número de creyentes en cierto lugar. Tiene dos posiciones: “dentro” y “fuera” (1 Co. 5:12-13). Tiene pastores que son conocidos por la asamblea y que conocen a toda oveja y cordero en el rebaño (1 Ts. 5:12-13); 1 P. 5:1-4). ¿Cómo podrían los pastores enseñar y guiar a creyentes que ni siquiera conocen? ¿Cómo podrían actuar en disciplina? Un profesado creyente podría estar fuera de una asamblea o porque ha sido sacado (1 Co. 5:9-13), o porque es indocto (1 Co. 14:24-25).

Haciendo Preguntas

    ¿Tenemos derecho a preguntar a una persona acerca de su testimonio de salvación, sus creencias y su vida? La asamblea en Jerusalén tenía apóstoles en ella, y sin embargo con precaución rehusaron la comunión a Pablo hasta que estas tres preguntas fueron completamente contestadas (Hch. 9:26-28). Entonces él “estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía” (Hch. 9:28).

Distinciones Entre El Cuerpo Y Una Asamblea
    Ha sido enseñado que todos los que están en el gran cuerpo espiritual de Cristo están automáticamente en comunión en una asamblea. Pero hay numerosos distinciones entre el cuerpo y una asamblea local. Uno entra en el cuerpo en el momento de la conversión, pero entra en la asamblea mediante la recepción (1 Co. 12:13; Hch. 2:41). Todo verdadero creyente está en el cuerpo, pero hay creyentes que están fuera de una asamblea (1 Co. 5:11; 14:25). En el cuerpo no hay varón ni hembra (Gá. 3:28). Pero en una asamblea sí, porque en ella las mujeres guardan silencio (1 Co. 14:34). Es imposible estar separado del cuerpo de Cristo (Ro. 8:38-39), pero es posible ser expulsado de una asamblea (1 Co. 5:11-13). Nada falso puede jamás entrar en el cuerpo (Mt. 16:18), pero se le advierte a la asamblea respecto a lobos y falsos maestros que entrarán (Hch. 20:29). El cuerpo tiene perfecta unidad (Jn. 17:21), pero una asamblea puede tener divisiones (1 Co. 3:3). Estas solo son algunas de las distinciones que existen.


Traducido de la revista Truth & Tidings, noviembre 1999

domingo, 10 de febrero de 2019

De Vuelta A Los Fundamentos


escribe William MacDonald

·  Nosotros enseñamos a nuestros hijos a acumular. Cristo los llama a renunciar a todo lo que poseen (Lc. 14:33).
·  Nosotros les enseñamos que ser pobre no es loable. Jesús dijo: "Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios" (Lc. 6:20).
·  Nosotros les decimos que se queden en casa y cumplan bien con todo. El Señor les dice: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio" (Mr. 16:15).
·  Nosotros los inducimos a asegurar su vida terrenal. El Salvador los exhorta a hacerse tesoros en el cielo (Mt. 6:20).
·  Nosotros les proponemos que vivan para dos mundos. Jsús dice que eso no es posible (Lc. 16:13).
·  Nosotros les enseñamos a "andar por vista". La Palabra les enseña a "andar por fe" (2 Co. 5:7).

    Hermanos, es hora de que nos replanteemos las ambiciones que tenemos para nuestros hijos a la luz de estos hechos ineludibles:

1. Por todo el mundo, hombres y mujeres sin Cristo se están perdiendo.

2. Los cristianos tenemos lo que ellos necesitan: el evangelio.

3. Si les privamos del pan de vida, somos culpables de negligencia criminal, de homicidio del alma, en definitiva.

4. No nos pertenecemos. Hemos sido comprados con la sangre del Señor Jesús.

5. No tenemos derecho a vivir en forma egoísta. Debemos vivir para Aquél que murió y resucitó por nosotros.

6. Si pretendemos salvar nuestras vidas, las perdemos. Si las perdemos por Su causa, entonces las hallaremos; la realidad será nuestra.

7. Dentro de cien años, solo la vida vivida para Cristo tendrá valor.

Necesitamos padres que alienten a sus hijos a "quemarse" en el servicio a Cristo. Padres que no se disgusten si sus hijos aman más a Cristo que a ellos. Padres que no se alarmen si sus hijos son detenidos porque optan por obedecer a Dios antes que a los hombres. Padres que muestran tanto por sus vidas como por sus palabras, que aquel que pone a Cristo en primer lugar es el que alcanza el éxito más excelente.

del libro Seguir Espejismos o Seguir a Jesús