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martes, 18 de noviembre de 2025

¡Cuánto he deseado comer esta pascua!

 “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!”   Lucas 22.15


    En Éxodo 12 se instauró la Pascua, para conmemorar su salvación y liberación de la servidumbre en Egipto. Entre esta primera Pascua del éxodo de Israel, y la que celebró Cristo con Sus discípulos en Lucas 22 intervienen aproximadamente 2.450 años.  A lo largo de este tiempo se celebraron  muchas pascuas, una vez cada año. Digamos que fue como una cuenta retrocesiva, desde Éxodo 12 hasta Lucas 22, “esta pascua”.

    Fijémonos en la expresión del Señor: “Cuánto he deseado comer esta pascua”; no “la pascua” sino “esta pascua”. Tenía especial significado por ser la que comió con Sus discípulos antes de ser sacrificado como el Cordero de Dios. Había anticipado este momento durante los últimos 2.450 años. Es más, lo había esperando desde la eternidad, ya que Él murió como “un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P. 1.19-20 ). Sabía que había venido al mundo para salvar a los pecadores, y que, para ello, era necesario morir por ellos. Es el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap. 13.8). Deseaba cumplir la voluntad del Padre. Deseaba proveer para nuestra salvación. Así que, en las horas antes de Su pasión, decía: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Jn. 12.27-28).
    Sabiendo todo lo que significaba esta última pascua, admiramos al Señor por Su gran deseo de comerla con los Suyos antes de padecer. Sentado en mesa con ellos, los miraba con especial amor. Miraba los símbolos, el pan y el vino, con pleno conocimiento de su significado: mi cuerpo, mi sangre. No solo celebraba la pascua, sino “nuestra pascua, que es Cristo” fue sacrificado por nosotros (1 Co. 5.7). De ahí en adelante, celebramos la Cena del Señor como Él mandó: “Haced esto en memoria de mí”, no una vez al año, sino cada primer día de la semana (Hch. 20.7; véase también 1 Co. 16.2). Y el Señor está presente, en medio de los Suyos en cada Cena del Señor, lo que hace que sea de especial importancia. Quiere ver nuestros rostros, y recibir nuestra gratitud y adoración.
    Queda para nosotros la pregunta: ¿Cuánto deseamos comer con Él la Cena del Señor? Él desea estar con nosotros. ¿Deseamos estar con Él? ¿Hay acaso otro lugar o persona más importante que Él, para que nos ausentemos de Su cena conmemorativa? ¿Deseamos venir y recordar según Su voluntad Su muerte a favor nuestro? Él nos ha amado tanto, pero ¿nosotros le amamos? ¿Con qué motivo podríamos decirle al Señor: “Te ruego que me excuses”? (Lc. 14.18).
    No tuvimos que ir a la cruz ni padecer. No nos costó nada, pues Él lo pagó todo. ¿Qué menos, entonces, que acudir cada primer día de la semana, conforme a Su deseo, para hacer memoria de Él y anunciar Su muerte hasta que Él venga? El Señor fue a la cruz. ¡Le costó mucho establecer la Cena del Señor! ¿Cuánto nos cuesta acudir como Él quiere? ¿Hay algo de más valor o prioridad?
    Sus palabras en Lucas 22.15 expresan un deseo grande y ferviente. “¡Cuánto he deseado!” Ya que hemos sido redimidos por Su sangre, ¿no debemos tener un gran deseo de venir a estar con Él, recordarle y honrarle, en la Cena del Señor? ¿Qué podría ser más importante? Ahí Él nos espera, ¿le dejaremos plantado? ¿Cuáles son nuestros deseos, y nuestras prioridades? No le digamos al Señor, sino más bien a cualquier otro: “te ruego que me excuses”, para que acudamos a la mesa donde Él nos espera.

Carlos Tomás Knott

 

"Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, 

allí estoy yo en medio de ellos". 

Mateo 18.20 


 

 

martes, 14 de septiembre de 2021

Cómo Alejarte Del Señor Sin Que Nadie Se Dé Cuenta


     Cualquiera puede hacerlo, porque no es difícil. Si sigues estos pasos sencillos tú también puedes alejarte del Señor. Puedes cambiar de un cristiano sincero y devoto en un desertor frío, amargo y desilusionado de la lucha cristiana. ¿Te apetece?
    Primero debes asegurarte de no hacer ninguna clase de estudio práctico de la Biblia. Procura reducir cualquier lectura de la Biblia u oración a unos breves minutos. Por ejemplo, lee poco y rápido, y cuando te pregunten si has leído la Biblia hoy podrás decir: “sí” pero no te afectará mucho. Después, procura mirar la tele, jugar videojuegos (X-box, etc.), y pasar mucho tiempo en internet, en las redes sociales, chateando, facebook, etc. Así tendrás un nivel muy bajo de vida espiritual. Todavía mejor si estás distraído con muchos quehaceres y así no prestas mucha atención a lo que estás haciendo. Algunos aconsejan eliminar la lectura diaria y sólo llevar la Biblia al culto y leerla un poco allí. O si lees en casa, hazlo justo antes de acostarte o bien cuando ya estás en la cama. Así podrás dormirte antes de terminar tus “ejercicios espirituales”. En todo caso, no te preocupes buscando mejor tiempo para Dios durante el día.
    Por supuesto, no debes asistir a las reuniones con demasiada frecuencia. ¡No seas fanático! Y cuando vayas, procura llegar tarde para no tener que saludar a nadie ni tener comunión con los hermanos antes de la reunión. Si puedes sentarte en la última hilera de sillas, mejor. Lleva la Biblia para guardar apariencias, pero no prestes mucha atención a ella ni a lo que pasa en las reuniones. Procura hacer un mero acto de presencia, y después, intenta salir sin tener mucha conversación con los hermanos. Trata de que las bendiciones te lleguen simplemente porque has estado en el culto, pero sobre todo no te molestes en pensar o aplicar personalmente lo que se enseña de la Biblia.
    Mantente al margen de la vida de la iglesia, con el absoluto mínimo de comunión y colaboración con los hermanos. Nunca jamás aceptes ninguna responsabilidad o trabajo en la congregación. Tampoco te iría bien invitar a los hermanos a visitarte entre semana, y ni se te ocurra ir a verles a ellos para pasar tiempo juntos o hablar de temas espirituales. Mejor que te quedes en silencio en tu mundillo, ocupándote con tus cosas y enfriándote espiritualmente. Así puedes sentirte más solo y cultivar la idea de que no hay amor, que nadie piensa en ti, y que es una iglesia fría.
    Aquí va un consejo muy importante si quieres lograr tu meta de alejarte del Señor. Piensa mucho en los fallos de los demás hermanos, y obsesiónate con ellos. Ves a las reuniones para observar qué es lo que dicen y hacen mal. Trata de descubrir docenas de fallos acerca de cada hermano, y después apunta las cosas malas que has observado para que puedas recordarlas y pensar en ellas, así amargándote y enfriándote más y más. Tal vez lograrás convencerte de que todos los cristianos son farsantes y que todo no es como parece.
    Otra cosa: Si encuentras dificultades en la vida cristiana, si no puedes comprender por qué aconteció algo, o por qué alguien dijo algo, o si tienes algún resentimiento con Dios o un hermano por cualquier cosa, acuérdate, no digas nada a nadie. No hables con Dios sobre esto para que tú seas corregido y enseñado, ni mucho menos hables con tus hermanos. Piensa mucho en cómo ellos son hombres y no tienes porque escucharles. Deja que este resentimiento vaya creciendo y carcomiéndote como un cáncer.
    Sí, amigo mío, si cumples estas normas sencillas, el alejarte del Señor está asegurado. Pero, para alejarte sin que nadie se dé cuenta, tienes que proceder con mucho cuidado, porque es bastante más difícil lograrlo. Es algo que exige más astucia y sutileza. Verás.
    Acuérdate que casi todos los casos de hermanos que se han alejado del Señor empiezan de una manera casi desapercibida. Así que no hagas caso a las pequeñas señales en tu vida, como tu propio decrecimiento en amor hacia Dios y hacia los hermanos, o la falta de oración, o poca lectura y meditación sobre la Palabra de Dios. Si encuentras que no tienes muchos deseos de estar con los hermanos, piensa que eso es normal y que todos son así, que no pasa nada. Manténte frenéticamente ocupado, quizá en trabajos o con tu familia, porque son cosas legítimas y nadie puede decirte que eso está mal, ¿verdad? Así te asegurarás de no tener tiempo para leer la Biblia, meditar en ella, orar, ni experimentar compañerismo con los hermanos. Acuérdate que si tienes mucho compañerismo, puedes echar a perder tu meta de alejarte (He. 10:24-25).
    Y en cuanto a lo de ver los fallos de los demás y criticarlos, ten cuidado y no digas nada a ninguno de ellos. Cuando hables con ellos, pon una sonrisa superficial y dirige la conversación a lo superficial también, para no ser descubierto. No pienses en tus propios fallos, pero deja que los de los demás te desanimen completamente. Y piensa especialmente en los jóvenes y los nuevos cristianos, porque cuando uno es joven o joven en la fe, tiende a colocar a otra persona en un pedestal pensando que todo lo que esa persona hace está bien, olvidando que es tan humana como él. Pero tú puedes evitar eso, pensando siempre en los fallos de todos, y puedes ayudar a los demás a no estimar a los hermanos si tú mencionas sus fallos brevemente de tanto en cuando en tu conversación. Una “buena” manera de disimular es disfrazando tus críticas y compartiéndolas como motivos de oración por los demás hermanos. Di algo así: “Yo amo a [pon el nombre del hermano/a], pero...” y después de la palabra: “pero”, lanza tu crítica, y di al final: “debemos orar por él”. Si reúnes a unos hermanos en tu casa para orar “por” estas personas, puedes sembrar más amargura y crítica de una manera pseudo-espiritual, y hacer que otros se alejen del Señor sin que ellos mismos se den cuenta. ¡Fíjate! Después, si tienes la suerte de que la persona que estás criticando falla en algo, en vez de perdonarlo y pasarlo por alto puedes decir que es un farsante, que todo no es como parece, y que todo el cristianismo es igual.
    Cuando reconozcas que tienes un problema espiritual, no busques la ayuda de los ancianos de la iglesia. ¡La podrías conseguir y entonces tu alejarte gradualmente del Señor podría quedarse frenado! En lugar de buscar ayuda, “chitón”. Piensa que tú eres capaz de solucionar tus propios problemas y que no necesitas a los pastores. Convéncete que además, ellos no te entienden, porque tu caso es especial, y sólo te van a decir cosas que están en la Biblia que tú ya sabes. Fíjate en ti mismo, recordando que toda la congregación te considera un buen cristiano, y no les des pistas de que tienes problemas.
    Intenta tener una “doble personalidad” o como un hermano dijo, ser un cristiano de “doble chip”. Es decir, mantén tu vida cristiana aparte de tu vida normal. Canta los himnos y coros en las reuniones, pero no con entusiasmo, gozo, o compromiso. No dejes que cale el mensaje que ellos llevan, o puedes perder tu alejamiento. Mira al predicador cuando enseña, y ten tu Biblia abierta al pasaje correcto, pero no tomes apuntes ni mucho menos admitas una aplicación para tu propia vida. No permitas que lo que dicen afecte tu relación con tus amigos, tus placeres, o tus planes para el futuro. De esa manera puedes conseguir que se amontonen muchas presiones sobre ti para distanciarte todavía más del Señor mientras mantienes una fachada religiosa. Sé constante observando estas normas y entonces podrás alejarte del Señor sin que nadie se dé cuenta. Y cuando se den cuenta, ya te habrás caído e ido de la congregación y nadie sabrá porque. ¿Dije nadie? Esto no es toda la verdad. Es fácil engañarte a ti mismo, a tus padres, a tus amigos, a tus hermanos en Cristo, o a tus pastores. Ellos pueden sentir una inquietud vaga, pero aun así es posible que no sepan con certeza qué es lo que les hace sentir así. Pero Dios sigue ahí. Es omnipresente y omnisciente. No podrás engañarle ni sorprenderle a Él. Aunque tuerzas, gires, cubras o te disfraces, ten por cierto que Él lo sabrá.
    Cuando Pedro negó al Señor, si había una cosa que él quiso que no la supiera Jesús, fue ésta. Pero en aquel mismo instante el Señor se volvió y miró a Pedro, cara a cara. Fue una mirada directa al corazón, de pleno conocimiento de lo que había en Pedro y de lo que había hecho. Fue una mirada triste, de confianza traicionada, pero también fue una mirada de amor constante. Al Señor le dolió mucho lo que Pedro le había hecho, pero no quería echarle fuera, sino restaurarle y recibirle otra vez. Aquella mirada le rompió por completo y él vio la realidad amarga de lo que había hecho.
    Y así, amigo mío, vendrá el día cuando tú también estarás delante del Señor, cara a cara. No estarás escondido en medio de la muchedumbre de una gran congregación. Estarás delante del Señor Jesucristo quien murió en la cruz por ti. Estarás bastante cerca para poder ver las marcas de los clavos en Sus manos y pies, y ver bien Sus ojos que te miran y penetran hasta tu corazón, tu espíritu y alma. Y Él sabrá todo acerca de tu alejarte de Él. ¿Cómo te sentirás cuando tengas que enfrentar aquella mirada sabiendo que Él nunca ha dejado de amarte?  ¿Cómo te sentirás cuando te acuerdes de la sangre que Él derramó por ti y de la paciencia que ha tenido contigo, y los cuidados que te ha dado, y que tú, desgraciadamente, descaradamente, le dijiste, “¿y qué?” ?  
    ¡Qué torpes y miopes somos! Querido hermano, deja de alejarte del Señor mientras puedas. Reconoce, como un hermano dijo, que 30 segundos es demasiado tiempo para pasar fuera de comunión con el Señor. ¿Vivir sin Él? ¡Como el pez puede vivir fuera del agua! En sólo 30 segundos fuera de comunión con el Señor podemos decir o hacer cosas, o tomar decisiones que nos afectarán por el resto de nuestras vidas. Salir de comunión con Él y con los hermanos es como la oveja que sale del rebaño para ir sola por el bosque. ¡Los lobos se alegran!  No, hermano, mas vuélvete a Él, tomando coraje con Su promesa: “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia” (Os. 14:4).  Que jamás tenga el Señor que decirte: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” (Ap. 2:4).

Dennis Read
revisado y adaptado

jueves, 4 de marzo de 2021

DEVOCIÓN CRISTIANA: La Interpretación Literal de Mateo 6:19-21

por Anthony Norris Groves


Prólogo


Anthony Norris Groves (1795-1853), era un acaudelado dentista que abandonó el lujo y las riquezas en Inglaterra y salió con su esposa y dos hijos para predicar el evangelio a los musulmanes en Bagdad en 1829. En 1825, antes de renunciar a todo y salir, él escribió este libro para manifestar sus creencias y contestar las objeciones que muchos le presentaron. Luego, estando en Bagdad, en 1831 hubo guerra civil, plaga, inundaciones y hambre, y murieron su esposa Mary y su hija recién nacida. En 1834 volvió a Inglaterra, se casó nuevamente, y luego en 1836 fue con su familia a la India.
    Groves creía que se debe usar el Nuevo Testamento como manual único para las misiones. Dio ejemplo con su vida y ministerio. Puso en práctica los principios de la devoción cristiana que aboga en esta obra, y demostró la posibilidad y bendición de aceptar literalmente las enseñanzas del Señor. Esto luego tuvo gran impacto en la vida de Jorge Müller, y luego a través de él, en la vida de Hudson Taylor que fue misionero en China.
    Este libro viene de la segunda edición de su obra, publicada en Londres en 1929 que luego fue incluido en 1939 en la biografía escrito por G. H. Lang: Anthony Norris Groves, Saint and Pioneer (“Anthony Norris Groves, Santo y Pionero”).
    Posteriormente fue publicado en los Estados Unidos con títulos agregados a los párrafos, y las referencias a algunas citas bíblicas del autor, para ayudar al lector. En este mismo sentir de ayudar al lector hemos realizado algunos leves cambios gramaticales, y simplificado algunas frases complejas y arcaicas del estilo literario del siglo XIX. Pero no se ha alterado el contenido del mensaje del hermano Groves. El motivo no ha sido otro que facilitar su comprensión por los lectores modernos, pues “...Si...no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís?” (1 Co. 14:9). 

 

Prefacio Del Autor


    Al entregar esta segunda edición, cuatro años después de la primera, quiero declarar que no he abandonado estos preceptos. Antes al contrario, en mi experiencia cotidiana, todo lo que observo de la historia de los que reciben o bien rechazan esta enseñanza, tiende a fortalecer mis convicciones. Esto es, que estos preceptos del bendito Señor manifiestan un infinito y profundo conocimiento del corazón humano y sus motivaciones. Todavía creo que Él quiso decir sencilla y exactamente lo que dijo: “No os hagáis tesoros en la tierra”, etc. Cuando por fe recibimos esta doctrina, es como colirio (Ap. 3:18) que maravillosamente aclara nuestra visión espiritual. El que pueda, que la reciba.
    Ciertamente muchos dicen que han sido influidos por ella; más de lo que esperaba. Los frutos que dan son como uvas del valle de Escol (Nm. 13:23-24). Sin embargo, seguramente el tiempo manifestará si es así, y el Señor será el juez.
    Las objeciones principales en contra de la interpretación literal de las palabras del Señor parecen organizarse bajo tres puntos.

(1) Este principio reduciría la influencia de la iglesia;
(2) Dejaría a los hijos sin provisión, y
(3) Requeriría que los que tienen propiedades las vendan, y no se daría por satisfecho con la ofrenda de los intereses o las ganancias derivadas de esas propiedades.

    Pero mi responsabilidad no es las consecuencias del precepto, sino con el precepto mismo. A mi juicio esas objeciones manifiestan una desconsideración total del gobierno del Señor sobre Su iglesia y pueblo, parecida a la de los incrédulos.
    Con la ayuda del Señor respondo a la primera objeción, acerca de la influencia. Consideremos la diferencia entre lo que es cristiano, lo mundano que opera en los del mundo, y luego la mundanalidad que los creyentes a veces manifiestan. El oro puro de la influencia cristiana es una manifestación de la mente de Cristo, nacida del amor de Cristo en el alma. No debe ser martillado para cubrir lo mundano – títulos, honores, rangos, riquezas, estudios y poder secular en el mundo. Cuando hacen eso, si rascamos, en seguida vemos otra cosa debajo de esa capa fina y brillante. No es oro celestial sino bronce mundano. Si evitáramos esas cosas mundanas, cuán diferentes podrían ser los grupos y “ministerios” religiosos constituidos supuestamente para extender el reino de Cristo.
    Respecto a los otros dos puntos, podemos responder con un argumento general. El principio del gobierno de Dios es paterno, y por eso Su objetivo principal es desarrollar en nosotros el carácter de hijos queridos. El rasgo esencial es la dependencia ilimitada. La otra cara es el carácter paterno de Dios que promete cuidar de los Suyos. La más pequeña violación de nuestra dependencia diaria en Él para provisiones temporales o espirituales afecta Su honor. 

[Nota del editor: Esto no quiere decir que no trabajemos, sino que confiemos en nuestro Padre celestial para las fuerzas y la destreza necesarias para ese trabajo, haciendolo para Su gloria. Véanse Efesios 4:28 y 2 Tesalonicenses 3:10-12.]

 
    Luego, respecto a nuestros hijos, David sabía que no tendrán que mendigar pan (Sal. 37:25). Había sido joven, y llegó a la vejez, pero nunca había visto tal cosa. Dudar de la provisión de Dios es sospechar la perfección de Su carácter paterno. Nuestro Señor afirmó: “Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mt. 6:32). Por eso promete: “todas estas cosas os serán añadidas”. ¿Qué otra promesa necesitamos?
    En lo referente a los bienes, las fincas y propiedades, si sabemos que nuestro amante Padre celestial suplirá toda nuestra necesidad, cuanto antes nos libramos de esas cosas y las distribuimos, mejor para Su honor y servicio. Entonces tendremos toda la felicidad de ver los bienes gastados para la gloria de Aquel de quien son, ya que de tales cosas solo somos mayordomos, no dueños. De otro modo, no sabemos qué pasará si muriéseamos mañana. No sabemos si esos bienes que guardamos, esos tesoros que hicimos en la tierra, caerán en manos de sabios o necios. Si terminara nuestra vida después de vender y ofrendar solo parte de esos bienes, luego podría entrar un necio y gastar todo lo que resta, quizás para Satanás y la corrupción del mundo.
    Pero algunos citan 1 Timoteo 6:17 y dicen: “¿No nos da Dios todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos?” Sí, hermanos, pero sería degradante si los miembros del reino de Cristo disfrutaran sus bienes consumiéndolos en sus propios deseos, como hacen los del reino de Satanás, en lugar de usarlos para la exaltación de su Señor y Redentor. Estemos seguros, queridos amigos, que cuanto antes veamos nuestras riquezas apropiadas para el servicio y la gloria de Dios, mejor. Porque una vez ofrendadas, están con el Señor, y el mundo, la carne y el diablo juntos no pueden hacerlas volver. Además, el Señor no nos permitiría desearlas de nuevo. Él en gracia recibirá nuestro débil servicio, y nos recompensará en la luz de Su rostro y la certeza secreta en nuestra alma que nuestra devoción cristiana le ha sido aceptable y grata.

– A.N.G.    1829

continuará, d.v.

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miércoles, 19 de abril de 2017

La Mies: Cómo Llegar (parte 2)

COMO LLEGAR A LA MIES 

(Parte 2)
Carlos Tomás Knott
 
El primer paso

    ¿Cuál es el primer paso hacia el campo misionero? Evidentemente, como en el caso de los creyentes de Tesalónica, el punto de partida es una buena y sólida conversión. Nada de esta cosa a medias — orando alguna oración en un momento emotivo al final de un campamento o después de algún mensaje evangelístico, y luego cojeando por el camino, tratando de tener un pie en el reino y otro en el mundo. Esto puede que perturbe tu teología del “cristiano débil o carnal”, pero el Señor Jesús dice que los tibios serán escupidos de Su boca (Ap. 3:16). Así que, ¡tómate a Cristo y el cristianismo en serio, y no a medias!
    Una conversión buena y sólida viene cuando oyes y comprendes el Evangelio, que:

    “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. (1 Co. 15:3-4)

    Habiendo quedado convicto de tu culpa ante un Dios Santo, te arrepientes de tus pecados y crees el Evangelio, en tu corazón —confiando en Jesucristo como tu Señor y Salvador. Una conversión bíblica significa decir adiós a tu viejo yo y a la vieja vida. No es para asombrarnos que leemos que: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). Esto concuerda con el “lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5), y es la clase de conversión sobre la que se basa el cristianismo verdadero, el del Nuevo Testamento, tal como leemos en las Escrituras. Desde el endemoniado gadareno junto al mar de Galilea, hasta Saulo de Tarso en el polvoriento camino de Damasco, la verdadera conversión siempre ha conllevado tales vidas bruscamente cambiadas. Éste es el mensaje de la cruz, tal como lo expresa Tozer:

    “Aquel evangelismo que hace amistosos paralelismos entre los caminos de Dios y los caminos del hombre es falso a la Biblia y cruel para las almas de los oyentes. La fe de Cristo no es paralela con el mundo, sino que lo corta. Al venir a Cristo no llevamos nuestra vieja vida a un plano superior; la dejamos en la cruz. El grano de trigo tiene que caer en la tierra y morir”.

El crecimiento en la familia de Dios

Cuando somos salvos venimos a formar parte de la familia de Dios. Todos los creyentes en esta edad constituyen la Iglesia Universal, y cada asamblea local es una miniatura de la universal. El plan de Dios es que estemos en comunión en una asamblea local. sta es también la pauta del Nuevo Testamento. Nada de quedarse aislado, ni de dedicar lo mejor de tu tiempo y energía a organizaciones bien intencionadas (¡y quejándote luego de la falta de vida en la iglesia!) La iglesia es la clave para y el pálpito del plan de Dios en esta edad. El Señor Jesús anunció: “Edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18), no “mi organización”.
    Leyendo Efesios 4:10-16 notamos que el Señor resucitado ha dado a los hombres dotados a la iglesia para el perfeccionamiento de los santos. No existe clero ni laicos en el Nuevo Testamento (¡excepto en el judaísmo!). Cada creyente debe ser perfeccionado para la obra del ministerio. Volviendo de nuevo a 1 Tesalonicenses capítulos 1 y 2, vemos que Pablo, Silas y Timoteo trabajaban incesantemente para hacer discípulos de los nuevos creyentes. Los cuidaban como una madre (2:7) y un padre (2:11), instruyéndolos a que sirvieran al Señor. No es para asombrarse que de esta joven iglesia hubiera “sido divulgada la palabra del Señor” (1:8). Estos creyentes tuvieron una buena crianza espiritual en la asamblea, y justo en ella recibieron su instrucción para la obra cristiana. Así es la asamblea local, no la organización paraeclesial, la que vemos alcanzando toda Grecia con el Evangelio... y no tenían radio, TV, automóviles, imprentas, ¡ni internet! Selah. Si quieres ir al campo misionero, no pases por alto la necesidad de ser una parte activa, consagrada, estudiosa y trabajadora de tu asamblea local.

Presentación voluntaria al servicio

    ¿Te sorprenderá oír, entonces, que Dios desea emplear cristianos ordinarios como obreros para Su mies? ¿Qué? ¿Piensas acaso que los apóstoles fueron un grupo de gigantes intelectuales, filósofos o financieros? Bien al contrario. Alguien ha dicho con mucha razón que lo más grande acerca de cualquiera de estos hombres fue su relación con el Salvador. De otra manera, ¡nunca habríamos oído de ninguno de ellos! Eran hombres sin carrera que no gozaban de ninguna posición política ni social en el mundo. El Señor Jesús les dijo a estos hombres ordinarios: “Id; he aquí os envío ...” Cuando se trata de gente ordinaria, ¡Dios recibe toda la gloria!
    Consideremos sólo algunas de las personas ordinarias que el Señor de la mies empleó. Fue un chico joven que dio sus pocos recursos de cinco panes y dos peces al Salvador. Los discípulos comentaron con escepticismo: “¿Qué es esto entre tantos?”. Pero el Señor Jesús los empleó para alimentar a la multitud. La clave no es lo que tengamos. Es rendir nuestro todo a Él para que Él nos pueda emplear para Su gloria, según Su voluntad.
    David estaba pastoreando las ovejas de su padre cuando fue introducido a su servicio para el Señor (1 S. 16). Él iba a cuidar de las ovejas del Señor.
    Eliseo estaba trabajando como labrador (1 R. 19), arando los campos, cuando fue llamado al servicio del Señor como profeta. Aquella vida simple, aquellas manos encallecidas, y aquellos nervudos brazos, fueron llevados a otra clase de siembra y de siega.
    Dios también puede emplear personas de lo que el mundo llama de “gran erudición y capacidad”, como Moisés — instruido en la universidad de Egipto, y Pablo el fariseo y discípulo de Gamaliel. Pero primero los envía al desierto a humillarlos, a quebrantar su autoimagen y confianza en sí mismos, y a enseñarles Sus caminos. Los desiertos han sido buenas escuelas preparatorias.
    Juan el Bautista estuvo en lugares desiertos, no en la alta sociedad, escuelas rabínicas, ni en la universidad, preparándose para su gran ministerio. La palabra del Señor dejó de lado a siete de los más grandes hombres en el poder político y religioso de aquel tiempo, desde César en Roma hasta Caifás en Jerusalén, a fin de llegar a Juan en el desierto. Selah.
    Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores ordinarios. Iban a tener que aprender a pescar hombres y a echar las redes del evangelio.
    Cada uno de ellos tuvo que decidirse a ir y seguir a Jesús, y éste fue el momento crucial en la vida de cada uno. Desde Pedro dejando sus redes y barcas hasta Pablo arrodillándose en el camino de Damasco en su adiós al judaísmo, cada uno de ellos dijo adiós a sus planes personales y ambiciones para sus vidas. “Señor, ¿qué quieres que haga?” es la famosa expresión de aquella verdadera rendición interior a Cristo que hace que le podamos ser útiles. Puedes comenzar ahí, presentando tu vida al Señor jesús en una rendición a Aquel cuyo amor, tan maravilloso, tan divino, demanda tu corazón, tu vida, tu todo. Entonces podrás decir con G. Tersteegen:

Dios llama; quedar no puedo;
Mi corazón sin retardar entrego;
Mundo vano, ¡Adiós!, de ti me alejo:
La voz de Dios mi corazón ha arrebatado.

    Pero ahora te surgen preguntas como: “¿Y ahora qué?” “Habiendo decidido seguir al Señor y emplear mi vida para servirle, ¿qué hago a continuación?” “Cómo paso a la mies desde aquí?” Buenas preguntas. Sigue leyendo.

Devoción personal

    La consagración que has hecho ante el Señor tendrá que ser llevada a cabo en el día a día de tu vida. Una de las primeras cosas que debes hacer es hablar con tus ancianos. Háblales de tu respuesta al Señor y busca sus oraciones y consejo. Ellos tienen cuidado de tu alma, como aquellos que tienen que dar cuenta al Señor (He. 13:17), y deberías valorar mucho su aportación espiritual como una forma primaria de conducción divina, especialmente acerca de las labores misioneras.
    La temperatura espiritual de tu vida personal será un factor clave en la manera en que tu vida sea usada por Dios. No sucumbas a la frialdad de tu ambiente espiritual. Mantén encendidas las llamas del sacrificio y de la devoción en privado así como en público. Pablo nos exhorta en Filipenses 2:12,

    “...No como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor...”

    Casi cualquiera puede hablar y actuar espiritualmente en público. ¡Es una cosa cantar los himnos con la congregación, y otra cantarlos en tu habitación, a solas, en lugar de escuchar la música del mundo! Si no puedes soltar las ataduras de la mundanalidad, primero tienes trabajo contigo mismo. Lee 2 Corintios 6:14 - 7:1 y haz aplicaciones personales en el tema de la separación. Un predicador, anciano o misionero visitante puede tener un extraño efecto sobre la adrenalina de algunas personas, produciendo unas elevaciones espirituales temporales. Pero luego, cuando vas a casa, a tu habitación, o al campo con amigos, ¿cómo es entonces tu devoción personal? ¿Es sólo un acto público, visto por los demás, o es realmente una devoción personal y ferviente que se derrama también en público?
    ¿Está tu cuerpo dedicado a Cristo como sacrificio vivo (Ro. 12:1-2)? ¿Comienzas cada día con Él, negándote a ti mismo, y tomando tu cruz para seguirle aquel día (Lc. 9:23)? ¿Tienes un tiempo diario consistente, y de calidad para la comunión con el Señor mediante la lectura de la Palabra y la oración (Sal. 1:2)? ¿Recibe el Señor los primeros y mejores de todos los aspectos de tu vida — tu dinero, tu tiempo, tus talentos (Mt. 6:33)? ¿Eres diligente en la oración personal (Lc. 18:1)? ¿Eres un fiel testigo, confesando a Cristo con tu boca y presentando el Evangelio a otros (Ro. 10:14-17)? ¿Lees sistemáticamente y estudias tu Biblia y buenos libros cristianos, en lugar de desperdiciar un tiempo precioso en novelas y televisión (2 Ti. 2:15; 3:16-17)? ¿Qué clase de discípulo eres en privado cuando nadie te ve? Esta clase de cosas no son las que comenzarás a hacer de súbito sólo porque atravieses un océano o recibas un visado extranjero. La vida de la consagración personal comienza justo ahora, justo donde estás, y es una parte muy real de la instrucción para el campo misionero.
continuará, d.v.