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miércoles, 8 de abril de 2026

La Triste Vida del Egoista

 William MacDonald

 

 En la búsqueda de la santidad hay pocas cosas más debilitantes que la preocupación por uno mismo. Quienes buscan la victoria en su interior están buscando en el lugar equivocado; se exponen a la decepción, el desánimo y la derrota.

El mundo pone el énfasis en el hombre y su potencial. En su patético deseo de reconocimiento, popularidad y aceptación, la iglesia del “yo también” sigue su ejemplo. Predica el humanismo secular, apenas disimulado bajo un lenguaje evangélico. Las editoriales religiosas se apresuran a publicar una avalancha de nuevos libros sobre la autoestima. En una sola visita a una librería cristiana, me encontré con los siguientes títulos:

Aprende a amarte a ti mismo

Ámate siquiera un poco

El amor propio, la fuerza explosiva del éxito

Los 7 pilares del amor propio

Yo estoy bien, tú estás bien

¿Quién dice que estoy bien?

Una visión real de ti mismo

Prometo amarme

Hazte amigo de tu sombra

El arte de comprenderte a ti mismo

Comprender tu pasado, la clave de tu futuro

Mi hermoso sentimiento

Puedes sentirte bien contigo mismo

30 días para una vida menos estresante

Eres alguien especial

¿Tengo que ser yo mismo? (Vivir contigo mismo y disfrutarlo)

 

Solo apareció en las estanterías una débil voz de protesta. ¡Se titulaba Déjate en paz!

Gran parte de la terapia moderna centra el foco en uno mismo. Se le dice al paciente que examine su educación (haciendo hincapié en los colosales fracasos de sus padres), sus pensamientos, motivos, miedos, complejos e inhibiciones (especialmente en el ámbito sexual). A medida que habla de sus problemas en una terapia no directiva, las respuestas aparecen, o al menos eso se afirma.

El dramaturgo noruego Ibsen cuenta la historia de Peter Gynt, que va a un hospital psiquiátrico y, para su sorpresa, descubre que nadie en aquel lugar parece estar loco. Todos hablaban con tanta sensatez y discutían sus planes con tal precisión y preocupación que él estaba seguro de que debían de estar cuerdos. Se lo comentó al médico. “Están locos”, dijo el médico. “Hablan con mucha sensatez, lo admito, pero todo gira en torno a ellos mismos. De hecho, están obsesionados con el yo de la forma más inteligente. Es el yo... por la mañana, al mediodía y por la noche. Aquí no podemos escapar de nosotros mismos. Lo arrastramos con nosotros, incluso en nuestros sueños. Oh, sí, joven, hablamos con sensatez, pero estamos lo suficientemente locos”.

“El mundo se parece mucho al hospital que visitó Peter Gynt. Parece bastante sensato hasta que no damos cuenta de que está poseído por sí mismo. Solo habla de sus sentimientos, su política, sus guerras, sus presupuestos, su dinero. La parte más importante de la existencia, Dios, no se menciona”.[1]

Es característico de las personas que sufren trastornos mentales, nerviosos o emocionales que el yo sea el centro y la circunferencia de sus vidas. Las técnicas de asesoramiento que los animan a practicar la introspección solo sirven para intensificar su miseria. Habrás oído el proverbio: “Los neuróticos son personas que construyen castillos en el aire; los psicóticos son aquellos que se mudan a ellos; y los psiquiatras son los que cobran el alquiler”.

Hay dos pasajes bíblicos clásicos que tratan sobre el egocentrismo y su remedio. El primero es el Salmo 77, que Bullinger ha resumido de la siguiente manera:

La preocupación por uno mismo – vv. 1-6

El resultado seguro: la miseria – vv. 7-9

La preocupación por Dios – vv. 10-12

Su resultado seguro: la felicidad – vv. 13-20

 

 Otra persona ha titulado estas cuatro secciones:

· Suspirar

· Hundirse

· Cantar

· Elevarse

 En la primera mitad del salmo, Asaf sufre del “síndrome yo”, o una sobredosis de vitamina “yo”. Los primeros pronombres personales (yo, mí, mío) aparecen 22 veces, mientras que solo se hace referencia a Dios 13 veces. El salmista se obsesiona tanto con sí mismo que incluso cuestiona la bondad, la gracia y la misericordia del Altísimo. En la segunda mitad, Asaf fija su mirada en el Señor. Menciona a Dios (sustantivos y pronombres) 24 veces, y solo hace tres referencias personales.

El segundo pasaje bíblico es Romanos 7.9-25. Tras más de cuarenta menciones de los pronombres personales, Pablo se lamenta: “¡Miserable de mí!” (v. 24). No encuentra la victoria en sí mismo. Más bien, afirma con seguridad: “yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (v. 18). Pero al final del capítulo, se aleja de sí mismo y encuentra la victoria en el Señor Jesucristo. Buscar la victoria en tu interior es como echar el ancla dentro del barco; garantiza la deriva espiritual.

El rey de Israel se dio cuenta de que necesitaba a alguien más grande que él mismo; dijo: “Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo” (Sal. 61.2). La Roca, por supuesto, es Dios.

La constante preocupación por uno mismo hace que la persona olvide las bendiciones del Señor y se vuelva ingrata por ellas. Provoca parálisis en lo que respecta al servicio eficaz, al reducir la capacidad de concentración y la calidad del trabajo. Hace que uno se vuelva insensible a las necesidades de los demás.

 

La persona ensimismada (egocéntrica) se pierde en un laberinto lleno de espejos de sí misma. Es esclava de sus propias emociones y sentimientos. Para los demás, resulta una compañía poco agradable, e incluso pesada. Siempre quiere hablar de sí mismo, y desahogar su letanía de lamentos ante un sinfín de consejeros y amigos. Busca una audiencia, pero rechaza los consejos. Tiene una voluntad de hierro que se resiste al cambio y se niega a aceptar la voluntad de Dios. Es como el pueblo que el Señor describe en Ezequiel 33.31-32,

“Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia. Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra”.

Hasta aquí la patología del egocentrismo. ¿Cómo puede una persona vencerla? En primer lugar, puede pasar de centrarse en sí mismo a centrarse en Cristo (2 Co. 3.18). Es al contemplarlo a Él como nos transformamos a su imagen. Mil buenas versiones de uno mismo no valen ni una sola versión de Cristo o, dicho de otro modo, un yo santificado es un pobre sustituto de un Cristo glorificado. Puede orar sin cesar:

Oh, sálvame de mí mismo, Señor amado.

Oh, que me pierda en Ti.

¡Ojalá ya no sea yo, sino Cristo

Quien vive en mí!

      Debe recordar la verdadera fórmula: Estar ocupado con uno mismo trae angustia. Estar ocupado con los demás trae desánimo. Estar ocupado con Jesucristo trae deleite.

Pero alguien podría objetar que es necesario cierto grado de introspección, y que incluso la Biblia lo recomienda. Sin embargo, Romanos 12.3 no recomienda la introspección, sino que cada uno piense de sí con cordura. 1 Corintios 11.31 nos enseña a examinarnos y juzgar cualquier pecado en nuestra vida. Pero en todo caso, debería seguir la regla de McCheyne: “Por cada vez que te mires a ti mismo, mira diez veces a Cristo”. Como dice un antiguo himno: “Qué dulce es huir de uno mismo y refugiarse en el Salvador”.

Una segunda cosa que una persona puede hacer es adoptar una visión bíblicamente correcta de sí misma. Por un lado, se da cuenta de que ha sido salvada por la gracia de Dios, perdonada, justificada y hecha apta para el cielo. Se presenta ante Dios con toda la aceptabilidad del Hijo amado de Dios. Está completo en Cristo, es heredero de Dios y coheredero con Jesucristo. Es una creación única de Dios y tiene un papel distintivo que cumplir en la vida. Es de gran valor para Dios y esto le hace desear ser todo lo que puede ser para el Señor Jesús.

Por otro lado, reconoce que en sí mismo y por sí mismo no es nada (2 Co. 1211; Gá. 63) y que en su carne no habita nada bueno. Si no busca lo bueno en sí mismo, nunca se siente decepcionado cuando no lo encuentra allí.

Una tercera sugerencia. La persona egocéntrica debería perderse en una vida dedicada al servicio de los demás. Quienes encuentran la plenitud son aquellos que están tan absortos en ayudar a los demás que no tienen tiempo para pensar en sí mismos. La plenitud proviene de la abnegación más que de la preocupación por uno mismo. Esto es lo que el Señor Jesús quiso decir cuando dijo: El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Jn. 12.25).

No pierda el tiempo deseando ser otra persona. A pesar de su aspecto físico, sus discapacidades o sus capacidades limitadas, se acepta tal y como Dios lo ha aceptado y dice: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Co. 15.10). No debe defenderse diciendo que “nadie es perfecto”, sino esforzarse para ser más como su Señor. En cuanto a las cosas en la vida que no se pueden cambiar, las acepta y así encuentra la paz. En los ámbitos de la vida que están determinados por la soberanía divina, quejarse es pecado y desear que fuera diferente es inútil.

Por último, debe evitar todo aquello que le lleve a la introspección, ya sean manuales sobre autoestima, seminarios sobre el pensamiento positivo o una orientación centrada en uno mismo en lugar de en Dios. Lo que queremos es olvidarnos de nosotros mismos y concentrarnos en el Señor, que es digno de toda nuestra atención.



[1] Traveling Light, Eugene H. Peterson. Downers Grove, IL: InterVarsity Press, pp. 69-71.

martes, 13 de febrero de 2018

Los Tatuajes Están De Moda

  
   En un periódico español y católico, ABC, en la página “SUMMUM”, aparece un artículo sobre los tatuajes que comienza así: “En apenas dos décadas, los tatuajes han pasado a ser elementos cotidianos de nuestras vidas”.1
     Así piensa el mundo sobre los tatuajes, y muchas otras cosas que antes eran consideradas malas o por lo menos no deseables, pero ahora, están bien vistas. Es triste pero no sorprendente que haya iglesias evangélicas y padres cristianos que cambian con el mundo. Se van con las corrientes, como los que no tienen vida ni fuerzas para resistir. Así esas iglesias evitan conflictos con sus miembros, y bajas, y esos padres evitan conflictos con sus hijos, y separaciones.
     Pero la Palabra de Dios no cambia, no se adapta a los gustos y las modas para evitar conflictos. Dice claramente: “Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna. Yo Jehová” (Levítico 19:28). "Señal alguna" lo cubre todo.  Pero al leer esto algunos enseguida dicen una de dos cosas: (1) Es parte de la ley y no estamos bajo la ley. (2) Habla de costumbres de luto por muertos en la antigüedad. 
    A la primera objeción tendríamos que preguntar cómo se aplica esa lógica al versículo siguiente, es decir, ya que no estamos bajo la ley, ¿está bien hacer a nuestras hijas fornicar? ¡Ridículo! La ley prohibe los ídolos también, así que ¿ahora podemos hacer imágenes porque no estamos bajo la ley? El Nuevo Testamento prohibe conformarnos al mundo, y es un principio amplio que debería gobernar nuestras deciciones acerca de muchas cosas. Alguien me dice que nadie debe prohibir una cosa que no esté explícitamente prohibida en la Biblia. Pero quienes piensan así se equivocan y andan en terreno muy peligroso, porque hay muchas cosas que la Biblia no prohibe expresamente, pero sí da preceptos que nos guian a ver que tales cosas quedan prohibidas. Por ejemplo, la Biblia no prohibe fumar. ¿Entonces fumamos? No, porque 1 Corintios 10:31 nos llama a hacer todo para la gloria de Dios. 1 Corintios 6:19-20 nos recuerda que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y que no somos nuestros. Pasajes como éstos nos ayuda a ver cuál es la voluntad de Dios. Salmo 32:9 nos exhorta: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno...” Esto es lo que hace uno que se hace abogado sin carrera, diciendo: “la Biblia no lo prohibe” como excusa para hacer algo. Se hace como caballo o mulo, sin entendimiento, que quiere obligar a Dios a tratarle con cabestro y freno para declararle explícitamente todo lo que debe hacer y no hacer.
    A la segunda objeción de que eran costumbres de luto, simplemente basta leer el contexto, el versículo antes y después, para ver que el tema no es el luto, sino que son mandamientos acerca de diversas cosa. No cortarse por un muerto se refiere a una práctica pagana de luto, sí. Pero lo que sigue – imprimir señales en el cuerpo es algo aparte. Los comentaristas Keil y Delitzsch2 indican que el versículo 28 trata dos prohibiciones de desfiguración del cuerpo. La segunda es una prohibición de “scriptio stigmatis”, eso es, tatuajes, una costumbre muy común entre tribus salvajes, y todavía vista en Arabia y Egipto entre hombres y mujeres de la clase baja. La intención del mandamiento era enseñar a los israelitas una reverencia apropiada respecto a la creación de Dios.
    El hecho de que esté de moda ahora y que el mundo lo acepte no significa nada delante de Dios. El mundo también acepta la fornicación, el adulterio, el divorcio, la homosexualidad, el lesbianismo y otras cosas que Dios condena claramente en Su Palabra. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo” todavía es un mandamiento (1 Jn. 2:15). ¿De dónde sacan la idea de tatuarse, del mundo o de la Biblia? Romanos 12:1-2 nos enseña que nuestro cuerpo debe ser presentado a Dios en sacrificio vivo, y que no debemos conformarnos al mundo. Bastantes preceptos bíblicos tenemos para concluir sin lugar a duda que el cristiano no debe usar tatuajes, y si lo hace, deshonra a su cuerpo y a Dios que manda no imprimir "señal alguna" en él. Amigo, si eres creyente de verdad, no eres dueño de tu cuerpo, sino mayordomo. Perdiste tus derechos al pie de la cruz del Señor Jesucristo que murió por ti. Si te amas a ti mismo haz lo que quieras, pero no intentes justificarlo con la Biblia. Si amas al Señor, guarda Su Palabra.
   
1 http://www.abc.es/summum/estilo/belleza/abci-cinco-tendencias-tatuajes-querras-llevar-201802121020_noticia.html
2 Keil-Delitzsch, Vol. 1, pág. 424, Eerdman’s Publishing Co., Grand Rapids, MI. 1980

sábado, 31 de octubre de 2015

Auto Complacencia

Auto Complacencia: Señal de Egoísmo

    La auto complacencia es hacer algo sólo porque me gusta hacerlo. Nadie tiene derecho a hacer algo solamente porque lo disfruta. El propósito de la vida es más profundo que pasarlo bien y complacerme. No tengo derecho a tomar la comida simplemente porque me gusta. Hacer así me constituiría una bestia. La tomo porque me nutre. No es correcto hacer cosas simplemente porque te complacen; esto es buscar tus propios intereses. ¿Qué de los intereses de Dios? ¿Qué de agradar a Dios? Jesucristo nos enseña: “Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia”. No tenemos permiso divino para buscar lo nuestro propio en nada. Busca a Dios, y Él buscará tu bien. Esta es la vida de fe. ¿Realmente confías en Dios? Cuida las cosas de Dios y Él cuidará las tuyas. “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2:4).
 
                           A. B. Simpson, traducido y adaptado de su libro Standing on Faith (Firmes en la fe)