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miércoles, 4 de octubre de 2023

MOISÉS ELIGIÓ BIEN


“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”.
Hebreos 11.24-27

Moisés sorprendió a la sociedad y la nobleza cuando renunció su asociación con Faraón y el gobierno de Egipto. No tomó su decisión a la ligera, ni por razones como el resentimiento u otras cosas, sino como dice el texto: “por la fe”. Por eso sabemos que escogió bien. Pero, según la lógica de ciertos creyentes hoy, debería haberse quedado, pues
    · Podía haber usado su posición para luchar para una vida mejor para los creyentes
    · Podía haber usado sus riquezas e influencia para establecer escuelas y ayudar más al pueblo
    · Podía haber sido para ellos un amigo influyente en lugares altos
    · Podía haber impedido la corrupción y la impiedad en el gobierno egipcio
    · Podía haber comenzado un movimiento popular para limpiar el gobierno

    ¿No necesitaban a un creyente en la política por esas y otras razones? ¿No es cierto que podía haber hecho más bien desde dentro que afuera? Se escucha el mismo argumento hoy. Sin duda, el texto enseña que hay una diferencia claramente marcada entre Egipto (el mundo) y el pueblo de Dios. Hay que escoger uno de los dos, y la elección tiene consecuencias.
    Moisés, por la fe, escogió sufrir con el pueblo de Dios. Creía y confiaba en Dios, no en el gobierno o la política. No tomó apresuradamente su decisión. Seguramente como hombre inteligente y educado, entendía que si no se quedaba en el gobierno, el pueblo del Señor sufriría más, y él también. Sin embargo, rompió con la política y renunció todos los privilegios, la posición social y la comodidad de la nobleza. Voluntariamente pagó el precio de su separación. Escogió sufrir con el pueblo de Dios, en lugar de usar la política para mejorar la calidad de vida o luchar por los derechos.
    Al hacer esto, renunció también a los tesoros de Egipto. Perdió las riquezas que como príncipe tenía a su disposición, y toda su herencia real. Algunos dirían que si se hubiera quedado en el gobierno, podía asegurar el buen uso de los tesoros para hacer bien. Pero, ¿necesitaba Dios los tesoros de Egipto? Obviamente, no, ni tampoco hoy los necesita.
    Al salir, incurrió en la ira de Faraón. Egipto aborrece y mira con desdén a los que desprecian y rechazan su sabiduría, riquezas, religión y política. Pero como Moisés, el creyente hoy debe reconocer que esas cosas solo son la insensatez del hombre. Aunque el mundo y la sabiduría carnal no lo comprendan, es mejor ser pobre y sufrir con el pueblo de Dios.
    Hoy, lamentablemente, hay un creciente número de creyentes que no están de acuerdo con Moisés y lo que hizo por la fe. Insisten que la política es el camino, la verdad y la vida. No aprecian que el Señor ofrece una corona a los que aman Su venida – ¡pues Él es la solución! Ofrece también una corona a los fieles ancianos en las asambleas, pero ninguna hay para los políticos y filántropos. La política es la sabiduría del hombre, no la de Dios, y la solución humana, no divina. No importa cuántos hay de ellos, nunca obligarán a Dios a modificar lo que escribió en Hebreos 11. La fe y la política son campos y caminos opuestos. La elección de Moisés sigue condenando a los que se involucran en la política para “hacer bien”. La decisión de Moisés enseña con elocuencia esta gran verdad: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Moisés escogió bien, ¿y tú?


Carlos Tomás Knott

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿ES LA POLÍTICA APTA PARA CREYENTES?


En Juan 7:4 los hermanos de Jesucristo le dieron un consejo: “ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo”. Es un consejo que todo político debe seguir. Para ganar una elección tiene que darse a conocer. Necesita el voto del pueblo, y para eso debe ser popular. “Manifiéstate al mundo” – esto es – ¡lanza tu campaña publicitaria! Unos carteles con tu foto, unas operaciones fotográficas para la prensa – que te vean visitando las escuelas, los pueblos, los pobres, hablando con la gente, sonriendo, etc. Monta un equipo de apoyo, personas que trabajarán incansablemente para ayudarte a ganar. Y para todo eso consigue grandes donaciones de fondos, no importa que sean incrédulos, pues los arcones tienen que estar llenos para ganar. Es el camino del mundo y de la sabiduría del mundo.

            Pero no es el camino de Dios, ni la sabiduría celestial. El creyente no tiene que ser votado y elegido, pues Dios ya le ha escogido. No para un puesto en el gobierno, sino “para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Ef. 1:4), y para que seamos “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8:29). ¡Por la gracia de Dios ya hemos ganado la única elección que importa!

            Además, el creyente no puede seguir la voluntad de Dios y ganar una elección política, porque el Señor Jesucristo dice claramente:

 “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado” (Jn. 15:18-21).

      

            ¿Eres discípulo de Cristo; fiel seguidor Suyo? Serás aborrecido en el mundo, porque no eres del mundo.  “El mundo os aborrece” dice el Señor. “Acordaos de la palabra que yo os he dicho” – exhorta, pero hoy algunos creyentes no se acuerdan. Creen que van a ser una excepción, o que el Señor no decía esto para hoy sino solo para aquel entonces. Las excusas y los razonamientos son mil, pero al final son culpables de no recordar la palabra del Señor: “El siervo no es mayor que su señor”. ¿Quisieras ser una excepción a esto? El que busca suficiente popularidad para ganarse una posición política intenta hacerse mayor que su señor, y esto simplemente es feo. El mundo aborrecía y perseguía a Cristo (Jn. 15:18, 20), y si somos fieles a Él, nos aborrecerán y perseguirán – así declara el Señor. ¿Quién podría ganar así una elección? Si somos populares y respetables en el mundo, algo falla. No hablo de ser honestos en nuestro trabajo y considerados de los demás, sino de ser fieles a Señor en todo. Esto incluye separarnos del mundo (Sal. 1:1) y lo que ama, hablar y testificar de Cristo, predicar el evangelio, reprender la maldad y advertir a los perdidos. Si hacemos como Pablo enseñó a Timoteo habrá una reacción, ¡aun de algunos cristianos! “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2). Quizás no alzamos la voz como debemos. Quizás hemos aflojado en la separación del mundo, y en la devoción ardiente al Señor. Tal vez nos hemos acomodado en el mundo y empezado a amar al mundo, pese a la exhortación de 1 Juan 2:15-17. La iglesia en Éfeso dejó su primer amor, cayó de su buen estado (Ap. 2:4-5) y el Señor la llamó a arrepentirse. Eso todavía sucede en nuestros tiempos. ¿Algunos de nosotros necesitan arrepentirse?

            ¿Es posible que hayamos olvidado lo que el mundo tuvo para nuestro Señor? ¡Una cruz! A Sus seguidores dice: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33), no “En el mundo ganaréis elecciones y transformaréis países para bien”. Algunos alegan que si entraran en el gobierno podrían hace mucho bien. La respuesta de Cristo es: “ Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15). ¡Este es el bien que Él quiere que hagamos! Sus apóstoles y los primeros cristianos obedecieron y tuvieron mayor impacto que todos nosotros en el mundo de su día. Fueron acusados de trastornar el mundo entero (Hch. 17:6), y ninguno de ellos entró en la política ni los gobiernos. ¿Acaso podemos mejorar el cristianismo apostólico? ¿No sería mejor ser imitadores de esos primeros que marcaron pauta? Los que se enredan en los negocios de la vida no agradan al Señor (2 Ti. 2:4).

            Hermanos, ¡un discípulo fiel del Señor no puede ganar una elección – el voto popular – sino a expensas de la fidelidad a Cristo. En Lucas 6:26 el Señor advierte: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas”. El que desea ganar una elección sabe que es necesario que hablen bien de él. El Señor habló claramente, tal como hizo en Edén, pero como entonces, viene el tentador y comienza a sugerir, razonar e inducirnos a hacer lo opuesto a lo que Dios ha dicho. Su estrategia todavía funciona. ¡Qué poco hemos aprendido!

            Un creyente no puede montar una campaña, tomar donaciones y gastar dinero en publicidad, anunciándose para que le voten. Hacer publicidad de sí viola el camino de los apóstoles. “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor” (2 Co. 4:5). “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Co. 2:2). Hay que evitar elocuencias, excelencia de palabras y sabiduría, y palabras persuasivas de humana sabiduría. Debemos anunciar a Cristo y el evangelio, no a nosotros o nuestras propuestas. Cuando se reuna la gente, debemos hablarles de Cristo y la Palabra de Dios. “Predicad el evangelio”, y “que prediques la Palabra” son mandamientos bíblicos.

            Respecto a las finanzas, considera como salieron los siervos de Dios en tiempos del cristianismo primitivo. ¨Ellos salieron por amor del nombre de Él, sin aceptar nada de los gentiles” (3 Jn. 7). ¡El que presenta en campaña política no puede decir esto de ninguna manera, ni que sale por amor del Nombre de Cristo, ni que rehúsa el dinero de los inconversos! Y si no toma nada de los gentiles, ¡ni mucho menos debe recibir dinero de creyentes! Sus ofrendas deben ser para apoyar a los siervos de Dios, para ayudar a hermanos pobres, para publicar tratados evangelísticos y literatura para edificación cristiana, pero ni un centavo para la política. El que da o gasta dinero en fines políticos se encuentra en la situación del mayordomo infiel, que fue acusado como disipador de los bienes de su amo (Lc. 16:1). Debe prepararse para oír estas palabras del Señor: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo” (Lc. 16:2).

            En el tribunal de Cristo, los que han gastado tiempo, energía y bienes en la política y el gobierno verán que sus obras, aunque aplaudidas por algunos en este mundo, no soportarán la prueba de fuego (1 Co. 3:13). No ha edificado sobre el fundamento de Cristo, sino sobre el fundamento del mundo y la sabiduría humana. Todas sus horas y obras de servicio político serán manifestadas: “madera, heno, hojarasca” (1 Co. 3:12), y “sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo” (1 Co. 3:15). La vida y los recursos que Dios nos da, y los dones espirituales, deben ser todos usados para el reino de Dios y Su justicia (Mt. 6:33). No tenemos permiso para prostituir estas cosas para el mundo.

            Colosenses 3:1-4 nos recuerda que si hemos resucitado con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba (v. 1). “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (v. 2). Hemos muerto y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (v. 3). Solo cuando Cristo se manifieste seremos nosotros manifestados con Él en gloria (v. 4). Hasta entonces, nuestro camino en este mundo es el de renunciar lo que el mundo valora y considera importante, y vivir para la gloria de Dios.

       Puesto que es así, ¿por qué los hermanos de Cristo le aconsejaron a ir a darse a conocer para que Sus seguidores le vieran? ¿Por qué le dijeron: “manifiéstate al mundo”?  Juan 7:5 da la respuesta inspirada: “Porque ni aun sus hermanos creían en él”. Su consejo fue carnal, nacido de la mente inconversa y la sabiduría del mundo. Incluso suena sospechosamente como las cosas que el diablo decía al Señor en el monte de la tentación. ¡Qué vergüenza cuando algunos cristianos toman ese consejo como bueno!


 ¿Quién Te Haces A Ti Mismo?                 

            Más adelante cuando el Señor discutía con los líderes de los judíos en Jerusalén, ellos le preguntaron: “¿Quién te haces a ti mismo?” (Jn. 8:53). Observa cómo Cristo comenzó Su respuesta: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica...” (v. 54). Si esto es verdad respecto a Cristo, también es aplicable a todo ser humano. ¿Qué hace un ser humano glorificándose a sí mismo? ¡Nada, pero muchos lo hacen! Esa gloria nada es. Es vana y despreciable. Esto tiene muchas aplicaciones, pero dado que hablamos de la política, considera cuán vana y mundana es cuando un cristiano intenta glorificarse a sí mismo – busca ser reconocido y ensalzado, alabado, para que le tributen honores o en este caso para que le voten. Como los fariseos en Mateo 6, hacen sus justicias delante de los hombres para ser vistos, y esa es su recompensa (Mt. 6:5).

            Recordad, hermanos, que la gloria del creyente no está en este mundo. En esta vida, llevamos Su vituperio (He. 13:13), y esperamos pacientemente. Cuando Él se manifieste, estaremos a Su lado en gloria. Tenemos “la esperanza de la gloria de Dios” (Ro. 5:2), no aquí sino más allá, no ahora sino más adelante. En 1 Corintios 4 el apóstol usó de la ironía para reprender a los corintios: “...Nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados” (1 Co. 4:10). Lo mismo diría hoy a los que quieren meterse en la política y puestos del gobierno – siendo fuertes y honorables en el mundo. Los apóstoles eran débiles y despreciados y lograron más para Cristo que miles que intentan usar la política y el gobierno. ¡Van por camino equivocado! Hay un hermoso himno de consagración que no pueden cantar sin mentir los que entran en la política:

 

Todo a Cristo yo me rindo, lo que tengo, lo que soy,

Pues le amo, en Él confío; por Su gracia al cielo voy.

Todo lo que tengo, todo lo que soy,

¡Oh, Señor, a Ti me ofrezco, y me rindo hoy!

Todo a Cristo me presento, cual humilde servidor,

Y mi vida Le ofrendo, pues al mundo muerto soy.

 

  A continuación, Pablo declaró a los corintios:

 “Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Co. 4:11-13).

            ¡Quién puede ganar una elección viviendo y procediendo así! El que es “la escoria del mundo, el desecho de todos” fracasará. Observa cuidadosamente a qué quería llegar el apóstol, pues lo declara en el verso 16: “os ruego que me imitéis”. Su deseo inspirado es que los creyentes viviesen con tanta devoción y fidelidad como los apóstoles, aunque tuviesen que sufrir por ello. “Padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando...nos maldicen... padecemos persecución... nos difaman...hemos venido a ser...como la escoria del mundo, el desecho de todos”. Todo esto sufría por separarse del mundo y vivir en sacrificio vivo para anunciar el evangelio a cuántos podía. ¡Y termina diciendo que le imitemos! Imitarle a Pablo sería desastroso para un político, pero él nos llama, nos implora por las misericordias de Dios, que presentemos nuestro cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios (Ro. 12:1). El “sacrificio vivo” es para Dios, no para un partido ni el gobierno. “Santo” significa “puesto aparte para uso especial”. Debe ser “agradable a Dios”, y como Cristo bien dijo: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mt. 6:24). No vas a ser una excepción a ese precepto. Hay que escoger, y esto significa adiós para siempre al mundo en todas sus formas, como Moisés dejó a Egipto (He. 11:27). No, hermanos, por esas y muchísimas otras razones bíblicas la política no es para los creyentes. El Señor dice: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lc. 12:32). Por lo tanto, “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60).

 Carlos Tomás Knott, septiembre 2020

viernes, 28 de junio de 2019

William MacDonald - sobre la política

 
Recopilados de su libro DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE

    “Porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7).

    ¿Alguna vez te has detenido a preguntarte por qué un partido de fútbol es más excitante para la mayoría de la gente que una reunión de oración?  Sin embargo, si comparamos los registros de asistencia, veremos que es así.
    Podríamos preguntar: “¿Por qué es la Presidencia del gobierno más atractiva que el pastoreo de ovejas en una asamblea?” Los padres no dicen a sus hijos: “Come lo del plato y algún día serás pastor”. No, más bien les dicen: “Limpia el plato y algún día serás presidente”.
    ¿Por qué es más atractiva una exitosa carrera de negocios que la vida de un misionero? A menudo los cristianos desalientan a sus hijos para que no vayan al campo misionero, y se contentan viendo como crecen para ser “funcionarios titulados de empresas seculares”.
    ¿Por qué es más absorbente un documental de la televisión que el estudio de la Palabra de Dios? ¡Piensa en las horas que pasas frente al televisor y los pocos momentos apresurados ante tu Biblia abierta!
    ¿Por qué la gente está dispuesta a hacer por dinero lo que no haría por amor a Jesús? Muchos que trabajan incansablemente para una corporación son letárgicos e insensibles cuando les llama el Salvador.
    Finalmente ¿por qué nuestra nación llama mucho más nuestra atención que la Iglesia? La política nacional es multicolor y absorbente. En cambio, la Iglesia  parece andar pesadamente y sin dinámica.
    La causa de todas estas cosas está en que andamos por vista y no por fe. Nuestra visión está distorsionada. No vemos las cosas como realmente son. Valoramos más lo temporal que lo eterno. Valoramos lo terrenal más que lo espiritual. Valoramos la opinión de los hombres por encima de la de Dios.
    Cuando caminamos por fe, todo es distinto. Alcanzamos visión de total agudeza espiritual. Vemos las cosas como Dios las ve. Apreciamos la oración como el privilegio indecible de tener audiencia directa con el Soberano del universo. Vemos que un pastor en una asamblea significa más para Dios que el gobernante de una nación. Vemos, con Spurgeon, que si Dios llama a un hombre para ser misionero: “sería una tragedia verlo descender para ser rey”. Vemos la televisión como el mundo falso de irrealidad, mientras que la Biblia tiene la llave que abre la puerta a una vida llena de realización. Estamos dispuestos a gastar y ser gastados por Jesús de una manera que jamás estaríamos por una indigna corporación impersonal. Y reconocemos que la iglesia local es más importante para Dios y para Su Pueblo que el imperio más grande del mundo.
    ¡Andar por fe marca la diferencia!


    “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Juan 18:36).

    El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme  para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
    La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomada en serio como remedio.
    Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque Él es la respuesta a los problemas de este mundo.
    “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
    Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por  naturaleza   y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en un área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
    El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hch. 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto en vez de hacer que se sientan a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
    Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios consistía en hacer que  creyeran en Aquél que Él ha enviado (ver Jn. 6:28-29). Ésta, pues, debe ser nuestra misión:  llevar a los hombres a la fe, no a las urnas. “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a  aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4).

    Ya que el cristiano ha sido alistado por el Señor, y está en servicio activo para Él, no debe enredarse en los asuntos de la vida diaria. El énfasis está en la palabra enredarse. No puede separarse por completo del negocio en el mundo, pues tiene que trabajar para proveer lo necesario para su familia. Es inevitable que exista una cierta participación en los asuntos de cada día, de otra manera tendría que salir del mundo, como Pablo nos lo recuerda en 1 Corintios 5:10.
    Pero no debe dejarse enredar. Tiene que guardar sus prioridades en el lugar adecuado. En ocasiones, aun las cosas que son buenas en sí mismas pueden llegar a ser enemigas de lo mejor.
    William Kelly dice que: “enredarse en los negocios de la vida significa  convertirse en su socio e implica una renuncia a separarse del mundo”. 
    Me enredo cuando me involucro en la política del mundo como medio para resolver los problemas del hombre. Eso sería como si emplease mi tiempo “arreglando sillas y mesas en el Titánic”.
    Me enredo cuando pongo más énfasis en el servicio social que en el evangelio como un remedio para los males del mundo.
    Me enredo cuando los negocios me dominan de tal manera que dedico mis mejores esfuerzos a hacer dinero. De esta manera, al ganar para vivir, pierdo mi vida.
    Me enredo cuando el reino de Dios y su justicia ya no tienen el primer lugar en mi vida.
    Me enredo cuando me absorben ciertas cosas que son demasiado pequeñas para un hijo de la eternidad, como las deficiencias minerales en el tomate y el berberecho, las costumbres de los antílopes de Wyoming durante el verano, el contenido micro-biótico de las camisetas de algodón, la reacción de los colorantes en las patatas fritas o los movimientos pos-rotacionales del ojo de la paloma. Estos estudios pueden estar bien como un medio para ganar el sustento pero no son dignos de la pasión de toda una vida. “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15).

    El Nuevo Testamento presenta al mundo como un reino que se opone a Dios. Satanás es su gobernante, y los incrédulos son sus súbditos. Este reino atrae a los hombres recurriendo a los deseos de los ojos, los deseos de la carne y la vanagloria de la vida. Ésta es una sociedad en la que los hombres tratan de alcanzar la felicidad sin Dios y el nombre de Cristo les incomoda. El Dr. Gleason L. Archer Jr. dice que el mundo es: “un sistema organizado de rebelión, búsqueda de sí mismo y enemistad hacia Dios que caracteriza a la raza humana en oposición a Dios”.
    El mundo tiene sus propias diversiones, política, arte, música, religión, modelos de pensamiento y estilos de vida. Obliga a todos a que se conformen a él y aborrece a aquellos que se le resisten. Esto explica el odio que respira contra el Señor Jesús.
    Cristo murió para librarnos del mundo. Ahora el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Amar al mundo en cualquiera de sus formas representa una traición al Señor; el apóstol Juan dice que los que aman al mundo son enemigos de Dios.
    Los creyentes no son del mundo, sino enviados a él para testificar contra él, denunciar sus obras y su mal, y para predicar cómo ser salvos de él por medio de la fe en el Señor Jesucristo.
    Los cristianos son llamados a caminar separados del mundo. Puede que en el pasado algunos hayan limitado o definido demasiado estrechamente lo que es el mundo: el baile, los teatros, fumar, beber, jugar a las cartas y apostar. Pero incluye mucho más: la mayoría de lo que sale en la televisión es mundano, y apela sin cesar a los deseos de los ojos y la carne. El orgullo en todas sus formas y disfraces, trátese de los títulos, los grados académicos, el salario, las herencias o la búsqueda de la fama. Es mundano vivir en medio de lujos, sean casas palaciegas, comidas exquisitas, vestidos ostentosos para llamar la atención, joyería o automóviles de marcas de prestigio. Como también lo es una vida rodeada de comodidades y placer, que gastan su tiempo viajando a ningún lugar en cruceros, derroches de dinero en viajes y vacaciones, compras impulsivas, los deportes y el recreo. Nuestras ambiciones y las de nuestros hijos pueden ser mundanas, aun cuando parezcamos espirituales y piadosos. Finalmente, el sexo fuera del matrimonio es una forma de mundanalidad.
    Cuanto más consagrados estemos al Salvador y más dedicados a Su servicio, menor será el tiempo que dispondremos para los enredos, placeres y diversiones de este mundo. C. Stacey Woods decía: “La medida de nuestra devoción a Cristo es la medida de nuestra separación del mundo”.


Sólo extranjeros somos y ni una casa aquí deseamos
Sobre esta tierra que sólo una tumba te dio;
Tu cruz los lazos que nos ataban rompió,
Sólo por ti, tesoro nuestro, suspiramos.
                                  
                    J. G. Deck

jueves, 18 de enero de 2018

Mi Reino No Es De Este Mundo


Escribe William MacDonald
18 enero

"Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían..." (Juan 18:36) 

     El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomada en serio como remedio. Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque Él es la respuesta a los problemas de este mundo. “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación. Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por naturaleza y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en un área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”. El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hch. 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto en vez de hacer que se sientan a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación. Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios consistía en hacer que creyeran en Aquél que Él ha enviado (ver Jn. 6:28-29). Ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas.

de su libro DE DIA EN DIA, Editorial CLIE

miércoles, 14 de diciembre de 2016

William MacDonald comenta sobre el peligro de la política

Capítulo 31 del libro: EL MANDAMIENTO OLVIDADO: SED SANTOS

La Política
¿Debería el cristiano participar en la política? Los que dicen que sí citan invariablemente el conocido adagio: “Todo lo necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Si esto no es convincente, citan a José, a Moisés y a Daniel como ejemplos de creyentes participantes en el sistema político.
    Aunque el adagio suena convincente, deberíamos recordar que es una declaración de sabiduría humana, no de revelación divina. No deberíamos darle la autoridad de las Escrituras. En cuanto a José y a Daniel, nunca buscaron ser elegidos, sino que sirvieron como funcionarios del gobierno. Moisés fue más una molestia para que gobierno que parte del mismo.

La respuesta bíblica
    Si vamos a la Palabra para conseguir una respuesta, ¿qué encontraremos?
    El Señor Jesús no se dedicó a la política. Más bien, se encontró enfrentado al sistema. Los discípulos no participaron en política. ¿Acaso se perdieron la mejor porción de Dios al concentrarse en el evangelio?
    El apóstol Pablo no se dedicó a la política. La fidelidad a su llamamiento y a su mensaje lo enfrentaron contra la sociedad farisea.
    Jesús enseñó que su reino no es de este mundo (Jn. 18:36). Y dijo a sus incrédulos hermanos: “no puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn. 7:7).
    El apóstol Juan nos recuerda que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). La política forma parte del sistema del mundo.
    Debemos separarnos del mundo para poder influir sobre él (2 Co. 6:17). Arquímedes dijo que podría mover el mundo si encontraba un punto de apoyo fuera del mismo. Debemos posicionarnos fuera del sistema del mundo si queremos moverlo para Dios.
    Pablo insistía en que “ninguna que milita se enreda en los negocios de la vida” (2 Ti. 2:4). Todos los creyentes están (o deberían estar) en servicio activo. No deberían dejarse distraer.
    La política es algo corrompido. Es un sistema de compromisos. Las decisiones se toman generalmente sobre la base de lo que es conveniente, no sobre la base de lo que es correcto. Se adhiere a principios humanos, no a los principios divinos. El difunto senador por Michigan, Vandenberg, dijo: “La política es corrupta por su misma naturaleza. La iglesia no debería olvidar su verdadera función tratando de participar en un aspecto de los asuntos humanos donde tendrá que ser una pobre competidora. Perderá su pureza de propósitos si participa”.

El proyecto plátano
    La solución de Dios a los problemas del mundo no es política, sino espiritual. Su respuesta es el nuevo nacimiento, no la elección de nuevos representantes. La política no es nada más que un vendaje para un cáncer. Nuestra consigna es: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú vé, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). La historia de la cáscara de plátano pone las cosas en su perspectiva adecuada.
    Había un hombre con un puesto muy importante en la actividad editorial y tenía la responsabilidad de la publicación y distribución de miles de obras. Un día se dirigía a trabajar, y al pasar por una esquina del centro de la ciudad vio una cáscara de plátano en la acera. Sabiendo que era un peligro potencial, la tiró de una patada a la alcantarilla, donde nadie podría resbalar a causa de ella. Pero comenzó a pensar en todas las cáscaras de plátano que podría haber en las acercas de esta gran ciudad. Supongamos que hubiera una que nadie hubiese echado a la alcantarilla y que alguien la pisara. Quizá debería tomarse el tiempo de buscar por las calles de la cuidad para encontrar las peligrosas cáscaras de plátano. Si no fuera así, alguien podría romperse algún hueso. De esta manera, se podría ahorrar a muchos una estancia en el hospital. Pero ¡espera un minuto! Él tenía sus propias responsabilidades. Era un factor importante en el mundo editorial. Su responsabilidad era mantener las imprentas en marcha y enviar sus contenidos hasta lo último de la tierra. De mala gana, abandonó el proyecto plátano por el más esencial. Que los barrenderos se ocupasen de las cáscaras de plátano. Esto era tarea de ellos.
    Hagamos ahora una aplicación. Un cristiano tiene la mayor responsabilidad en el mundo, esto es, publicar las buenas nuevas del Señor Jesucristo. Ésta es una importante tarea para el cristiano. Si no la hace él, nunca la harán los demás. Por eso dijo Jesús: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Muchas personas están participando en la política... pero Dios nos ha encargado la bendita tarea de proclamar el mensaje del evangelio a los hombres y mujeres de este mundo de muerte. Otros proyectos pueden ser válidos, pero si dejamos el nuestro, nadie tomará nuestro puesto.
    El propósito de Dios en esta edad no es hacer del mundo un lugar mejor donde vivir, sino llamar de entre las naciones a un pueblo para su nombre (Hch. 15:14). Deberíamos estar obrando para Él en el cumplimiento de este objetivo. Jowett lo dijo bien: “Somos colaboradores con Dios en la rendición del mundo. Ésta es nuestra misión... ungir en el Nombre del Señor a los hombres a una vida de realeza, a la soberanía sobre el yo, al servicio para el reino”. Y pasa luego a lamentar la tragedia de los cristianos que dejan de apreciar su alta vocación, que abrazan lo inferior, que se arrastran en lugar de volar, que son esclavos en lugar de reyes.
    La ciudadanía primordial del cristiano es celestial (Fil. 3:20). Es peregrino y extranjero en este mundo (1 P. 2:11). Aunque tiene la responsabilidad de obedecer al gobierno y derecho a usar sus procedimientos judiciales, no está obligado a formar parte del sistema.
    Si participo en la política, estoy dando un voto de confianza a su capacidad de resolver los problemas del mundo. No tengo razón alguna para tal confianza después de siglos de fracaso político.
    El tenor general del Nuevo Testamento es que las condiciones no van a mejorar (1 Ti. 4:1-3; 2 Ti. 3:1-5). Esto hace tanto más urgente la responsabilidad del cristiano respecto a la Gran Comisión.
    ¿Significa esto que los creyentes deben adoptar una actitud pasiva? ¡No! Lo que significa es que podemos hacer más con la oración que lo que podamos jamás hacer mediante la votación. Nosotros mantenemos el equilibrio del poder mediante la oración. Podemos afectar el destino de las naciones mediante la oración. “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destrucción de fortalezas
(2 Co. 10:4).
    No ha llegado el momento para que los cristianos reinen (1 Co. 4:8). Nuestra vida es un tiempo de instrucción para cuando nos toque reinar. William Kelly dijo:

    Nunca se han mezclado los cristianos en el gobierno del mundo excepto para deshonra del Señor y para la propia vergüenza de ellos. Ahora son llamados a padecer con Cristo; en el futuro reinarán con Él. Ni Él ha asumido aún su gran poder para reinar. Él está sentado en el trono de su Padre, como el Cristo rechazado por el mundo, esperando la palabra de su Padre para ejecutar el juicio y sentarse en su propio trono (Ap. 3:21).

    Precisamente mientras escribo esto, he recibido un recorte de prensa que apoya la postura de Kelly. Dice:

    Van Dyke, un cristiano nacido de nuevo, fue un personaje polémico. Su carrera política quedó marcada por el escándalo. Fue casi expulsado de la Legislatura en 1984 por emlear una literatura fraudulenta en su campaña. La Comisión de Información Pública le multó en 500 dólares, y la Legislatura exigió que presentase disculpas.

    Vale la pena ponderar la declaración de Kelly: “Nunca se han mezclado los cristianos en el gobierno del mundo excepto para deshonra del Señor y para la propia vergüenza de ellos”.