viernes 18 de noviembre de 2011

"Para Esto Fuisteis Llamados"

Texto: 1 Pedro 2:20-21


Los del mundo preguntan por qué sufrimos nosotros los creyentes – dónde está nuestro Dios – tanto pensar en Dios, leer la Biblia, reunirse como iglesia, y luego pasan desgracias. O sea, dicen que si somos creyentes, y si es verdad lo que creemos, no tendríamos que sufrir. Y entre evangélicos hay quienes enseñan que si uno es creyente y tiene fe, no debe ser pobre, ni tener dolores, ni estar enfermo, etc.  No extraña que haya gente en sus iglesias, buscando no la salvación, no a Cristo, sino que todo les vaya bien ahora a corto plazo. Uno podría ir a esas iglesias como quien va a una discoteca, para pasarlo bien y olvidar sus problemas. Hasta dónde llega la sabiduría humana. 
Pero la Biblia contiene la sabiduría que desciende de lo alto. 1 Pedro nos enseña lo contrario, que los creyentes a veces padecemos injustamente, porque “para esto fuisteis llamados” (v. 21). Nuestro comportamiento enmedio de la adversidad es parte de nuestro testimonio.
El salmista en el Salmo 73 se molestaba porque sufría, pero a los impíos les salían bien las cosas. Fue para él duro trabajo considerar esto. Pero luego, si seguimos leyendo este excelente salmo, vemos que lo puso todo en perspectiva y comprendió. Falta nos hace hacer lo mismo.
En Hechos 14:22 la palabra apostólica era que “es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”.
En Juan 15:18-20, el Señor advierte a Sus discípulos acerca de cómo será su vida en este mundo: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”
En Juan 16:33 el Señor promete: “en el mundo tendréis aflicción”.  Pedro estaba allí escuchándole ese día, y luego es Pedro que escribe inspirado por el Espíritu Santo: “para esto fuisteis llamados”. Seguimos al “Aborrecido”, ¿y qué esperamos, que nos aplauden?” No pasará. Además, Cristo dijo: “¡Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lc. 6:26). 
¿Esperamos que el mundo, el diablo y la carne los premien por ser creyentes? Antes al contrario, todos se ponen en contra. Vivimos en un mundo caído, arruinado por el pecado y bajo el dominio de Satanás. Cuando vengan los problemas, las dificultades, los apuros, las injusticias, y cualquier otro tipo de problema, recordemos que tenemos oportunidad de tener un comportamiento y testimonio distinto a los del mundo. Si sufrimos como creyentes, por nuestra fe [¡no como malhechores!], aceptemoslo de la mano del Señor, glorifiquémosle, y tengamos buen testimonio. Lo malo para nosotros viene a plazo corto, en esta vida. Por delante nos espera gozo eterno. Lo bueno para el incrédulo viene a plazo corto, sólo en esta vida, y por delante le espera condenación y dolor eterno.

domingo 12 de diciembre de 2010

Acostumbrándose a las Tinieblas

escribe Vance Havner

Tiempo atrás un amigo me llevó a un restaurante donde aparentemente aman las tinieblas más que la luz. Di un traspie al entrar en la caverna oscura, manejé con torpeza la silla al sentarme y dije que hacía falta una linterna para leer el menú. Cuando llegó la comida, la comí por fe y no por vista. Sin embargo, poco a poco comencé a distinguir las cosas algo mejor. Mi amigo comentó: “¿No es curioso cómo nos acostumbramos a las tinieblas?”
    Vivimos en las tinieblas. El capítulo final de esta época está dominado por el príncipe y las huestes de las tinieblas. Los seres humanos aman más las tinieblas que la luz porque sus obras son malas. La noche está avanzada; la negrura es más extensiva, excesiva y más densa justo antes del alba.
    No obstante, los primeros cristianos iluminaron el mundo porque la luz absoluta estaba en marcado contraste con las tinieblas absolutas. Los cristianos primitivos creían que el evangelio era la única esperanza del mundo, que sin él todos los hombres estaban perdidos y que todas las religiones eran falsas. Pero llegó el día cuando la Iglesia y el mundo mezclaron la luz con las tinieblas. La Iglesia se acostumbró a las tinieblas y durante siglos vivió inmersa en ella. Hoy en día, demasiados cristianos piensan que hay algo de tinieblas en nuestra luz y algo de luz en las tinieblas del mundo. Dudamos a medias de nuestro propio evangelio y creemos a medias en la religión de esta edad. Andamos sigilosamente en la oscuridad cuando deberíamos iluminar al mundo con la luz. Necesitamos sacar nuestras antorchas de debajo de las cestas y las camas, quitar las lentes de la transigencia, y dejar que nuestra luz brille en nuestros corazones, hogares, negicios, iglesias y comunidades, con aquella luz que brilla en el Salvador, las Escrituras y los santos.

Traducido con permiso de la revista “Uplook”

viernes 16 de julio de 2010

Cuatro Cosas Crucificadas...


en la crucifixión de Cristo

El Viejo Hombre Crucificado. “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él” (Ro. 6:6). El verbo compuesto que se traduce “crucificado juntamente” significa ser crucificado en compañía de otros, como cuando los malhechores fueron crucificados con Cristo. El “viejo hombre” que fue crucificado con Cristo es la suma total de nuestra vieja vida egoísta.
Cuando los gabaonitas vinieron a Josué, vinieron con “sacos viejos...cueros viejos...zapatos viejos...vestidos viejos”. Todo ese lote de basura debía haberse quemado, pero tomaron a Josué de sorpresa. Ahora bien, nuestro “Josué” no se engañó: nuestras viejas costumbres formadas en el pecado no deben dominarnos más cuando las veamos en el Calvario.

Nuestro “Yo” Crucificado. “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gá. 2:20). Aquí de nuevo es co-crucifixión. Si se examina la ramita de una hoja muerta, se verá que el viejo canal de la savia está bloqueado por una barrera invisible al ojo natural. La planta cerró la puerta a la hoja del año pasado, condenándola a podrirse. Pronto se comienza a soltar de la rama, el viento la sacude, y se cae. Así también la cruz de Cristo cierra la vida del “yo”, y se torna una barrera entre él y nosotros cuando nos consideremos muertos con Cristo. No es auto-crucifixión sino crucifixión con Cristo; no es mortificarnos a nosotros mismos, sino creer que hemos muerto con Él en Su muerte.

La Carne Crucificada. “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5:24). La carne denota el principio de vida en el hombre que está alejada de Dios, y es incurable e irreparablemente mala. De la manera en que la sangre de Cristo nos acerca a Dios, esta muerte mata aquello que nos hizo alejar de Él. Escojo poner en medio de la situación al Cristo que murió por me. Ante Él toda tentación huye.

El Mundo Crucificado. “El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14). El mundo es el sistema del hombre por el cual la gente intenta estar feliz sin Dios – la religión, los placeres, la política y todo lo demás.
Somos crucificados al mundo y a todo lo que en él hay. Si quieres ver el mundo como es en realidad, ¡mira lo que hizo a nuestro Salvador! Leemos de la sabiduría degradante del mundo (1 Co. 1:21); el carácter malvado del mundo (Gá. 1:4), la corriente del mundo (Ef. 2:2), las tinieblas dominantes del mundo (Ef. 6:12), la oposición de la amistad del mundo (Stg. 4:4), la contaminación del mundo (2 P. 2:20) y la trinidad falsa de las cosas del mundo (1 Jn. 2:15). Deben ser a nosotros como cosas muertas; entonces nosotros también seremos como cosa muerta al mundo.
Seleccionado,
traducido de la revista UPLOOK, septiembre 2003

miércoles 17 de marzo de 2010

CARTA A UNA HERMANA EN PELIGRO


Querida hermana:

¿Está usted buscando un esposo bueno y fiel? Hay dos señores que quieren facilitarle un esposo.
El primero se llama en Efesios 2:2 el “príncipe de la potestad del aire” Él tiene una familia grande y ellos se llaman los hijos de la desobediencia. Ellos no han obedecido al evangelio (ver 1 Pedro 4:17), y el apóstol Juan los llama “hijos del diablo” (1 Juan 3: 10). Una hija de Dios que se case con uno de éstos tendrá al diablo por suegro y le será imposible guardarle a él fuera del hogar. Pero el diablo es astuto, y él y los suyos pueden disfrazarse como ángeles de luz o ministros de justicia, con tal de engañar a un creyente y tenderle trampa. No han sido pocos los que han profesado ser creyentes para poderse casar con un creyente del cual estaban enamorados, por no decir encaprichados. Se bautizarán, irán a reuniones de iglesia, y harán casi lo que se les pida para “entrar en el círculo” y conseguir casarse con la persona que desean. Incluso se engañan a sí mismos, pensando que se han convertido cuando es todo una obra de teatro dirigido por los deseos carnales y por la mente del príncipe de la potestad del aire, el engañador maestro.
Algunos de los hijos de este príncipe de las tinieblas son de buen parecer, amables, decentes y educados, pero no hay luz en sus corazones. Son entenebrecidos y son llevados cautivos por el diablo a la voluntad de él. Cuando una joven que confiesa el nombre del Señor se rebela contra Su palabra: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14), ella se convierte en una hija de desobediencia y pone en tela de duda si es salva o no. El amor es ciego y Satanás emplea muchas artimañas para enredar a una dama en un compromiso. Es como una araña que amarra a una mosca en su tela.
El otro que le puede proveer un esposo se llama el Príncipe de la vida y paz. Desde el momento en que uno cree en Él como su Salvador, Él lleva el nombre de la tal persona sobre su corazón. Sus ojos están puestos en los suyos día y noche. Él es la fuente de toda bendición y felicidad. Tiene una familia grande y está llevando “muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2: 10). Es infinitamente sabio, nunca se ha equivocado, y es digno de toda nuestra confianza.
El sí sabe si usted debe casarse o no, y sabe cuándo y con quién se debe casar. Si usted debe casarse, lo cual sería el caso normal de la mayoría de las personas, el Señor sabe como nadie más con quién debe casarse. Pero hay que tener cuidado, no con el Señor, sino con algunos de Su casa que quieren hacer el trabajo de Él. Están dispuestos a arreglar parejas, y piensan que hacen un servicio, pero sus conocimientos no son infinitos, tampoco lo es su sabiduría, y como seres humanos puede equivocarse fácilmente. Por esto aconsejamos que esperes en el Señor, porque Él sabe lo mejor. Si es Su divina voluntad que te cases, Él y nadie más tiene el esposo idóneo para usted, y quiere que usted tenga un hogar donde Él sea honrado. Se contenta cuando sus hijos le obedecen, y dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Pero se aflige cuando sus hijos echan por detrás de la espalda Su Palabra y obedecen a otras voces, a las de seres humanos que operan en una esfera que no les corresponde, a la voz de sus pasiones, o la voz de Satanás. Cualquiera de estas voces puede sacarle a un creyente de la voluntad de Dios que es buena, perfecta y agradable como ninguna otra (Ro. 12:1-2). Así se equivocó nuestra primera madre, Eva, y ella tuvo que llevar un castigo de dolor y lágrimas, es decir, tuvo que vivir con las consecuencias de su error y pecado.
Le aconsejó encarecidamente que se pare en el camino y pregunte por “el buen camino” (Jeremías 6:16). “Andad por él”, dijo Dios por el profeta, “y hallaréis descanso para vuestra alma”. No sea rebelde como aquellos de quienes habló él, que contestaron: “No andaremos”. Hable al Señor en oración en esta noche. Pida su perdón por rebeldía contra la Palabra de Dios, y busque su consejo, con la Biblia abierta. Pida fortaleza para evitar el desastre en su vida, y que el Señor le bendiga.

Nótese: Esta carta está igual de válida para el hermano en Cristo que busca esposa.


Adaptado de un artículo que apareció en la revista “Nuestra Santificación”, una compilación de escritos por S. J. Saword (1894-1988), publicado en Venezuela, 1999. Tomado de: CONGREGADOS EN MI NOMBRE, Año 2003, Nº 1.

sábado 13 de febrero de 2010

¿FIN DE SEMANA?


Hasta en esta expresión se ve cómo el paganismo prevalece, porque se piensa que fin de semana es sábado y domingo, y en España los calendarios salen así, con lunes como el primer día de la semana y domingo como el último. Pero es un error. Domingo no es fin de semana; es principio. El fin semana es sábado o quizás viernes tarde y sábado. Pero claramente el Nuevo Testamento habla del día de la resurrección de Jesucristo como el primer día de la semana, el día después del sábado que era día de reposo (Mateo 28:1; Marcos 16:2; 16:9; Lucas 24:1; Juan 20:1; Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2. En estos últimos dos textos observamos también que la iglesia apostólica se reunía el primer día de la semana, no el séptimo día como alegan los "adventistas del séptimo día". El domingo no es la marca de la bestia como ellos alegan. Es el día de la resurrección de Cristo y el día de la reunión de Su iglesia para adorarle y aprender de Su Palabra. Es el PRIMER día de la semana, no el último, y pertenece al Señor, no a la chocolatería, el televisór, la cama, el campo ni la pista de deporte. Honremos al Señor en Su día, el primer día de la semana, y recordemos que este día no es nuestro para regalar a otros: es día del Señor. No dejemos que el mundo nos meta en su molde (Romanos 12:1-2).

lunes 28 de septiembre de 2009

¿HAY SANIDAD EN LA CRUZ?


¿A quién le amarga un dulce, y a quién no le gusta la salud? La salud es una bendición de Dios, por la cual hay que estar agradecido. Lo que nos pasa a muchos es que no apreciamos la salud hasta que ella nos falte.
Pero algunos dicen que el creyente siempre debe tener buena salud. Citan Isaías 53:5, “y por su llaga fuimos nosotros curados” y 1 Pedro 2:24, “por cuya herida fuisteis sanados” y pretenden afirmar que el creyente tiene derecho a la salud, y que no debe enfermarse como otras personas. Llegan
a desestimar a todos los médicos, toda ciencia y medicina como inútiles, como pérdida de tiempo e incluso como pecado. Alegan que es cuestión de fe, que si tenemos suficiente fe, no tenemos que enfermar, y razonan que si un creyente está enfermo o herido es porque no tiene suficiente fe
o porque tiene pecado. Y si algún enfermo va a una supuesta “reunión de sanidades”, pero sale sin ser sanado, explican que es porque no tenía fe. El fallo lo ponen en el lado del enfermo, no en el del que pretendía sanarlo, lo cual es conveniente, supongo, pero no para el enfermo. Pero, ¿qué quieren decir las palabras: “fuimos nosotros curados”?
Si Dios lo dice, tiene que ser verdad; no nos cabe la más pequeña duda. Pero, sin dudar de Dios ni por un segundo, todavía caben las preguntas: “¿Cómo y de qué fuimos curados?” Para entender esto correctamente, debemos consultar la Biblia en vez de ofrecer cada cual sus ideas como explicaciones.
La misma Palabra de Dios hace referencia a Isaías 53:4-5 en Mateo 8:14-17. Allí vemos que el Señor Jesucristo sanó a la suegra de Pedro, “y cuando llegó la noche trajeron a él muchos endemoniados, y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos”. No hizo ninguna reunión emocionante con música, con un discurso animado para estimular a la gente, etcétera, ni pasó la colecta. Simplemente y sin montar un espectáculo, el Señor sanó a los que fueron traídos a Él. Sanó a todos. No decía que algunos no podían ser sanados porque no tenían fe. Seguimos leyendo, y en el siguiente versículo, el Espíritu Santo explica: “para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (v. 17). ¿Para qué sanó el Señor a estas personas? El versículo 17 comienza con las palabras de una explicación: “para que...” Esto no es comentario mío ni opinión mía ni punto de vista de nadie. Es lo que Dios dice, que cuando el Señor sanó así a la gente en Mateo 8, se cumplió lo dicho por el profeta Isaías. Se cumplió, antes de ir el Señor a la cruz. Isaías 53:4-5 se cumplió en la sanidad de las personas en Capernaum aquella noche.
Volviendo al texto de Isaías 53:5 y 1 Pedro 2:24, vamos a considerar otra respuesta de la Biblia a las preguntas: “¿Cómo y de qué fuimos curados?” Amados, no es aconsejable saltar a conclusiones precipitadas. Cuando el Señor Jesús dijo que si destruyesen el templo Él lo levantaría en tres días, ellos pensaban que hablaba del edificio del templo en Jerusalén, pero hablaba de Su cuerpo (Jn. 2:19-21). Los judíos se equivocaron en su manera de entender al Señor, y nosotros también podemos cometer este error si no llevamos cuidado. Luego, en Juan 21:22-23 leemos esto: “Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?” Aun los discípulos del Señor pudieron equivocarse en su manera de entender las palabras del Señor. Aunque sinceros, interpretaron mal las palabras del Señor a Pedro, y dedujeron que el apóstol Juan no iba a morir, pero no fue así. Otra vez vemos que es importante entender la Palabra de Dios en su contexto y sentido correcto, y debemos aplicar esta lección a estos dos textos acerca de la sanidad.
Primero, recordemos que en Isaías 1, Dios describe la condición espiritual de Israel y de todo ser humano por naturaleza como una enfermedad. Usa la figura de la enfermedad para ilustrar la condición espiritual. “¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite” (Is. 1:4-6). En el versículo 4 Dios dice claramente que está hablando de la maldad, malignidad y depravación del pueblo. Son palabras que describen su condición espiritual, y esta condición provocaba a ira al Señor y demandaba el castigo. La cabeza enferma y el corazón doliente no describen una condición física. Toda Israel no estaba físicamente enfermo de cabeza y de corazón. Los hinchazones y las llagas desde la cabeza hasta la planta del pie no describen una plaga o lepra física en toda la nación, sino su condición espiritual. Dios está diciendo al pueblo que está espiritualmente mal, de la cabeza hasta los pies, por dentro y por fuera, cubierto e infestado por el pecado. ¿Cómo curará Dios estas llagas espirituales de pecado y rebelión? Isaías 53:5 da la respuesta: “por su llaga fuimos nosotros curados”. Cuando el Señor Jesucristo murió pornosotros en el Calvario, lo hizo para curarnos del mal del pecado, para lavarnos y limpiarnos espiritualmente. Los que arrepentidos confían en Él, pueden decir: “por su herida fuimos sanados”, porque Él nos lava de nuestros pecados con Su sangre (Ap. 1:5).
No debemos cometer el mismo tipo de error que los judíos y los discípulos del Señor, esto es, no debemos interpretar sincera pero equivocadamente Sus palabras y sacar de ellas algo que Él no quiso decir. El Señor nunca dijo que los creyentes no deben enfermar. No dijo que derramó Su sangre para quitar toda enfermedad y sufrimiento de los Suyos. Estas son conclusiones bien intencionadas pero equivocadas que se sacan de interpretar mal lo que Él dijo.
Segundo, considera que la Palabra de Dios afirma que el Señor lavó a los discípulos (Jn. 13:10), y que a todos nosotros nos ha lavado en Su sangre (Ap. 1:5). Obviamente, esto no quiere decir que los creyentes no tenemos que bañarnos más después de creer en el Señor. Y si alguno cree de otra manera, ¡debe alejarse de los demás porque trae problemas de olor e higiene! Sabemos que cuando el Señor decía “lavados” y “limpios” hablaba de nuestros pecados, no de bañarnos usando agua y jabón.
Tercero, el Señor dijo que si alguno viene a Él, no tendrá hambre ni sed jamás (Jn. 6:35). Pero, ¿quién es el creyente que, después de convertirse al Señor, no vuelve a comer ni beber por el resto de la vida? ¡No duraría mucho la vida así! Entendemos por el contexto que el Señor hablaba de la satisfacción espiritual que viene con la salvación. Él satisface nuestra hambre y sed espiritual. De la misma manera debemos entender la promesa de Isaías 53:5 que se afirma en 1 Pedro 2:24. El Señor murió en la cruz por nuestros pecados, para que encontráramos en Él el perdón y la limpieza del pecado, esto es, la sanidad espiritual. Antes estábamos totalmente enfermos con el pecado, pero gracias a Dios, ¡Cristo nos curó!
Pero todavía vivimos en un mundo muy imperfecto, caído y arruinado por el pecado. La muerte todavía espera a cada ser humano, a no ser que el Señor venga antes para arrebatarnos, pero aun así la gran mayoría de los creyentes pasan los portales de esplendor por medio de la muerte. La piadosa Dorcas enfermó y murió en Hechos 9:37. El fiel creyente Epafrodito estuvo enfermo y casi murió, a causa de su servicio abnegado (Fil. 2:26-27). Son ejemplos que representan lo que ha pasado a muchos otros creyentes, no por pecado ni por falta de fe.
Y un día, como Apocalipsis 21:1 dice: “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Cuando lleguemos al cielo, no antes, no habrá más dolor ni lágrimas. ¡Amén!

Carlos Tomás Knott

martes 1 de septiembre de 2009

UN DILEMA EVANGÉLICO










Hay un problema curioso hoy en el mundo evangélico, y plantea preguntas muy serias a
la Iglesia y a cada creyente. En breve, el problema es el siguiente: un gran ejército de “ganadores de almas” ha sido movilizado en algunos sectores para alcanzar a la población para Cristo con campañas, cruzadas, etc. Indudablemente son sinceros, celosos, entusiastas y persuasivos. A favor suyo tenemos que decir que son enérgicos y no perezosos. Y es uno de los fenómenos de nuestra era, que han conseguido un número casi astronómico de conversiones. Hasta ahora, parece que todo está en el lado positivo.
Pero no es así, porque el problema es este: gran cantidad de estas conversiones no duran. El “fruto” no permanece. Seis meses después, no hay nada visible como buen resultado de tanto evangelización agresiva. La técnica del evangelio encapsulado ha producido partos malogrados.
¿Qué hay en la raíz de todo este procedimiento ilícito en nuestra evangelización? Aunque parezca raro, el problema empieza con un compromiso a predicar el puro evangelio de la gracia de Dios. Queremos preservar el mensaje en su forma más sencilla – sin la más pequeña sugerencia de que el hombre pueda merecer la vida eterna, porque la justificación es solamente por la fe, obras aparte. En esto estamos de acuerdo. Así que, el mensaje es: “sólo tienes que creer”.
Y de allí reducimos el mensaje a una fórmula concisa. Cuatro leyes o pasos, una oración, y ¡ya está! Por ejemplo, la evangelización se suele reducir a unas pocas preguntas y respuestas, como en el siguiente ejemplo:
—¿Crees que eres un pecador?
—Sí.
—¿Crees que Cristo murió por los pecadores?
—Sí.
—¿Le recibirás como tu Salvador?
—Sí.
—Entonces, ¡eres salvo!
—¿Sí?
—¡Sí! ¡La Biblia dice que tú eres salvo!

A primera vista, el método y el mensaje pueden parecer estar fuera del alcance de la crítica. Pero al mirarlo más detenidamente estamos obligados a volverlo a pensar, y concluimos que así hemos simplificado demasiado el evangelio. En el ejemplo dado la persona sólo tiene que decir “sí” tres o cuatro veces para ser considerada creyente, ¡aunque tal vez ni siquiera entiende el evangelio!
El primer defecto es la falta de énfasis en el arrepentimiento. No puede haber ninguna verdadera conversión sin convicción del pecado y verdadero arrepentimiento. Una cosa es estar de acuerdo que soy un pecador, y totalmente otra cosa es experimentar el ministerio convencedor del Espíritu Santo que me deja convicto del pecado en mi vida personal. Si no tengo del Espíritu Santo la convicción de mi estado completamente perdido, nunca podré ejercer fe salvadora. Es inútil decirles a los pecadores que “sólo tienen que creer en Jesús”, porque aquel mensaje es únicamente para los que tienen convicción de su pecado y saben que están perdidos. Endulzamos erróneamente el evangelio al quitar el énfasis en la condición pecaminosa y caída del ser humano. Con este tipo de mensaje debilitado que sólo dice cosas como: “Dios es amor”, la gente recibe la Palabra con gozo y no con la debida contrición de corazón. Por esto no tiene raíces profundas, y aunque dure un poco, pronto llega a abandonar su profesión de fe al surgir la persecución o las dificultades (Mt.13:21). Sólo es cuestión de tiempo. Hemos olvidado que el mensaje divino, a judíos y a gentiles, es arrepentimiento hacia Dios y fe en Nuestro Señor Jesucristo (Hch. 20:21).
El segundo defecto serio es la falta de énfasis en el señorío de Cristo. Un mero asentimiento intelectual, ligero y alegre de que Jesús es el Salvador, no es suficiente. Jesucristo es Señor primero, y entonces también es Salvador. Pero el Nuevo Testamento siempre le presenta como Señor antes que Salvador (2 P. 1:11; 2:20; 3:2). ¿Presentamos las implicaciones de Su señorío a la gente cuando evangelizamos? Él siempre lo hacía.
La tercera mácula en este tipo de mensaje es nuestra tendencia a esconder los términos que presenta el Señor respecto al discipulado, hasta que obtengamos una “decisión” hecha a favor de Jesús. Pero nuestro Señor nunca hacía esto. Su mensaje que anunciaba incluía la cruz, y no solamente la corona. “Él nunca escondió sus cicatrices para ganar seguidores”. Revelaba lo peor junto con lo mejor, y luego decía a Sus oyentes que calculasen los gastos. En cambio, nosotros somos culpables de popularizar el mensaje y prometerle a la gente diversión.
El resultado de todo esto es que hay personas en nuestras iglesias que “creen” y son sinceros, pero sin saber qué es lo que creen. En la mayoría de los casos, no tienen ninguna base doctrinal en la cual pueden basar su decisión. No saben las implicaciones del compromiso con Cristo. Tales personas nunca han experimentado la obra misteriosa y milagrosa de la regeneración del Espíritu Santo.
Y también hay otras que por la técnica astuta (como de los hábiles vendedores) han sido presionadas para hacer una profesión de fe, y han respondido diciendo que “sí”. También hay quienes quieren dar placer al joven (evangelista) tan amigable que sonríe tanto. Además, hay los cuyo deseo es solamente salir de apuros, por lo que dicen: “Sí, acepto”, a sus parientes, amigos u otros. Seguramente Satanás se ríe cuando estas “conversiones”se anuncian a la iglesia con aires de triunfo.
Quisiera hacer unas preguntas que posiblemente nos guiarán a cambiar nuestra estrategia de evangelismo. La primera es: ¿Podemos, generalmente, esperar que alguien haga un compromiso inteligente, con Cristo la primera vez que oye el evangelio? Ciertamente hay el caso excepcional cuando alguien está preparado ya por el Espíritu Santo. Pero hablando generalmente, el proceso consiste en sembrar la semilla, regarla y luego, más tarde, recoger la siega. En nuestra manía por la conversión instantánea, nos hemos olvidado que la concepción, la gestación y el nacimiento no acontecen en el mismo día.
La segunda pregunta es: ¿Puede una presentación encapsulada del evangelio exponer bien un mensaje tan grande? Como uno que ha escrito varios folletos evangelísticos, confieso que aún tengo unas dudas e inquietudes al intentar reducir las Buenas Nuevas a cuatro hojas pequeñas. ¿No sería mejor dar a la gente una presentación más completa tal y como vemos en los Evangelios o en el Nuevo Testamento?
En tercer lugar: ¿Es realmente bíblica toda esta presión para que haya “decisiones”? ¿Dónde en el Nuevo Testamento fue la gente apresurada hasta hacer una profesión, a levantar la mano, hacer una oración, pasar al frente de la congregación, etc.? Justificamos nuestra práctica diciendo que si sólo uno de cada diez es genuino, vale la pena. Pero, ¿qué de los otros nueve, desilusionados, amargados, o quizá decepcionados y encaminados hacia el infierno por una falsa profesión?
Y tengo que preguntar esto: ¿Es precisa toda esta jactancia y reportajes sobre las conversiones? A lo mejor tú también te has encontrado con una persona que con toda seriedad habla de las diez personas que ella contactaba hoy y cómo todas ellas se han convertido. Un médico joven testificaba que cada vez que va a una ciudad nueva, busca en la guía telefónica las personas con su mismo apellido. Luego les visita una a una y les guía en los cuatro pasos de la salvación. “Maravillosamente”, cada uno abre su corazón a Jesús. No quiero dudar de la honestidad de tales cristianos, pero, ¿me equivoco en pensar que son un poco ingenuos? ¿Dónde está todas las personas que “se han salvado” así? Para nuestra vergüenza, no podemos encontrarles.
Todo esto significa que debemos volver a examinar muy seriamente nuestra forma de presentar el evangelio tan encapsulada, tan ligeramente. Debemos estar dispuestos a invertir el tiempo para enseñar el evangelio, poniendo un fundamento sólido de doctrina para que la fe tenga dónde reposar. Debemos enfatizar la necesidad del arrepentimiento, un cambio de sentido de 180 grados del pecado. Debemos insistir en las implicaciones prácticas del señorío de Cristo y en Sus condiciones de discipulado. El Señor busca discípulos, no “decisiones”. Tenemos la responsabilidad de hacer bien la obra, y explicar a las personas inconversas lo que realmente significa “creer”. Y debemos estar dispuestos a esperar para que el Espíritu Santo produzca una convicción genuina del pecado. Entonces debemos estar listos para ayudar a la persona a llegar a la fe salvadora en el Señor Jesucristo. Si hacemos esto, tendremos menos cifras astronómicas de las llamadas “conversiones”, pero más casos genuinos de renacimiento espiritual y fruto que permanece.
William MacDonald

traducido y adaptado por Carlos Tomás Knott con permiso del autor