viernes, 30 de diciembre de 2022

El 25 de diciembre, ¡FUM FUM FUM!

¿N A V I D A D?

El 25 de diciembre es el día señalado en nuestro calendario como el día del nacimiento, como dice el villancico "un niñito muy bonito ha nacido el el portal". Suena bien, pero, ¿es verdaderamente el día en que nació Jesucristo? ¿Son las costumbres de estas fechas de origen cristiano, o son las navidades el resultado de la unión entre el  paganismo y la cristiandad?
      Como hemos de ver, ¡el 25 de diciembre no es la fecha en que Jesucristo nació! Por ejemplo, es evidente que nuestro Salvador no nació durante el invierno, pues cuando Él nació, los pastores velaban sus rebaños en el campo. “Y había pastores en la misma tierra que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su ganado” (Evangelio según S. Lucas 2.8).
     Es conocimiento común en Israel que, debido a la imtemperie, los pastores no hacen eso durante el invierno. Siempre traen sus rebaños de las montañas y los campos a los rediles antes del 15 de octubre. Con esto está abundantemente claro que Jesucristo no nació en invierno, pues toda la zona del Belén, Jerusalén y la Sefela está sujeta a nevadas y fuertes heladas hasta finales de febrero o principios de marzo.

Belén nevada, y esto no es raro

   Si no nació en diciembre, ¿cómo llegó el 25 de diciembre a ser el día que la cristiandad celebra como el dí de Su nacimiento? La historia nos da la respuesta. ¡En lugar de ser este día el nacimiento de nuestro Salvador, este era el día en que los paganos, durante muchos siglos, celebraron el nacimiento de "Deo Sol Invictus" su dios solar!

Un estudio de esto demuestra cuánto se rebajaron los responsables de la Iglesia Católica Romana en sus esfuerzos por unir el paganismo con el cristianismo, hasta el punto de poner el nacimiento de Jesucristo en una fecha que armonizaba con la celebración pagana del nacimiento del dios sol.
      Amigo, seas quién seas, si celebras en estos días la Navidad y los Reyes como algo cristiano, ¡estás equivocado! Pero lo peor es que el sentido de la verdadera Navidad ni siquiera está presente en estos días. Son fechas para la reconciliación superficial y momentánea, para organizar la gran comilona familiar. Comprar, comer, beber, reír y olvidar son los cinco verbos presentes, y ¿qué de la verdadera Navidad? ¿Qué de ese Nacimiento único y especial de Dios manifestado en carne? El que nació vino para darnos vida, no para darnos una fiesta. Jesucristo vino, nació para morir como dijo S. Pedro, llevando "nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero". No había árbol de navidad, sino solo la cruz, instrumento de muerte cruel del imperio romano. Pero Cristo vive, pues resucitó, y ascendió vivo al cielo - Él, no María. Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre. Cristo, no la Iglesia, te ofrece perdón de pecados y vida eterna en virtud de Su muerte como nuestro Sustituto: el Cordero de Dios. 

     Éste es sin duda el mejor regalo. Nunca se caduca, y es gratis. No hay que pagar nada, ni se puede ganar a cambio de obras de piedad o devoción. La gracia de Dios a ti es gratis, pero esto es porque el Señor Jesucristo pagó con Su vida en la cruz. Nació, murió, resucitó, ascendió y vive a la diestra del Padre. Sólo Él puede salvar perpetuamente a todos los que por Él se acercan a Dios (Epístola a los Hebreos 7.25).
    Tú que sigues la tradición y la mayoría, y celebras en estos días la Navidad y los Reyes, reflexiona y considera que el nacimiento de Jesucristo fue para reconciliarte perpetuamente con Dios, si te arrepientes de tus pecados y confías únicamente en Él. 

    Es cierto que fue necesario Su nacimiento, pero mucho más Su muerte, ya que mediante ella, por la fe en Aquel que murió por ti, puedes obtener la salvación eterna.

domingo, 27 de noviembre de 2022

¿La Navidad Está En El Evangelio Según Lucas?

     Un amigo cristiano comentó a otros creyentes que él no celebra la Navidad. “¿Por qué?” le dijeron. Respondió que no la halla en la Biblia. A eso exclamaron: “¡Qué dices! ¿No has leído el Evangelio de Lucas?

            Al oír eso de mi amigo, aunque he leído la Biblia numerosas veces, pensé que tal vez no me di cuenta de algo. Así que, me puse a leer otra vez el evangelio de Lucas, poniendo atención cuidadosa al asunto de la Navidad. Lucas fue divinamente inspirado, y además, un hombre inteligente, y un historiador diligente y cuidadoso. Entre sus primeras palabras están éstas: me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido (Lc. 1.3-4). “Todas las cosas desde su origen” – seguramente, si la Navidad es una práctica cristiana, estará en el Evangelio de Lucas. Así que, leí con confianza y anticipación, y sin embargo, a pesar de mi diligencia no pude hallar ninguna celebración de Navidad. ¿Acaso existe alguna versión apócrifa de Lucas, que menciona la Navidad?

        Oh, sí, por supuesto leí y consideré cuidadosamente cómo los ángeles anunciaron aquella noche maravillosa el Nacimiento de nuestro Señor. He aquí el texto:

Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2.9-14).

   El glorioso anuncio angélico a los pastores de Belén, del nacimiento de Cristo fue acompañado de una multitud de ángeles que alababan a Dios. Fue un breve pero asombrosamente poderoso heraldo de Su venida, hecho por ángeles, no por seres humanos. No lo llamaron “Navidad”, ni fue repetido jamás, ni exhortaron a los hombres a celebrar ni a conmemorar el suceso. Los del cielo lo sabían cuando Él fue enviado, cuando llegó, y cuál era Su misión. Para los hombres todo eso era una sorpresa inesperada. Nada en aquel suceso se parece a la celebración de Navidad en nuestro mundo.

     Los pastores fueron a prisa a Belén para ver esa maravilla, y hallaron a José, María y al Niño recién nacido y puesto en un pesebre. No estaban ahí los magos, como aparecen hoy en los “belenes” o “nacimientos”. Leemos en Mateo de la llegada posterior de esos magos, y el texto infiere que habían pasado alrededor de dos años (Mt. 2.16). Cristo y Sus padres estaban en una casa, no en el establo (Mt. 2.11). No menciona Lucas ninguna celebración de parte de los pastores, ni dice Mateo que los magos celebrasen. Nadie marcó la fecha, sino Herodes que quería matar al Niño.

     Así que, para examinar al fondo, consulté a los otros Evangelios, pero no hallé en ellos mención alguna de la Navidad. Después, leí el libro de Hechos, también escrito por Lucas, para ver exactamente qué hacían los primeros cristianos, y qué enseñaban los apóstoles. Sabemos que las ordenanzas bíblicas son anunciadas en los Evangelios, practicadas en Hechos y enseñadas en las Epístolas.  Pero en Hechos no hay nada que hable de hacer memoria, conmemorar o celebrar el nacimiento de Cristo, ni una vez. No fue enseñado ni practicado por los cristianos apostólicos. Ellos sí recordaban al Señor, y le honraban al guardar la Cena del Señor como Él mandó. Volviendo al Evangelio de Lucas, leí estas palabras del Señor: “Haced esto en memoria de mí” (Lc. 22.19). Hablaba de recordar Su muerte, no Su nacimiento.

      Entonces, seguí mis investigaciones, y leí las Epístolas en busca de la Navidad, por si tal vez fue instituido en las Iglesias como parte de la “doctrina apostólica” (Hch. 2.42). Las Epístolas son inspiradas por Dios y útiles; son ricas y profundas en doctrina y práctica. Pablo afirmó a Timoteo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3.16-17). Así que, si algunos celebran Navidad y enseñan a sus hijos y otros a perpetuar la tradición, debe haber alguna base bíblica, pues la Escritura inspirada es útil para enseñar e instruir. No solo eso, sino también en las Escrituras tenemos todo lo que necesitamos para equiparnos para toda buena obra (v. 17). Extrañamente, no hallé la Navidad, pues no es mencionada en ninguna epístola. No se basa en ninguna doctrina o instrucción cristiana.

            Así que, habiendo leído el Evangelio de Lucas y todo el resto del Nuevo Testamento, el resultado es que no hallo ninguna conmemoración ni fiesta de Navidad de parte de los apóstoles y los primeros cristianos. No hay enseñanza ni ejemplo que fuese comunicado a las iglesias. No es parte de la Escritura inspirada por Dios y útil, que es suficiente para prepararnos para toda buena obra.

    Allí no hay música navideña – ni villancicos, ni programas especiales de Navidad, ni decoraciones navideñas. Ni siquiera los ángeles adornaron los campos, los árboles o las casas de Belén. En las Escrituras no hay árboles de Navidad, ni corona navideña, y nadie usaba muérdago, ni luces especiales en las casas, ni mucho menos ponían escenas del nacimiento (belenes), porque “no te harás imagen” (Éx. 20.4; Dt. 4.15-16). 

     Los creyentes y las iglesias en las Escrituras no guardaban como festivo ese día, ni intercambiaban regalos, ni celebraban con una cena especial en nochebuena, ni dulces especiales para la fecha. La Biblia carece de registro de esas cosas, y ella debe ser nuestra guía. En las Escrituras tampoco hay

Papá Noel, elfos, renos ni regalos. Ahí no aparece el pequeño tamborilero, ni Frosty el muñeco de nieve. Nada de todo eso está en la Biblia, no porque hubiera un Grinch que robó la Navidad, ni porque un tacaño como Ebenezer Scrooge desdeñara la fiesta. Es simplemente porque la Navidad no fue enseñada ni practicada en las iglesias.

            Quizás podríamos usar la palabra apócrifa (gr. apokryptein, “esconder”) respecto a la Navidad, porque ciertamente viene de una fuente ausente de las Escrituras, y parece que pocos saben y muchos no quieren saber de dónde. Los orígenes no son espirituales, y por eso como mucho son de dudosa fidelidad, y en el peor de los casos son paganos. La Enciclopedia Británica define así la palabra apócrifa: “en literatura bíblica, son obras fuera del canon aceptado de las Escrituras”. Si existen obras que enseñan la Navidad, ¡están fuera del canon bíblico! La Británica también comenta: “en su sentido más amplio, apocrypha ha venido a significar cualquier escrito de dudosa autoridad”. Eso incluiría cualquier obra que enseña la Navidad como práctica cristiana, porque no está en la Biblia.

     En conclusión, sí, he leído el Evangelio de Lucas, todo el Nuevo Testamento, y toda la Biblia. Puedo declarar con confianza que no contienen ninguna celebración humana, ni personal ni eclesial, de la Navidad. Las iglesias en tiempos apostólicos no celebraban anualmente el nacimiento de Jesucristo. No existe enseñanza apostólica sobre la cual fundar la Navidad, ni ejemplo ni precedente bíblico alguno. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Ti. 2.15-16). Para ser aprobado por Dios, debemos estudiar diligentemente las Escrituras, y caminar en Su santa luz. Cualquiera manera de hablar que usa mero razonamiento humano o apela a la tradición o el sentimentalismo para justificar una práctica no bíblica podría ser considerado como profana y vana palabrería.

            Dios no se agradó del invento de Caín, cuando trajo una ofrenda como le pareció, aunque lo ofreció al Señor. Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño, no a los ídolos, fíjate, sino a Jehová, pero fueron muertos instantáneamente porque violaron las instrucciones divinas. En cierto sentido, por su comportamiento, ellos añadieron a las Escrituras, no por escrito, sino por sus hechos y ejemplo, cuando añadieron algo que Dios no mandó. No honramos al Señor cuando inventamos o improvisamos, sino cuando obedecemos. ¿Qué agrada al Señor? No es ningún misterio, pues Su Palabra nos declara cómo debemos ser y vivir. “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 S. 15.22). El Señor se agrada y es honrado cuando nos reunimos cada semana para recordarle y anunciar Su muerte, hasta que Él venga.

 Carlos Tomás Knott

lunes, 19 de septiembre de 2022

El Único Rey Eterno

 


L

a muerte de la reina Isabel II[1] fue una noticia triste, y se ha sentido en muchas partes del mundo. Varios la han llamado “reina eterna”, cosa difícil de entender ya que ha fallecido. Obviamente el sentido debe ser figurado – hipérbole – que alude a su largo reinado, desde 1952 hasta 2022. Ayer coronaron a Carlos III, que es un anciano con 73 años de edad, y adúltero – divorciado y vuelto a casar. Debido a su edad no es probable que reine muchos años.

Cuando decimos las palabras del Padrenuestro: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6.10), ¿qué estamos pidiendo? No otro rey o reina mortal de la raza humana, ni ningún gobierno político y corrupto, sino el reino encabezado por el Señor Jesucristo: “Rey de reyes y Señor de señores” (1 Ti. 6.15).

¡Cuán distinto a los reyes de este mundo es el Señor Jesucristo! El apóstol Pablo le describe así: al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Ti. 1.17). En esa misma epístola él encarga a Timoteo de la siguiente manera: “que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén” (1 Ti. 6.14-16). Claramente, Jesucristo es el único Rey así, pues Sus atributos y honores no pertenecen a ningún otro.

            En Su reino no hay incertidumbre ni inestabilidad. “Tú eres el mismo, y tus años no acabarán” (Sal. 102.27; He. 1.12). Él es literalmente eterno e inmutable, y de ahí la estabilidad y firmeza del reino de Dios.

El Padre anunció el decreto real en el Salmo 2. Ante la rebelión de los malvados reyes mortales de este mundo. “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte” (Sal. 2.6). Es el Rey que Dios escogió: “mí rey”. No lo deciden los hombres, sino el cielo. No le escogen ni le invitan los hombres, y si esperara esa elección, nunca vendría. Lo que este mundo necesita no es más reyes pecadores y mortales, sino el Rey eterno, y gracias a Dios, ¡Él vendrá! Pero tendrá que venir con juicios y guerra, porque los seres humanos no quieren que reine sobre ellos.

El reino de Dios es eterno, pero todavía no ha sido físicamente establecido en este mundo rebelde. Han reinado el pecado, la muerte, y un montón de mortales pecadores que hoy yacen en sus tumbas. Todavía esperamos la venida del Rey verdadero, el Eterno. Mediante el profeta Daniel viene la profecía y promesa: “Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre(Dn. 2.44).

El Salmo 110 profetiza la venida de este Rey y Su Reino. Cuando venga, veremos que es eternamente joven. No tendrá aspecto de rey viejo como aquel que acaban de coronar en Londres. “En la hermosura de la santidad. Desde el seno de la aurora tienes tú el rocío de tu juventud (Sal. 110.3). Es hermoso en Su intachable santidad. Además, Dios declara con juramento que Su Rey es “sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal. 110.4). La reina Isabel era la cabeza de la Iglesia Anglicana, según lo establecido por Enrique VIII cuando separó a los ingleses de la Iglesia Católica Romana, e hizo “anglicanos” a los que antes eran “romanos”. Ahora a Carlos III, un hombre viejo y mundano, le tocará ese oficio. Las demás naciones también están gobernadas por reyes y presidentes pecadores a quienes no les importa la voluntad de Dios. Pero gracias a Dios, el reino de Dios es encabezado por el impecable Señor Jesucristo, Rey y Sacerdote para siempre.[2]

A Cristo coronad, divino Salvador;
Sentado en alta majestad es digno de loor;
Al Rey de gloria y paz loores tributad,
Y bendecidle al Inmortal por toda eternidad.

A Cristo coronad, Señor de nuestro amor;
Al triunfante celebrad, glorioso vencedor;
Potente Rey de paz, el triunfo consumó,
Y por su muerte de dolor su grande amor mostró.

A Cristo coronad, Señor de vida y luz;
Con alabanzas proclamad los triunfos de la cruz;
A Él pues adorad, Señor de salvación;
Loor eterno tributad de todo corazón.

                                                                  - Godfrey Thring

 

El Evangelio según Mateo comienza con el nacimiento de este Rey. Aunque es eterno, mediante la encarnación se hizo hombre. El capítulo 1 demuestra Su linaje procedente de la familia de David, con derecho al trono. Los versos 18-25 relatan Su concepción y nacimiento – María concibió del Espíritu Santo – la concepción inmaculada de Jesús en el vientre de María. Inmaculado es Él, no ella. Y en el capítulo 2, vinieron del oriente unos magos preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (Mt. 2.2). Sin invitación ni permiso de los hombres, el Rey había venido al mundo.

El Rey vivía aproximadamente treinta y tres años en Israel, enseñando al pueblo, sanando, reprendiendo y refutando a los líderes religiosos que no creían en Él. Cuando al final entró en Jerusalén montado en un pollino, multitudes lo aclamaron, pero en esa misma semana lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Pilato le sacó al pueblo diciendo: “¡He aquí vuestro Rey!” (Jn. 19.14). Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César” (Jn. 19.15). Pobres son aquellos cuyos únicos reyes son meros hombres. Pues el Rey del cielo fue crucificado, llevando nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, y abriéndonos el camino al cielo. ¿Qué político o rey puede hacer esto? ¡Ninguno!

Y porque se humilló así, siendo obediente hasta muerte y muerte de cruz, la Escritura asegura que “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2.9-11). En el Apocalipsis el apóstol Juan llama a Jesucristo “el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1.5). El Padre le exaltó, y le hizo sentar a Su diestra, “la diestra de la majestad en las alturas” (He. 1.3). ¿Qué hace el Rey ahí? Espera, porque el Padre le dijo: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (Sal. 110.1; He. 1.13).

Los que arrepentidos hemos confiado en Él, le tenemos ahora como nuestro Rey. La Escritura declara: el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col. 1.13-14).

Es Jesús mi Rey divino, solo a Él yo seguiré;

En las pruebas de la vida, solo en Él yo confiaré.

Es mi fe pequeña y débil, mas Jesús me sostendrá;

        Con Su brazo poderoso siempre me protegerá.

        Nada temo, Cristo mío, mi sostén y mi solaz,

        Yo confiado ahora vivo, en mi pecho reina paz.

        En la patria donde moras, yo Tu rostro espero ver;

        Con los fieles en los cielos, coronado quiero ser.

         - desconocido

El mundo todavía no quiere a este Rey, pero no importa, porque no tiene ni voz ni voto en el asunto. Dios ya lo ha decidido, decretado, manifestado y exaltado. Solo esperamos el momento de Su segunda venida para reinar. Apocalipsis describe cómo será esta venida, con grandes juicios, porque los moradores de la tierra le resistirán hasta el final. Adoran a la bestia (Ap. 13), el anticristo – el hombre de pecado – aquel inicuo, y blasfeman al Dios verdadero. Todavía es verdad lo que dijeron antes: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lc. 19.14). Por eso los terribles juicios devastadores. Aun así no se doblarán, sino los reyes de la tierra se reunirán en Armagedón para pelear contra Dios (Ap. 16.14-16).

El Rey del cielo se manifestará terriblemente, no manso y humilde, sino con justicia, santidad y gran ira. ¡No hay otro como Él! Apocalipsis 19 relata lo que Juan vio: “…El cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Ap. 19.11-16).

Apocalipsis 11.15 informa: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos”. Anhelamos el día cuando ya no habrá que soportar más los reinos del mundo. Dios tiene algo mejor para nosotros. Las palabras de Apocalipsis 11.17 anticipan ese día: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder y has reinado”.

Así se cumplirá la profecía de Daniel 2.44. El Dios del cielo establecerá Su reino eterno en este mundo, y Jesucristo, el Rey de reyes, gobernará. Entonces todo creyente se alegrará, porque éste es el Rey, y éste es el reino que hemos esperado. En aquel día diremos con Su pueblo Israel “He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Is. 25.9). ¡Dichosos los que creen y esperan al Rey eterno!

          ¡Triunfo! ¡Triunfo! Cantemos la gloria

            Del Rey poderoso, por cuya victoria

            Quedó abolido el poder de la muerte,

            El fuerte vencido por uno más fuerte,

            Jesús vencedor, y vencido Satán.

 

            El Crucificado, por Dios coronado,

            Señor victorioso será proclamado;

            Daránle honores, dominio y grandeza,

            Los siglos futuros, eterna realeza,

            De que Él ya es digno y muy pronto tendrá.

           

            Su frente celeste ciñendo corona,

            Los hombres honrando Su santa Persona,

            El cetro terrestre en breve empuñando,

            En paz le veremos cual Rey dominando

  En cielos y tierra el reino de Dios.

                                                                      Anónimo

 

 

                                                                         Carlos Tomás Knott, Septiembre 2022



[1] Realmente no se llama Isabel, aunque este error es muy común, y muchos ignoran la diferencia, sobre todo en España donde piensan en su propia reina Isabel I de Castilla, del siglo XV.  (Elisabet (אֱלִישֶׁבַע  eli – sheva) significa “juramento de Dios” o “plenitud de Dios”. Pero Isabel es diferente, pues significa “Isis-bella”, e “Isis” es el nombre de una diosa egipcia. La piadosa Elisabet en el Evangelio según Lucas, madre de Juan el Bautista, nunca es llamada Isabel.

[2] Y Profeta, ya que habla de parte de Dios, y no solo esto, sino Él mismo es el Verbo de Dios (Jn. 1.1). Durante Su vida terrenal lo reconocieron como profeta (Mt. 21.11; Mr. 6.4; Lc. 7.16), y Él cumple la profecía de Moisés en Deuteronomio 8.15 (Hch. 7.37-38).

sábado, 28 de mayo de 2022

La Familia Pródiga: Rut 1


Los tiempos de los jueces representan una de las épocas más confusas y tristes en la historia de la nación de Israel. No había rey, y cada uno hacía lo que le parecía. El libro de Rut comienza durante esos tiempos, y vemos en el primer capítulo el espíritu de aquel entonces. Elimelec y Noemí, como muchos, hicieron lo que les pareció, y en su caso eso era abandonar a Belén e irse a Moab. Vemos en ellos malas prioridades y decisiones, alejamiento de Dios y del pueblo de Dios, malas amistades y alianzas con los incrédulos, yugos desiguales, esterilidad, muerte y amargura. Pero, aunque comience así, el libro de Rut nos enseña algo sobremanera bueno que sucedió en ese tiempo. El libro enseña también la providencia divina, misericordia, bondad y bendición. Aquí hallamos el enlace entre los tiempos sin rey y la venida del reino de David. El linaje del rey David resulta ser el linaje también de Cristo, como Mateo 1.1-6 enseña. Así que, Rut presenta la providencia de Dios, que obra a veces silenciosa pero siempre poderosamente en las “circunstancias” de la historia, para el bien de Su pueblo.

 La Ida (vv. 1-5)

 v. 1 “Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos”.

            La historia comienza en Belén de Judá, pero en el primer verso se traslada a los campos de Moab. La primera parte tiene que ver con una familia pródiga: Elimelec, Noemí e hijos. En los días de los jueces cada uno hacía lo que bien le parecía (Jue. 17.6; 21.25). Todos los males manifestados en Jueces radican en que olvidaron a Dios, no tuvieron fe, y vivieron de manera egoísta. Los jueces produjeron solo cambios temporales, y parece que con el paso del tiempo tuvieron cada vez menos impacto. Uno de los últimos de ellos fue Sansón, un hombre de pasiones descontroladas, murió ciego y cautivo. Sabemos que Dios castigaba a Israel de varias maneras, incluso con hambre. En una época eso fue por invasión de los madianitas y amalecitas que destruyeron los frutos de la tierra (Jue. 6.3-6). Deuteronomio 28 y 32 contienen advertencias de juicios divinos de sequías y hambre por la desobediencia de la nación. El libro de Rut comienza en uno de esos tiempos.

            Así que, las circunstancias eran malas y difíciles de soportar. “Hubo hambre en la tierra”. No controlamos las circunstancias, sino nuestra respuesta a ellas. ¿Qué hacemos en tiempos difíciles? Elimelec respondió abandonando lo que Dios le había dado, y llevó a su familia lejos del Señor, a una tierra que no les pertenecía. El texto no menciona nada de oración, ni de buscar consejo o ayuda, ni de familia, ni de los ancianos de su pueblo, ni de los sacerdotes. La tentación era ir a otro lugar donde había pan – fuera donde fuera. Abraham se equivocó en tiempos de hambre y descendió a Egipto (Gn. 12.10). Dios no le dirigió a Egipto – solo fue por la lógica, y de ahí tuvo que volver al lugar donde había hecho altar a Dios. Más tarde su hijo Isaac pensaba hacer lo mismo, pero Dios le paró (Gn. 26.2). Debemos siempre buscar y seguir la voluntad de Dios, como Santiago 4.15 aconseja: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”. ¿Cómo sabemos hoy lo que el Señor quiere? No por sentimientos ni visiones ni voces, sino mediante Su infalible Palabra (Sal. 119.105), y el consejo bíblico de los que Él ha puesto para velar por nuestras almas (He. 13.17).

            Elimelec y su casa ilustran lo que sucede cuando no somos guiados por el Señor. Ilustran las personas que no viven por fe sino por circunstancias. Su vida es una serie de reacciones lógicas o impulsivas a sus circunstancias. Estaban en un buen lugar. “Belén” significa “casa de pan”, y era el pueblo natal de Aquel que es el Pan de vida (Jn. 6.35, 48). “Judá” significa “alabanza”, y es la tribu del Mesías, alabado sea Dios. En Josué 15 Dios había asignado a la tribu de Judá su territorio. Así que, vivían en un lugar donde Dios prometió bendición. Nos recuerda la promesa posterior de Jehová a David – pan y alabanza. Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan. Asimismo vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbilo” (Sal. 132.15-16). Pero esta familia, en la prueba de hambre y escasez, cometió el error de marcharse sin la guía de Dios, a otro lugar para buscar una vida mejor. Fallaron por su poca fe y su decisión independiente. No dijeron como Habacuc: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3.17-18). ¡Qué noble y admirable hubiera sido comportarse así, pero si no hay fe, no es posible! En lugar de eso, desearon ir a Moab para aliviar sus dificultades.

            Samuel Ridout comenta que en la Biblia el hambre era el llamado divino al arrepentimiento (Dt. 28.15-17, 23, 38). [1] Todavía es así, y a veces incluso una asamblea tiene de qué arrepentirse (Ap. 2.5). Dios nos castiga y nos prueba para humillarnos y enseñarnos, para que nos volvamos a Él, no para que nos alejemos. Pero tristemente, muchas veces no somos sensibles sino resentidos y obstinados. Por el profeta Amós Dios dijo: Os hice estar a diente limpio en todas vuestras ciudades, y hubo falta de pan en todos vuestros pueblos; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová” (Am. 4.6). Así fue el caso de Elimelec y familia. Su motivación fue el pan, no el plan de Dios. Podríamos pensar que solo Elimelec era culpable, pero si seguimos el texto veremos que Noemí tuvo su parte y también fue castigada. Algunas veces eso pasa eso en un matrimonio, que la esposa se hace la víctima ante los demás, pero en casa ella se queja y presiona al marido a salir y buscar una vida mejor para ella y los hijos. Fuese cual fuese el caso, a Noemí esa decisión le costó su familia, pero a Elimelec le costó la vida. Debemos recordar que las decisiones tienen consecuencias. Ante las pruebas, debemos humillarnos, examinarnos, y orar, no solo pidiendo ayuda, sino en palabras del Salmo 26.2, “Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón”. Y como dice el Salmo 139.23-24, “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. De haber procedido así, Elimelec nunca habría ido a Moab. Y si nosotros aprendemos a proceder así, tampoco iremos a lugares donde Dios no quiere que estemos.

            En nuestros tiempos hay quienes abandonan su país, familia y asamblea para ir, incluso ilegalmente, a un lugar donde pretenden ganar dinero. Su proceder no es “si el Señor quiere” (Stg. 4.15), sino lo que ellos quieren: dinero y comodidad. Deciden por su cuenta ir a lugares donde no hay asamblea, o sin saber siquiera si hay una. Se atreven a entrar de manera ilegal en otros países. Esto incluye el entrar fingiéndose turistas, cuando su plan es quedarse y trabajar, lo cual es ilegal. La Palabra de Dios habla claramente: Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores” (1 P. 2.13-14). Pero para tales personas, lo principal es el trabajo y el dinero, no la Palabra de Dios ni Su voluntad. Todo lo manipulan a gusto y capricho suyo. Una persona llamó a un misionero preguntando dónde se podía congregar en cierta ciudad. En la conversación se descubrió que hacía dos años que vivía en ese lugar, y solo entonces buscaba donde congregarse. ¿Por qué? Porque francamente, no viajó pensando en su vida espiritual – porque no fue su prioridad. Poderoso caballero es don dinero, y muchos lo permiten dirigir sus vidas. Primero deciden dónde van a ir, vivir y trabajar, y luego, como algo extra, no esencial, tal vez preguntan dónde congregarse. La manera de hacer las cosas indica cuáles son sus valores y su condición espiritual. Todo tiene su explicación, pero no todo tiene bendición.

extracto del capítulo 1 del Comentario sobre Rut por Carlos Tomás Knott, Libros Berea


[1] Samuel Ridout, Judges and Ruth (“Jueces y Rut”), Loizeaux, Neptune, New Jersey, 1980.