martes, 19 de enero de 2016

¿Reuniones de Hermanas?

    Hoy en día las asambleas de hermanos en muchas partes han cedido ante la influencia femenista. Algunas iglesias ahora permiten que las hermanas hablen en la congregación. Piden himnos, leen las Escrituras en voz alta, y oran en voz alta. Hay lugares donde antes llevaban el velo pero ahora no. Hace tiempo que se estila en muchos lugares reuniones de hermanas, organizadas y guiadas por hermanas. Hay hermanas que predican y dan estudios a grupos de hermanas. Hay retiros para mujeres, conferencias para mujeres, la Cena del Señor sólo para mujeres, donde ellas pueden hacer lo que normalmente hacen los varones en la participación vocal. Todo esto está completamente fuera del marco de las Escrituras.
    En el patrón de la iglesia neotestamentaria todo nos es dado, pero ni siquiera una vez nombra una reunion de mujeres creyentes. Algunos citan la reunión de mujeres en Hechos 16:13, pero se equivocan, pues esas ni eran creyentes. Estaban allá como prosélitas del judaísmo, orando, y Pablo y otros hermanos fueron y les predicaron el evangelio, siendo Lidia la primera convertida. Ninguna mujer les predicaba el evangelio, sino los varones. Y ese grupo de mujeres dejaba de existir, porque las salvas se integraron en la iglesia de los filipenses.
    Hechos 2:42 habla de las actividades principales de la iglesia, y no hay allí ninguna actividad especial para las mujeres creyentes, pues ellas se congregaban con todos los demás para recibir (no predicar) la doctrina apostólica, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. No hubo ni siquiera una reunión de oración especial para las mujeres. Ellas se congregaban con todos. Todavía estoy esperando que me enseñe alguien dónde hay reuniones de hermanas en el Nuevo Testamento. ¿Qué tienen como base para tales reuniones?
    Dicen que la mujer anciana debe enseñar a las más jóvenes (Tit. 2:3-4), y es verdad pero no como ellos dicen. Aquella enseñanza no es desde un púlpito o plataforma, en locales, en conferencias, etc., sino en su casa en de hermana a hermana, en los temas señalados: “que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. El temario es todo lo práctico y personal de una vida de piedad en su propia casa con su marido y familia. Son consejos prácticos dados a nivel personal, no reuniones formales. Si fuesen reuniones y ellas maestras como las esposas de algunos hermanos hoy en día en las asambleas, ¿no veríamos siquiera un ejemplo de esa clase de reunión y maestra en el Nuevo Testamento? No darían los apóstoles instrucción y aprobación, señalando la necesidad de escuchar a tales mujeres? Pero nada de eso hay. Al contrario, Pablo declara: “no permito a la mujer enseñar” (1 Ti. 2:12), y en cambio, en 1 Timoteo 3:2 es el anciano el que debe ser “apto para enseñar”, cosa que nunca dice acerca de la mujer. La falta de esas cosas no para a esas mujeres, porque su carácter no es de someterse, ni de arrepentirse, ni de callarse, y sus maridos, medio dominados por ellas, o persuadidos del mismo error, las consienten y apoyan en lo que no hay en la Palabra de Dios. Para justificarse, recorren a las deducciones y supuestas inferencias, no teniendo nada más claro. Pero cuando terminen de nombrar siempre a las cuatro hijas de Felipe, Febe, Evodia y Síntique, sin todavía hallar ninguna reunión, ya no tienen más campo. ¡Sigamos al patrón que nos delinea el Nuevo Testamento! La  única excepción, o sea, la única iglesia en el Nuevo Testamento donde enseña una mujer es la iglesia en Tiatira, (Ap. 2:20), donde permitían a esa mujer Jezabel enseñar. A tal iglesia el Señor dice: “tengo contra ti”.
    En algunos lugares no admiten reuniones donde hermanas dan estudios, pero si las permiten reunirse “para orar”. Pero, ¿dónde están esas reuniones de mujeres creyentes en el Nuevo Testamento? Si quieren reunirse para orar, la iglesia tiene reunión de oración y en esa ellas deben participar en silencio. Pero al organizar una reunión de solo hermanas, ellas hablan en voz alta, y eso parece ser lo que quieren. No se ve esto en el Nuevo Testamento. Además, ¿quién organiza y preside esas reuniones?    Algunas mujeres, por supuesto. Siempre hay entre ellas la que da la voz o indica lo que hay que hacer, o tal vez tenga un “pequeño pensamiento devocional” o una lectura de las Escrituras para orientación – otra vez tendiéndose al uso de la voz en la congregaciones, excusándose porque no hay varones presentes. Pero ¿en qué reunión de la iglesia en Hechos 2:42 no estaban presentes los varones?
    “...Vuestras mujeres callen en las congregaciones” (1 Co. 14:34) se dice sin cualificación, porque cuando se congregaban en tiempos de los apóstoles, había hombres y mujeres. Las mujeres no se congregaban solitas. De otro modo hubiera dicho, “vuestras mujeres callen en las congregaciones mixtas” pero no fue necesario decir esto porque no había congregaciones/reuniones de solo mujeres. Pero es mejor reunirse para orar que estar mirando al televisor. Por supuesto, pero esto no es un argumento bíblico. Es mejor salir a testificar, repartir tratados, visitar a enfermos, que mirar la tele. Podrían seguir el ejemplo de Dorcas en Hechos 9:36-39, que servía al Señor si participar en voz alta en ninguna reunión. Que refrenen su lengua (Stg. 1:26) y se ocupen del ministerio de Santiago 1:27, “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”. Una de las manchas del mundo es el femenismo.  Se les aconseja que si tienen tiempo y ganas de hacer algo para servir, hagan cosas así y no busquen cómo organizarse una reunión sólo de mujeres, porque es salirse de lo que la Palabra nos marca. Y que tengan valentía y convicción los hermanos responsables para dirigir los asuntos de la iglesia a la luz de la Palabra.
    Algunas asambleas permiten la práctica de una reunión como clase bíblica, los domingos, en que hay un estudio conversacional. Todos tienen el libro de texto y la Biblia, preparan sus respuestas a las preguntas de cada lección, y vienen preparados para participar en la conversión, compartiendo sus respuestas, comentarios, etc. Pero esto tampoco es bíblico, porque en la congregación la mujer debe aprender en silencio “porque no les es permitido hablar” (1 Co. 14:34). La mujer piadosa no quiere hacer lo que el Señor no permite. Ahora bien, en otros años se hacía, y todavía sí en algunas asambleas, estudios conversacionales a nivel congregacional, una noche cada semana, en las que toda la asamblea estudiaba un libro de la Biblia. Cada uno hacía su lectura y estudio en casa, y congregada la asamblea los varones participaban en voz alta y las mujeres escuchaban. Pero hoy en día, debido a la incesante presión femenista, algunas mujeres prefieren una reunión sin presencia de varones, para que ELLAS puedan hablar, pues no quieren callarse. La clase de reunión que esas quieren no está en la Biblia.
    Algunas dicen que tienen ganas de aprender más de la Palabra. Es un deseo bueno, pero no se cumple poniendo a mujeres enseñadoras. Toda actividad así debe desapareer de las asambleas. Se conoce el caso de una asamblea donde un hermano obrero, con aprobación previa de los ancianos, se ofreció para dar una clase bíblica una mañana a la semana para las hermanas que deseaban aprender. Venían, recibían la enseñanza que él daba, junto con cualquier otra persona que deseaba asistir, y luego algunas almorzaban juntas y se volvieron a sus casas, o hacían alguna visita a los enfermos. Hasta allí tal vez se podría hacer, pero esto en nada se parece a las reuniones femeninas que lastimosamente se hacen en muchas asambleas. No tratemos de conformar o adaptar a las iglesias a las presiones de la sociedad donde abunda el femenismo. Dios tiene un orden establedido para Su iglesia, y no hay derecho a modificarlo.
 
Carlos Tomás Knott, enero 2016
 
Para más amplia información, consulte el artículo "La Rebelión de Uzías"

domingo, 10 de enero de 2016

¿Son Inocentes Los Niños?

El 28 de diciembre los católico-romanos celebran “el día de los santos inocentes”, para conmemorar la matanza ordenada por Herodes de todos los niños menores de dos años en Belén. La Iglesia los llama “santos inocentes”. ¿En qué sentido puede considerarse una persona inocente?
    Por ejemplo, si uno es llevado a juicio y acusado de un crimen que no cometió, debería ser declarado “inocente” al final, y deben dejarlo en libertad. En Génesis 20:4 Abimelec preguntó: “Señor, ¿matarás también al inocente?” En Éxodo 23:7 Jehová manda: “no matarás al inocente y justo”. En estos y otros textos parecidos la idea es que son inocentes de haber cometido cierto pecado o crimen. Pero si un niño de ocho o diez años dice que no es pecador todavía porque según él: “soy un niño inocente”, ¿cómo le responderías? Quizás sus padres le han enseñado así, y seguramente quisieran que fuera así, y se oye esta clase de cosa porque seguramente así fueron enseñados. Si quiere decir con “inocente” que no tiene conocimiento de ciertos pecados o que no ha cometido ciertos pecados, estamos de acuerdo. Los niños deben gozarse de esa dicha, de desconocer muchos de los hechos y palabras pecaminosos que contaminan el mundo. Pero según la Palabra de Dios, nadie es inocente del pecado, sea niño o adulto, pues es la naturaleza misma del ser humano desde la caída de Adán y Eva. El diccionario define “inocente” así: “libre de culpa; que carece de malicia”. Pero la Biblia declara: “...todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”, en otras palabras, todo el mundo es culpable ante Dios. Esto es un absoluto. No hay excepciones.
    Solemos llamar la primera dispensación la de “Inocencia”, porque en aquel tiempo del principio, Adán y Eva fueron creados sin el conocimiento del pecado. Lo ignoraban, y eran inofensivos. No habían cometido pecado. No eran malos, pero tampoco eran santos. El único que nació “santo” es el Señor Jesucristo (Lc. 1:35).
    Pero, esa condición de inocente se perdió para siempre cuando pecaron, y de ahí en adelante toda persona nace pecaminosa, no inocente. No vemos en la Biblia que haya edad ni estado de inocencia delante de Dios. Dice la Escritura: “Todos pecaron”, no “todos los adultos pecaron pero los niños son inocentes”.  Cuando el Señor Jesucristo describe el corazón humano en Marcos 7:20-23, dice que está contaminado con el pecado y que “todas estas maldades de dentro salen”. La palabra “hombre” no significa “adulto”, pues es de la palabra griega “anthropos” que significa “ser humano”. Todo ser humano tiene un corazón contaminado con el pecado, una naturaleza pecaminosa. Es cierto que ciertos pecados no se han manifestado, de acuerdo, pero el Señor dice que todas estas maldades están en el corazón. Desde la caída de Adán y Eva, toda la raza humana tiene un corazón que es manadero de pecado.
    El hecho de que los niños no matan ni cometen otros pecados “groseros” no es porque sean inocentes, sino más bien ignorantes, y también porque el fruto del mal que hay en ellos desde su concepción no ha madurado; no está muy desarrollado. Cuando tienes en tus brazos un niño pequeño, precioso e inofensivo, casi le tienes envidia, porque ni siquiera conoce toda la maldad y el dolor que hay en este mundo arruinado por el pecado. Sus preocupaciones son simplemente comer, beber y estar cómodo, y ¡qué feliz está en los brazos de sus padres! Da pena pensar que antes de que pase mucho tiempo todo esto cambiará. Pero uno diría: “¿Cómo puede ser pecador algo tan chiquitín e indefenso?” Si dejamos que nuestros ojos, sentimientos y lógica nos engañan, diremos que el niño es inocente. Pero escucha lo que Dios dice: “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7). Como vimos en Marcos 7:20-23, el Señor no mira la apariencia externa, sino el corazón, y allí ve el pecado y la contaminación, no la inocencia.
    Un árbol naranjo lo es desde el principio. Lleva en la savia, en su composición, todo lo necesario para producir naranjas. Si lo arrancas antes de que produzca naranjas, arrancas a un naranjo. No cambia la naturaleza del árbol, sino el desarrollo del fruto. De igual modo el ser humano es pecaminoso desde su concepción, en su naturaleza.  Su naturaleza es pecaminosa y mala. Lleva en su interior todo lo necesario para cometer pecados. Si muere, no muere inocente sino pecador porque ésa es su naturaleza. La Biblia dice:

Sal. 51:5 “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.
    · David reconoce la condición natural del ser humano, que desde su concepción, cuando es formado en el vientre de su madre, ya viene contaminado por el pecado, lo sepa o no.

Sal. 58:3 “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”    
     · no son inocentes en ningún momento, pues son “impíos” y descarriados por naturaleza.

Mr. 7:20-23 “...Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”.
    · la maldad está entretejida en la fibra del corazón humano, cada uno que nace tiene un corazón malo y capaz de cometer los pecados nombrados aquí. Es una tierra sembrada con maldad, y unas semillas brotan, florecen y dan fruto antes que otras, pero todas están allí. El texto habla de los seres humanos, no sólo de adultos, sino de “antropos” (griego: “humano, genéricamente incluye todo ser humano”).

Ro. 3:10 “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”.  (véase Ecl. 7:20)
    · Ni siquiera un niño. Si hubiera un niño no pecador, habría justo, pero no lo hay.

Ro. 3:12 “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles”.
    · No dice: “todos los adultos” – pues se trata de la raza humana entera: espiritualmente desviada e inútil.

Ro. 3:23 “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”
    · No “todos los adultos” ni “todos menos los niños”. Se refiere a todo ser humano sin excepción.

    Ro. 5:12 “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”
    · la imputación del pecado de Adán a todo ser humano porque él actuó como cabeza de la raza
    · todo ser humano es pecaminoso por naturaleza, y esto es punible, condenable

    1 Co. 15:22 La expresión: “en Adán todos mueren” encierra todos los descendientes de Adán, todos los seres humanos, sean niños o adultos.

    Ef. 2:1-3 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás."
    Este último describe la raza humana, la condición natural de todo ser humano. En estos textos no se trata de adultos, sino de los seres humanos, todos los descendientes de Adán. Que sean ignorantes acerca de ciertos pecados, no cabe duda, pero la Biblia no dice que sean inocentes.    A nuestro juicio no es aconsejable pensar y hablar así acerca de la “inocencia” de los niños. ¡Hasta los bebés pueden mentir y engañar, y aprenden pronto a hacerlo! Manifiestan enojo y desconformidad. Se retuercen, tienen berrinche, se niegan a hacer lo que deben, y demandan cual egoístas la atención y los mimos.
    Más adelante, manifiestan la rebeldía latente en todo pecador. Dicen que “no” y plantan cara. No vienen cuando se les llama. No hacen caso de la palabra de sus padres: “párate”, “ven”, “recoge esto”, “no lo tires al suelo”, “no lo toques”, “siéntate”, “cállate”, “cómelo”, etc. Si hacen algo que no deben, son capaces de decir que no lo hicieron, e incluso de señalar a otros como culpables. Pueden actuar egoístamente, no queriendo compartir, y con envidia, deseando tener lo que es de otros. Algunos se enojan de tal manera que incluso dejan de respirar, para rendir a los demás y salirse con la suya. Se pueden poner tristes o enojados y no hablar, ni jugar ni comer, si no se les dejan hacer lo que quieren. Y hay mucho más, pero estas son muestras del comportamiento pecaminoso de los pequeños. Salen de la cama cuando tienen que estar acostados, y si se les ve, dicen que tienen sed o tienen que ir al baño aun cuando no es así. Se inventan excusas para hacer lo que quieren. Son capaces de armar una mini guerra en la mesa porque no quieren comer algo. A algunos les gusta el protagonismo, el dominar la conversación, y no soportan el tener que callarse y escuchar. Quieren estar en el centro de la atención. Todos estos son más que “pequeños defectos de seres humanos”; son pecados. Los niños son pequeños pecadores, no inocentes. Son inocentes de homicidio y cosas así, claro, pero no son inocentes del pecado y lo manifiestan sobradamente. Cualquiera que ha criado hijos sabe que esto es verdad. Luego, andando el tiempo, estos “pecados de pequeños” se cambiarán en pecados de adultos – puede ser distinto el “tamaño” o “color” o “forma”, pero es el fruto malo, el pecado. Está allí desde la concepción, sólo que se manifiesta de diferentes maneras en diferentes etapas de la vida.
    “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él” dice Proverbios 22:15. Los niños, como el resto de los seres humanos, tienen la necedad “ligada en el corazón”. Marcos 7:20-23 habla de lo que está en el corazón humano y va saliendo de ahí. El mal está en interior del ser humano, no en la sociedad. No lo tiene que aprender de otros, pues todas las semillas de la maldad yacen ya en su propio corazón. Todo ser humano tiene un corazón pecaminoso, tenga la edad que tenga.
    La Palabra de Dios dice que “todos” deben arrepentirse para ser salvos (Hch. 17:30; 2 P. 3:9). Esto no excluye a nadie. Algunos preguntan de qué tendría un niño que arrepentirse. ¡Parece que los que así preguntan no han criado hijos! Lee otra vez los párrafos y las Escrituras anteriores, porque hay bastante.
    Un texto que se suele citar a favor de la inocencia de los niños es Isaías 7:16, “Porque antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada”. Es cierto que los niños crecen y llegan a un punto de reconocer lo malo y lo bueno. Pero esto no quiere decir que sean inocentes, sino más bien ignorantes, como antes señalamos. Cuando un niño cree que es inocente, está en error, porque o ignora o no quiere reconocer lo que hay en su corazón. Uno puede ser inocente de haber cometido ciertos pecados, pero no es inocente de ser pecador. Sólo el Señor Jesucristo no fue pecador.
    Otro texto citado a menudo es Mateo 19:14, “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”.  Esto no quiere decir que los niños estén todos en el reino de los cielos, ni que el Señor les haya aceptado y salvado a todos. Esto sería el universalismo, porque todo descendiente de Adán y Eva ha vendio al mundo como infante y ha sido niño. Los niños no son automáticamente salvos, porque eso significaría que se puede perder la salvación. Los adultos impíos y  perdidos, eran una vez “del reino de los cielos” cuando eran niños, según esa interpretación. Entonces, ¿hemos de creer que por ser niños, se salvan, pero cuando se gradúan de la niñez, de repente están perdidos? No, hermanos, Dios no da vida provisional, temporal ni condicional, sino vida eterna. Cuando uno es salvo, lo es para siempre.
    Entonces, ¿qué significa el texto? Hay que tomar en cuenta otro texto que habla de lo mismo, esto es, Mateo 18:3, “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. El Señor hablaba con adultos. ¿Qué deseaba, que se volvieran atrás en años y fuesen bebés o niños otra vez? No, porque si nos fijamos, usa la palabra “como”. Es un símil, una comparación. La sencillez y disposición a confiar que tienen los niños es lo que el Señor busca en los adultos. Que no vengan con argumentos complicados, filosofías, malas sospechas metidas en su cabeza por terceros, malicia, etc. sino sencillamente oyendo y creyendo lo que el Señor les dice. Así es cómo entrar por fe, y somos salvos por gracia por la fe, no por ser físicamente niños. En 1 Corintios 14:20 Pablo dice a los corintios: “sed niños en la malicia”. A los romanos escribe: “quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal” (Ro. 16:19).
    En el Salmo 25:7 David dice: “De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes”. Nosotros recordamos su pecado de adulto con Betsabé, pero él se acordaba de otros pecados de cuando era joven, y de rebeliones que no son nombrados. ¿Para qué hablar así si era inocente en aquel entonces? A veces cuando somos mayores nos damos cuenta de algunos de nuestros pecados como niños o jóvenes, y sentimos vergüenza. Pero estas cosas eran pecados cuando las hicimos, y no éramos inocentes entonces, sino culplables aunque tal vez ciegos, endurecidos, confundidos o ignorantes. No obstante, el pecado es pecado, lo sepamos o no, porque el Dios santo y justo lo sabe.
    2 Timoteo 3:15 dice: “y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. Luego los niños necesitan ser hechos sabios para la salvación. No nacen inocentes. Uno de los trabajos de sus padres es en amor ayudarles a saber que son pecadores. Cuando pecan de actitud, palabra, hecho u omisión, debemos amarles lo suficiente para hacerles saber que esto es pecado y desagrada a Dios. Es la parte de la educación de los niños que falta en muchos lugares.
    “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, oró el Señor acerca de los adultos que le crucificaron. Los niños y los adultos pueden hacer cosas malas sin saber lo que hacen, pero todavía necesitan el perdón. Es bueno permitir que los niños tengan una niñez sencilla y feliz, sin exponerles a toda la maldad que hay en el mundo. Sin embargo, debemos enseñar a los niños la verdad, que son pecadores, no son inocentes, la maldad está en su corazón si bien no todavía en muchos de sus hechos, pero que Dios les ama y desea salvarles. Deben arrepentirse y creer el evangelio, igual como todos los demás. Hermanos, no hay dos evangelios – uno para niños y otro para adultos. El Señor mandó a Sus discípulos a predicar el evangelio “a toda criatura”. Entonces, no confundamos a un niño ni pongamos tropezadero delante suyo haciéndole creer que es inocente como sin pecado, cuando deberíamos enseñarle que es el pecador por quien el Señor Jesucristo murió en la cruz.
    Desde el tiempo del primer pecado y la caída de Adán y Eva, el único completa y verdaderamente inocente es el Señor Jesucristo, pues así le describe Hebreos 7:26, “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.

 
Carlos Tomás Knott
julio 2013

sábado, 9 de enero de 2016

LA REBELIÓN DE UZÍAS

2 Crónicas 26:16-18

La Rebelión de Uzías:
Cuando lo Bueno se Vuelve Malo


“...su corazón se enalteció para su ruina;
 porque se rebeló contra Jehová su Dios...”
(v. 16)


Muchos se acuerdan de la rebelión de Coré, pero no tantos recuerdan la rebelión de Uzías. El rey Uzías era uno de los reyes buenos de Judá, e hizo mucho bien. Pero la Palabra de Dios nos dice: “Mas cuando ya era fuerte...”, vino el problema. Uzías se había hecho fuerte, era un hombre poderoso y que había logrado mucho. Veía que podía hacer todavía más, y quizá confiaba en su habilidad y vigor, pero si fue así, en esto se equivocó. Para muchas personas, hombres y mujeres igualmente, la fuerza es más una prueba de su carácter que la debilidad.
    Puesto que Uzías era un rey bueno, ¿en qué se rebeló? Otros habían introducido la idolatría, como Jeroboam, y aun Salomón. David se rebeló una vez y cometió adulterio. Otros habían confiado en alianzas con los enemigos de Israel. Alguno incluso mató a un profeta de Dios. ¿En qué se rebeló Uzías? No fue nada de todo eso. Incluso no fue nada que pudiera parecernos tan grave, porque al fin y al cabo, simplemente quería quemar incienso a Jehová, servirle y rendirle culto de esta manera, en adoración. ¿Acaso es esto malo?
    Por supuesto que no. Servir a Dios es bueno. Adorarle es bueno. Pero, como Caín mismo y otros habían tenido que aprender a lo largo de la historia, es Dios y no nosotros quien decide cómo se le debe adorar y servir. Dos hijos de Aarón habían muerto en el tabernáculo al principio de su historia, siendo ellos sacerdotes consagrados, simplemente porque: “tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó” (Lv. 10:1-2). Para Dios, el pecado de Nadab y Abiú fue tan grave como el pecado de Israel con el becerro de oro, y mostró Su disgusto y condenación con un juicio instantáneo.
    Volviendo a lo de Uzías, los sacerdotes de Jehová se pusieron contra él, y le dijeron:

    “no te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios” (2 Cr. 26:18).

    Los ministros de Dios tuvieron que ser valientes, y actuar sin acepción de personas. El rey mandaba en el reino, pero no en el templo, la casa de Dios.  Y cuando los siervos de Dios actuaron con valentía, Dios mostró Su aprobación y juzgó al rey encolerizado.
    Aunque es del Antiguo Testamento y tiene que ver con cosas del primer pacto, recordemos lo que el Nuevo Testamento afirma: “...las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron” (Ro. 15:4). Quemar incienso a Dios es bueno, pero lo bueno se vuelve malo, cuando alguien a quien no le pertenece se empeña en hacerlo. Si una persona intenta entrar en un ministerio o servicio que Dios no tiene designado para ella, por buenos que sean el ministerio y sus intenciones, está cometiendo un pecado. Como lo fue con Uzías, es el pecado de rebelión: “contra Jehová”. Y la rebelión no es un mero acto físico, es una actitud, radica en el corazón: “su corazón se enalteció”. Es decir, Uzías tenía una opinión de sí mismo, su potencia, su habilidad o sus derechos, que era más allá de lo debido, fuera de los límites.
    Vivimos en tiempos cuando el mundo piensa y habla mucho del potencial humano, y de los derechos humanos. Quizás hay muchas maneras de las cuales podríamos aplicar la lección de Uzías, pero invito a cada lector a considerar la siguiente. Entre otras cosas, un gran énfasis está siendo puesto sobre el tema de la mujer, su igualdad con el hombre, su potencia y habilidad, y sus derechos. El movimiento feminista ejerce su influencia en todo el mundo, incluso en las iglesias evangélicas. Es bueno que la mujer no sea tratada como propiedad ni como objeto de placer, por supuesto. Pero el tema que nos preocupa no es el maltrato de la mujer, sino el maltrato que algunas mujeres están dando a la Palabra de Dios y el orden que Él estableció, no los hombres. Las iglesias que no han sido tocadas por los vientos de cambio respecto a la mujer son más bien pocas.   
    Otra vez mencionamos el caso de un misionero inglés, procedente de las asambleas pero casado con una mujer  pentecostal. El solía decir: “tenemos que potenciar el ministerio de la mujer”. No se refería al ministerio de la mujer delineado en Proverbios 31, sino más bien a la idea de dejarlas predicar, enseñar y llevar a cabo el pastoreo en las iglesias. El mundo aplaude esto, porque lleva décadas fortaleciendo y potenciando a las mujeres, pero el aplauso del mundo debe hacernos parar y pensar, porque es el enemigo de Cristo y de la Palabra de Dios. En nuestros tiempos es común encontrar aún en las congregaciones evangélicas que las mujeres jóvenes que estudian carreras universitarias. Los colegios y los institutos les mentalizan que eso es lo que deberían hacer. Para ellas lo anormal es que una chica no tenga carrera. Aunque quizá no lo dirían exactamente así, miran con cierto desdén el concepto “anticuado” de quedarse en casa. Afirman que la mujer es capaz de hacer lo mismo que el hombre. En algunos casos no cabe duda, pero la cuestión no es si puede, sino si debe.
    A muchas mujeres evangélicas les está pasando la crisis y prueba de Uzías. Han bebido de las fuentes del mundo, y: “ya son fuertes”. Ven que tienen potencial y habilidad, se han fortalecido y engrandecido. Ya no son humildes y sencillas mujeres piadosas cuyo ministerio es ser esposas, madres y amas de casa. Ahora son mujeres más intelectualmente desarrolladas (como si trabajar en casa fuera para tontas, ¡vaya!), y han logrado cierto éxito en sus empresas. Ven, como Uzías vio, que podrían  hacer todavía más, y quizá confían en su habilidad y vigor, pero en esto se equivocan.  Para estas mujeres, la fuerza es más una prueba de su carácter que la debilidad y están cayendo en el mismo pecado, de enaltecerse para su ruina, y rebelarse contra Jehová su Dios. Es una acusación muy grave, ya lo sé, y procuraré explicarme.
    Como Uzías, un número creciente de mujeres evangélicas, que tienen apariencia de piedad, y de quienes se supone que sólo desean glorificar a Dios, se están equivocando respecto al ministerio. Y el problema se hace peor si alguna de ellas es misionera o la mujer del pastor, y usa su posición e influencia para enseñar sus ideas y prácticas a otras, todo con el consentimiento de su marido. Pero recordemos: “Lo ha dicho la mujer del misionero” o “...la mujer del pastor”, no es lo mismo que: “lo ha dicho Dios”. En todo el hablar acerca de los derechos de la mujer, se nos están olvidando la Palabra de Dios y los derechos de Dios y Sus prerrogativas divinas. Todavía en el siglo XXI es Dios quien decide cómo se le debe adorar y servir, y Sus decisiones han sido declaradas en Su Palabra, no en congresos ni concilios de evangélicos.
    Los más jóvenes no conocen otra cosa, porque han nacido en un ambiente evangélico ya alejado de la Palabra de Dios, ya contaminado por ideas mundanas. Les parece normal que haya  reuniones de mujeres,  retiros para mujeres (y en algunos de ellos la cena del Señor con sólo mujeres, presidida por ellas), conferencias para mujeres, revistas para mujeres con mujeres escritoras y mujeres pastoras.  Aunque no sean reconocidas como tales, existen situaciones en las que aparentemente creen que sólo ellas pueden visitar, entender y aconsejar a las mujeres. Esto es una afrenta a la Palabra de Dios y el liderazgo y ministerio de los hermanos varones que Dios ha establecido. Las conferencias celebradas son para todos los creyentes, el ministerio de la Palabra en la iglesia es para todos los creyentes, y las revistas hasta ahora han sido para todos los creyentes. ¿De dónde entonces esta idea de algo: “sólo para nosotras”? Cierto es que su procedencia no es bíblica, porque no está en la Biblia.
    En el Nuevo Testamento (espero que al lector le importe) no hay mujeres misioneras, conferenciantes, escritoras, pastoras, etc. Las mujeres piadosas aprendieron en silencio y no enseñaron ni ejercieron liderazgo. La única manera de lograr estas cosas hoy en día es apelando a argumentos culturales (la evolución social: una teoría de Marx, tomada de ideas de Darwin) y el progreso. Pero las asambleas progresistas no son bíblicas, porque el buen camino no está por descubrir, está atrás, en la Palabra de Dios. En Jeremías 6:16, Dios no dice: “adelante”, sino: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él”. Lamentablemente, el pueblo respondió: “No andaremos”. Era un problema de la voluntad, no de falta de información. Dios continuó: “Escuchad al sonido de la trompeta” (alarma), pero el llamado pueblo de Dios dijo: “no escucharemos” (v. 18). Otra vez, la voluntad. ¿No tenemos el mismo problema hoy en día? No falta información, sino voluntad para obedecer a Dios. Sería mucho más triste si hoy en día repitiéramos este gran error. Sufriríamos también el disgusto y la desaprobación de Dios. Como la iglesia de Laodicea, el olor del mundo está sobre las iglesias “contemporáneas”, progresistas, manifiestamente mundanas. Su éxito y popularidad temporales no les salvará en el día del juicio. En aquel día la Palabra de Dios será abierta, y dice:

    “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1 Ti. 2:11-14).

    Amamos y estimaos a nuestras hermanas en la fe, pero aun así, a la mujer no le corresponde un lugar de liderazgo, ni siquiera sobre otras mujeres, y con la Biblia NO se puede demostrar lo contrario, porque Dios estableció que lo tuvieran los varones. No se trata de machismo, sino de aceptar el diseño y el plan del Creador y Cabeza de la Iglesia. Porque una escoba no debe usarse para pintar una casa, no quiere decir esto que no sea útil. Es útil en el lugar y trabajo que le corresponde. Y así es con el servicio que cada uno debe rendir al Señor y a Su Iglesia. Respecto a la mujer creyente, las razones dadas por el Espíritu Santo aquí no tienen absolutamente nada que ver con la cultura, sino con los propósitos de Dios en la creación y después de la caída. No se contempla en la Palabra de Dios “directoras” de ministerios, ni pastoras, ni consejeras, ni escritoras, ni nada semejante. Seamos honestos, la Biblia no enseña que las mujeres hagan esto. Al contrario, Dios dice en Su Palabra inspirada e inerrante: “Aprenda en silencio, con toda sujeción”. Queridos hermanos, es inútil defender la Biblia como plena y verbalmente inspirada por Dios e inerrante, y luego claudicar en la práctica sobre lo que Dios ha dicho. Y en algunos casos, es más que un error; es hipocresía.
    Es interesante notar que el mismo pasaje, 1 Timoteo 2:9-15, asocia la piedad de la mujer con su forma de vestir, con su carácter y con su conducta. Y justamente estas cosas son las que muchas veces también les falta a muchas mujeres evangélicas. Han aprendido del mundo cómo vestirse, qué carácter es bueno tener, y cómo conducirse. El bombardeo continuo de los medios de comunicación, la tele, la radio, las revistas, también la educación en escuelas públicas, y la influencia de la sociedad alrededor nuestro han dejado su marca. Es una especie de lavado de cerebro, hecho poco a poco, a lo largo de los años de la juventud y sin ser percibido hasta que su trabajo, como la carcoma, ya está hecho.

    “Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza,; porque lo mismo es que si se hubiese rapado...Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles...Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?”
(1 Co. 11:5-13).
           
    Dios estableció el velo como símbolo de autoridad, y por ende, símbolo de la sumisión de la mujer cristiana a esta autoridad. No se puede relegar a los tiempos y la cultura de Corinto, puesto que el versículo 16 habla de: “las iglesias de Dios”.

    “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1 Co. 14:33-35).

    El apóstol Pablo escribió esto, no por su cuenta, sino bajo la inspiración del Espíritu Santo. Es Palabra de Dios, y por lo tanto, el silencio de la mujer en la congregación, en público, es bíblico y por tanto, correcto. Es doctrina apostólica acerca de la mujer. Y añade: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37). Entonces, fue Dios, mediante el apóstol, quien hizo de esta doctrina un “test” de servicio a Dios y espiritualidad. Las iglesias que no observan el silencio de la mujer desobedecen la Palabra de Dios. Los que les enseñan a hacerlo, por más letras que tengan detrás de su nombre, no hablan de parte de Dios ni son espirituales, antes al contrario, les falta discernimiento en la Palabra de Dios. Comprendemos que declarar esto es para muchas personas como una provocación, pero tal reacción simplemente indica lo lejos que hemos ido de la Palabra en nuestro desliz. ¡Es hora ya de parar, mirar, preguntar por la senda antigua, y andar en ella! Uzías se rebeló contra la Palabra de Dios; quiso tomar para sí libertades (supuestamente buenas) que Dios no permitía. Fue pecado.
    Otra vez estamos viviendo las circunstancias vergonzosas de la rebelión de Uzías, cuando algo bueno se vuelve malo. Pero esta vez las mujeres son las protagonistas en la rebelión.  Es rebelión contra la Palabra de Dios cuando una mujer entra en el pastoreo, cuando deja de aprender en silencio y comienza a enseñar la Palabra de Dios. Cuando una mujer toma el liderazgo en la iglesia, por buenos que sean el ministerio o las intenciones de ellas, es pecado. Se supuso que Uzías quería glorificar a Dios y rendirle culto más de cerca, pero los sacerdotes le mandaron salir del santuario, y le declararon tres cosas:

    1. “no te corresponde a ti”
    2. “has prevaricado”
    3. “no te será para gloria delante de Jehová Dios”


    Esto es lo que debe suceder entre nosotros, queridos hermanos, si vamos a ser un pueblo fiel a Dios y a Su Palabra. ¿Dónde están los varones de Dios, siervos fieles que creen a Su Palabra? Los sacerdotes respetaban al rey, pero no obraron con acepción de personas. Nosotros respetamos y estimamos a las mujeres creyentes, como coherederas de la gracia, claro que sí. No se trata de una lucha contra las mujeres, sino contra la falta de respeto que hemos tenido a la Palabra de Dios. Pero debemos obrar con acepción de personas simplemente porque en este caso son mujeres. No hay que andar de puntillas porque son esposas de ancianos, de misioneros  o mujeres “encomendadas” a algún ministerio eclesial o paraeclesial, sino ponernos contra ellas (no como personas, ni como mujeres coherederas de la gracia, sino en este contexto bajo consideración) y decirles tres cosas: “no os corresponde”, “habéis prevaricado”, y “no os será para gloria delante de Jehová Dios”.  Y al hacerlo, que nadie nos acuse de tener manías a las mujeres, porque no es así. Es cuestión de amar al Señor y Su Palabra tanto, ¡que deseamos fervientemente hacer lo que dice!
    Y en más de un caso, gran parte del problema son los varones. Hemos cedido nuestras responsabilidades y privilegios a las mujeres, a veces por pereza, otras por apatía, a veces por avaricia o amor a los deleites. Nos hemos pegado a la tele, hechos unos adictos al futbol o a las películas, y las mujeres han preferido la Palabra de Dios. O nos hemos sumergido en el trabajo y el negocio, haciendo dinero, subiendo en la carrera, y no hemos tenido tiempo para la Palabra del Señor ni para servirle. No nos pueden preguntar en casa acerca de la Palabra, porque no sabemos, excepto acerca de quién ganó la copa del rey. No nos hemos esforzado para salir a las puertas, para ir a visitar, ni siquiera hemos abierto las nuestras para ejercer hospitalidad. Comprendemos a nuestro perro de caza o nuestro Mercedes más que a las personas, así que, ¿cómo vamos a aconsejar y pastorear? Todo esto es verdad, y de ello tenemos que arrepentirnos, pero aunque esto es así, los hombres no tienen toda la culpa en exclusiva.
    La otra cara de la moneda acerca de los hombres es que algunos son pusilánimes. Aun el gran Acab escuchó la voz de su mujer, Jezabel. Dios acusó a Adán de haber escuchado la voz de su mujer al sumergir la raza en el pecado. Abraham escuchó la voz de Sara respecto a un hijo, y el resultado fue Ismael y siglos de problemas. Hay hombres que en la calle son leones, pero en casa, gatitos domesticados. En el púlpito son grandes oradores, pero en casa son mandados. Y en algunos casos los propios maridos temen  pararle los pies a su mujer, y si no pueden con ella, ¿qué van a hacer en la iglesia? Quizá saben que como Uzías, ellas se llenarán de ira y habrá una escena desagradable. Puede que algunas manden en privado, en su matrimonio y familia, aunque no deberían, pero no podemos callarnos cuando como Uzías, ellas llenan sus manos con incienso y desean entrar en un ministerio que Dios les tiene prohibido. Quizá se enojarán, pero ¿cuál es la procedencia de semejante ira, sino el alto concepto que algunas tienen de sí mismas? Quizá se creen “maestras” y “líderes”. Si han bebido de las fuentes del mundo, están en cierto sentido borrachas de ideas mundanas en cuanto a su importancia y potencial. Así que, debido al mucho tiempo en que los varones han ido cediendo el terreno, dejando a las mujeres “desarrollar” su ministerio fuera de casa más y más,  ahora no será fácil la reconquista de lo perdido por falta de valentía o por falta de convicción.
    Es válido hasta cierto punto el temor de que si nos oponemos a ellas, habrá contienda, división y pérdida. A lo mejor no reaccionan ellas así públicamente, pero sus maridos y otros hombres controlados por ellas, sí, levantarán oposición abierta. La dinámica de esta situación ha sido descrita por el dicho: “En casa ella le escribe las partituras, y el público él canta”. Pero quien escribe las únicas “partituras” que valen para la iglesia, la familia y la vida cristiana, es Dios. Así que, hay que decidir, como los sacerdotes en el tiempo de Uzías, qué es realmente importante.
    Siempre vale más ser fiel a Dios y Su Palabra que quedar bien con los hombres, o en este caso, con las mujeres que desean el protagonismo en las asambleas. La Palabra de Dios no ha cambiado, y en ella no hay precepto ni ejemplo de lo que hoy en día  las mujeres evangélicas hacen y quieren hacer. Pero en las asambleas padecemos de una crisis de convicciones bíblicas y de liderazgo espiritual.
    Es mi convicción que debemos arrepentirnos humildemente, y confesar nuestro pecado, no tratando de excusarlo o minimizarlo, y volver a dirigir las congregaciones (y nuestros matrimonios y familias) por la Palabra de Dios. No es cuestión de simplemente hacer declaraciones, sino de hacer cambios, de ordenar nuestras vidas y prioridades para que los varones sean en verdad los líderes, guías y maestros espirituales que toda la iglesia necesita.
    Toda retórica acerca de derechos, habilidad o potencial de la mujer es vana, porque no se trata de esto. Se trata de que Dios ha hablado y nos ha dicho cómo proceder. Entonces, sobran todas nuestras ideas acerca de cómo mejorarlo. Dios ha hablado en Su Palabra, la Biblia. ¡Este librito no es la Biblia! Todo lo que cita de la Biblia debe ser leído y escudriñado como hicieron los de Berea. ¿No sería triste si Dios estuviera tratando de decirnos algo y no le dejábamos?
    Todos los creyentes, varones y hembras, somos miembros de Su familia sólo por la gracia de Dios. Somos copartícipes de la misma gracia. Pero recordemos esto, en Su casa no todos tenemos la misma responsabilidad. No repitamos el error de Uzías. No se nos envanezca el corazón más para nuestra ruina, y no nos rebelemos contra lo que Dios ha escrito. Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.

Carlos Tomás Knott, Huesca, España, 1999