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viernes, 6 de agosto de 2021

Los Límites de la Comunión entre Asambleas

por Norman Crawford

tomado del capítulo 13 de su libro Congregados A Su Nombre

Veamos cómo funciona la comunión entre las asambleas. Los ancianos en la asamblea en Jerusalén tenían responsabilidad en la asamblea de allí, pero no en ninguna de las asambleas en Siria, Pisidia o Licaonia. Muchos señalan que hubo apóstoles presentes en la iglesia en Jerusalén, y es verdad, pero aun así, tenemos aquí el patrón que debemos seguir, y no tenemos apóstoles ni son necesarios para nuestra obediencia. La asamblea en Jerusalén debía considerar el asunto simplemente porque, como la carta declaró: “Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley” (v. 24). Los que perturbaban a las otras asambleas habían salido de Jerusalén, y por eso respondían por su conducta a los ancianos en Jerusalén. También es verdad que Bernabé fue enviado de Jerusalén a Antioquía, y que Pablo durante un tiempo se había congregado en Jerusalén. Estas observaciones contestan toda pregunta acerca de la autoridad del llamado “concilio en Jerusalén”. Estemos claros, no fue un concilio de iglesias, sino los ancianos en una asamblea actuando responsablemente acerca de los que habían salido de ella...
...Los ancianos piadosos cuidarán de promover la comunión verdadera en la asamblea donde Dios les ha colocado, y también mantendrán comunión con otras asambleas para la ayuda mutua. Pero, respecto a la conducta de la asamblea, ellos dan cuenta a Dios, no a otra asamblea o grupos de asambleas.
    Hemos insistido que cuando los ancianos se reunieron en Jerusalén, su responsabilidad era respecto a los hermanos de su propia asamblea, no las asambleas de los gentiles en lugares distantes (Hch. 15). En Apocalipsis 1-3 hay una hermosa ilustración de la independencia de las asambleas, que también muestra su interdependencia. Juan se volvió para ver la voz que hablaba con él, y comentó: “y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre” (Ap. 1:12-13). Aprendió que esos siete candeleros eran las siete iglesias de Asia Menor, a las que el Señor se dirigía en capítulos 2 y 3 (Ap. 1:20). Cada uno tenía la misma construcción: oro puro, sin mezclas. Cado una tenía su base de oro. No eran como el candelabro del tabernáculo (la menorá) en el Antiguo Testamento con una sola base y siete lámparas.
    El Señor Jesús estuvo en medio de los siete candeleros, de modo que cada uno le alumbraba desde el punto de vista humano. Pero por supuesto, Él iluminaba a cada uno con Su bendita luz divina. Tenían un centro común – el Señor que estaba en medio de los siete. Una buena comparación sería la forma de una rueda con sus radiales, cada uno conectado al buje, pero sin llanta conectándolos afuera. No había conexión entre una lámpara y otra, excepto por el Señor en medio de ellas. El Señor hizo un escrutinio de cada una de las asambleas, pero no culpaba a ninguna por los errores, fracasos o pecados de otra. Cada uno debía rendir cuentas directamente a Él y solo a Él. Todavía es así hoy con las asambleas.
    Cada asamblea es un testimonio individual, puesta sobre su propia base de oro: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:11). Ninguna asamblea es responsable de la conducta de otra, ni debe interferir en el gobierno de otra. Ninguna asamblea ocupaba un lugar más cerca, alto o de más autoridad que otra, porque todas tenían la misma conexión con el Señor. Quizás la ilustración mejor enseña la verdad neotestamentaria de las asambleas en la conexión entre los candeleros, que solo es Cristo. Los hombres siempre intentan poner lazos para conectar una compañía a otra, para formar algo más grande, mejor organizado, más unido, “para que el mundo vea por fin que no somos tan pequeños”. Así y con otras excusas suelen razonar. Pero todo intento humano a organizar de cualquier forma a las iglesias se aleja de las Escrituras y constituye otros grupos sectarios, cada uno con su propia forma de organización. ¡Debemos guardarnos de todo esfuerzo para tomar un nombre común, además del Nombre del Señor Jesucristo, o de unir las iglesias bajo un común denominador o en alguna agrupación o asociación!
    Esos esfuerzos para organizarse produjeron las denominaciones, y las asambleas congregadas al Señor son una protesta contra ese sistema en cualquiera de sus formas.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Cristo En Medio De Las Iglesias

En Apocalipsis 1:10-20 tenemos la primera visión del Señor Jesucristo en el libro. Se revela a Juan, no como manso y humilde, sino como poderoso, santo y glorioso. No es el Jesús del arte religioso, ni de las estampas, las estatuas y los crucifijos, sino el verdadero Señor Jesucristo vivo y glorificado.
    El versículo 13 dice que estaba en medio de los siete candeleros, que el versículo 20 identifica como las siete iglesias. Desde Su posición en el centro mismo de las iglesias, el Señor Jesucristo dirige a cada una de ellas. Las iglesias no tienen ninguna sede ni organización en el mundo. Jesucristo es su centro y cabeza. Él las gobierna. Cada iglesia tiene su gobierno establecido por Cristo, los ancianos que Él pone para pastorear a Su rebaño (1 P. 5:1-4). Pero más allá de un gobierno en la iglesia, bajo el señorío de Cristo, no existe otro gobierno entre las iglesias y su Señor.
    Observamos que Juan, aunque apóstol del Señor y quizás el único que quedaba, no estaba en medio de las siete iglesias. Cada iglesia tenía una relación directa con el mismo Señor. No hay "apóstoles" ni "obispos" ni "papa" sobre las iglesias. Las iglesias no tienen una “cúpola”, comité directivo ni presidencia. No se organizan en denominaciones ni federaciones con una estructura o gobierno por encima de el de cada iglesia local. Un hombre no puede ser anciano en más de una iglesia ni controlar a un grupo de iglesias. Tales cosas no están en el patrón del Nuevo Testamento. Por ejemplo, los ancianos en Éfeso no podían ser ancianos en Esmirna,ni vice versa. Los responsables en una iglesia no podían designar ni ni nombrar ni controlar a los ancianos de otra iglesia. Es decir, no hay autoridad/gobierno/dirección supraeclesial, excepto por la Cabeza, el Señor Jesucristo. Quienes intentan hacer esas cosas y otras parecidas lo hacen sin fundamento bíblico y usurpan un lugar que pertenece sólo a Cristo, por lo cual deben arrepentirse de este su pecado.
    Observamos que no había una iglesia madre que estaba en medio de las iglesias. La iglesia de Jerusalén no estaba en medio de las siete iglesias. La iglesia de Éfeso tampoco, aunque era la primera en la zona, y el apóstol Juan era de allí, y el apóstol Pablo había pasado tiempo allí. Ninguna iglesia gobierna a otra, ni debe dirigir los asuntos de otra. Los ancianos de una iglesia no deben intervenir en la vida de otra iglesia, pues no les corresponde. Han habido casos cuando hombres de otra iglesia han venido de visita y han declarado que una iglesia ya no puede celebrar la cena del Señor, y otros que intervinieron para "quitar" los ancianos y asumir ellos el gobierno de la iglesia. Todo este comportamiento carece de apoyo bíblico, y es una usurpación reprensible del Señorío de Cristo. El Señor Jesucristo está en medio de las iglesias, y Él tiene derecho a dirigir a todas y cada una. Esto lo hace mediante Su Palabra, Su Espíritu y Sus siervos.
    Observamos además que no había ninguna organización, denominación ni federación en medio de las siete iglesias. Las iglesias pueden y deben gozar de una comunión informal, y la ayuda mutua, que son cosas buenas, pero SIN organización formal. No existía ningún "consejo de las iglesias de Asia" ni estaba obligados a reunirse y tomar decisiones que afectan a las iglesias, ni pretendían representarlas ante el gobierno. Hoy en día tampoco debe haber tales consejos de iglesias del país, la provincia o el departamento, pues estas cosas no están en la Palabra de Dios. Las iglesias del Señor, no se organizaban en denominaciones, ni entraron en ninguna organización que centralizaba el dinero, el poder, el control de la doctrina, las actividades, los predicadores, ni nada semejante. Todo lo que tiende a centralizar el control de las iglesias en manos humanas y no en la Persona de Cristo, está digno de nuestra sospecha y rechazo.
    El Señor Jesucristo, todo glorioso, sabio y poderoso, está vivo, y Él es suficiente para Su Iglesia (universal) y para Sus iglesias (locales). Ellas no dependen las unas de las otras, sino de Él.
    Ahora bien, tengamos cuidado, porque la autonomía de las iglesias locales bajo el señorío de Cristo NO significa que sean independientes para hacer cada cual lo que le parece. Cristo está en el medio. Él y Su Palabra gobiernan todas las iglesias. El Señor puede por supuesto enviar a Sus ministros, como en las siete cartas a las siete iglesias, con Su Palabra que debe ser oída y obedecida con toda humildad. Pero cada iglesia tiene que decidir qué va a hacer con la Palabra del Señor. En las cartas a las iglesias, el Señor llama a cinco de ellas a arrepentirse, pero son ellas quienes deciden si lo hacen o no. Los mensajeros del Señor no toman las decisiones por las iglesias ni las gobiernan. Cuando las iglesias se dejan guiar por el Señor, obedecen a la Palabra del Señor inspirada por el Espíritu Santo, y gozan de un mismo sentir en el Señor, no es extra a que se parecen, pues tienen un gobierno central – en el cielo – que las dirige. Aunque autónomas, ninguna iglesia está independiente del Señor ni de Su Palabra. Las iglesias no tienen "libertad" ni mucho menos "derecho" a desechar ni modificar Sus instrucciones por razones de cultura, conveniencia, etc. Él Señor todavía está en medio de Sus iglesias. Todos debemos estar atentos a Él y asirnos de la Cabeza (Col. 2:19). "Oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" es un consejo todavía vigente para todos nosotros.      
                               Carlos Tomás Knott