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miércoles, 23 de junio de 2021

¿Robamos a Dios?

 por W. E. Vine

Los Diezmos

    Se podría preguntar: “¿No había un mandato divino para los israelitas? ¿No se les enseñaba a dar el diezmo?” En primer lugar, los israelitas pagaban mucho más que un diezmo. Además de los tres diezmos mencionados específicamente – dados a los levitas (Lv. 27:30; Nm. 18:21-24; Dt. 14:22-27), había un diezmo adicional al final de cada tres años, para los extranjeros, los huérfanos y las viudas (vv. 28-29). Algunos mantienen que no había conexión entre los tres diezmos mencionados, y el Talmud apoya esto. Pero a esos diezmos hay que agregar las otras ofrendas – la ofrenda por el pecado, el holocausto y las primicias. Por ejemplo, Malaquías 3:8 menciona “diezmos y ofrendas”. Se ha calculado que el total de las ofrendas de un israelita equivaldría a la sexta parte de sus ingresos, y uno escritor estima que era la cuarta parte. Si tal era el caso de los que estaban bajo obligación moral, ¿cuál sería la respuesta de los que están bajo el poder del amor expresado en el Calvario? ¡Este amor todavía arde en el corazón de Aquel que se dio allí, y es comunicado por el Espíritu de Dios que mora en nosotros!
    De nuevo, si la ofrenda del creyente fuera simplemente un asunto de diezmar, los que tienen mayores ingresos darían proporcionadamente mucho menos que los que tienen pocos ingresos. Los ricos, de su abundancia, darían de modo que no habría mucho sacrificio. Pero con los pobres, el peligro sería que la norma apagaría el motivo inspirador.
    Además, si los israelitas pagaron diezmos, esa cantidad bien podría considerarse el mínimo de nuestras ofrendas. Del corazón dispuesto habrá una respuesta adicional según la habilidad que Dios da. Cualquiera que fuera nuestra proporción fija como “primicias”, ésa aumentará con el aumento de habilidad y posibilidad.

Robar a Dios

    Muy solemne es el último libro del Antiguo Testamento, escrito aproximadamente mil años después de la entrega de la Ley. El pueblo de Israel, en lugar de tener un espíritu arrepentido que reconocía sus propios pecados como causa de todos sus males, reprochaba a Dios y culpaba a Sus profetas. Además de otros pecados del pueblo que violaba la Ley, no pagaban los diezmos. La amonestación conmovedora del capítulo 3 indica cuán grave a Dios era esa ofensa. En respuesta a Su mandato y promesa de gracia: “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos” (v. 7), preguntaron: “¿En qué hemos de volvernos?” A eso el Señor respondió: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador...” (3:8-11). ¡Qué actitud de gracia! Todo ese tiempo Dios esperaba derramar bendición copiosa sobre ellos. Pero su egoísmo impedía su propia prosperidad. En su mezquindad ellos actuaban en contra de sus propios intereses. Si dieran a Dios Su parte, si trajeran los diezmos y también las ofrendas, hallarían que lo que les quedaba sería más que suficiente para sus necesidades.

Las Ventanas del Cielo

    ¡La apertura de las ventanas del cielo es una metáfora muy significativa! ¿No se habían abierto esas ventanas en juicio cuando las aguas prevalecieron “en gran manera” sobre la tierra? (Gn. 7:18). El lenguaje que antes describió un acto de juicio es ahora empleado para comunicar una promesa de bendición. “Probadme ahora en esto” (v. 10). El mandato apela a la fe, y todavía hoy es válido. ¿A Dios no le tomaremos la Palabra? Si decimos que hoy no estamos bajo la ley, sino que el Espíritu Santo nos guía, esto parece una excusa para hacer menos que hicieron bajo la ley. Equivale a ignorar las palabras del Señor Jesús: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mt. 5:24). El Señor dio dieciocho parábolas, y no menos que dieciséis de ellas mencionan el uso del dinero. Recordemos Su comentario al final de una de ellas: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?” (Lc. 16:11-12).

extracto del capítulo 17 del libro La Iglesia y Las Iglesias, por W. E. Vine, disponible próximamente de Libros Berea.

miércoles, 2 de junio de 2021

¿Ofrendamos Como Dios?

 

por W. E. Vine


    Los primeros versos de la epístola de Santiago contienen una descripción de Dios como el Dador. La traducción literal de la frase: “Dios, el cual da...” (v. 5), es “el Dios que da” – “Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche”. “El Dios que da” es casi un título. ¡Cuán abundantemente las Escrituras lo ilustran! “Ha dado a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16). “¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Sus dádivas son la expresión de Su amor – “De tal manera amó Dios...que ha dado”. Dios da “abundantemente” (Stg. 1:5), “gratuitamente” (Ro. 8:32. RVA) y “en abundancia” (1 Ti. 6:17).

La Similitud del Padre

    Una de las principales lecciones en la enseñanza del Sermón del Monte es que nuestro carácter será conformado al Padre celestial cuando obedecemos y conformemos nuestra conducta a los preceptos del Señor. Es el sentido de la frase: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:45). No meramente niños, sino “hijos”. Esto quiere decir los que no solo son nacidos de Dios, sino además comparten Su carácter y le representan de manera digna, llevando la semejanza del Padre divino. Su gracia es tal que Él es “el Dios que da”, y lo hace abundantemente, el mismo espíritu de liberalidad debe caracterizarnos. Cuando Cristo se sentó frente al arca de la ofrenda y observó “cómo el pueblo echaba dinero en el arca” (Mr. 12:41), realmente deseaba ver ofrendas que corresponden al modo divino de dar. La viuda pobre echó todo lo que tenía. ¿No era eso como el Don del Padre cuando dio a Su Hijo? La ofrenda es una prueba de nuestro carácter.

Los Motivos

    El del mundo estima las cosas pensando en cuánto recibe. Cristo las mida por cuanto uno da. El mundo considera la cantidad dada. Los hombres piensan así, pero Cristo considera el motivo. Con el mundo la gran pregunta es: “¿Cuánto tiene uno?” Pero el Señor observa cómo cada uno usa lo que tiene. ¡Cuanto sugiere el comentario del Señor acerca de la ofrenda de la viuda! “En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lc. 21:3-4). En el caso de los ricos, hubo poco sacrificio. Estaban tan cómodos después de ofrendar como lo estaban antes. Pero a ella no le quedó nada. La ofrenda de ellos era asunto de religión, pero la de ella era asunto de amor y devoción a Dios.* A fin de cuentas, el gran criterio no era cuánto dio, sino cuánto tenía después de ofrendar. ¡Cuánta diferencia entre el saldo de ellos y la nada de ella!
    ¡Amor y devoción a Dios! Estas cosas imparten verdadero valor a la ofrenda. Quizás esto explica por qué no hay mandamiento acerca de la cantidad que debemos ofrendar. Sería fácil obedecer un mandato que estipula la cantidad o proporción debida, pero ¿qué ejercicio de corazón hay en esto? ¿Cuál sería el motivo? La lealtad sería sustituida por religión mecánica. El amor sería reemplazado con el formalismo. Tanto individuos como iglesias perderían el sentido del alto motivo que debe inspirar la ofrenda como respuesta amante al amor del Gran Dador.
 
* La ofrenda de la viuda también manifestó fe. Confiaba en Dios para su futuro inmediato. Los ricos no tenían por qué hacer esto, porque tenían guardado más que suficiente para vivir, pues “echaron...de lo que les sobra” dijo el Señor. Las ofrendas de los ricos pueden facilmente impresionar a los hombres, porque no ven lo que todavía les queda.

W. E. Vine, del capítulo 17 de su libro: La Iglesia y Las Iglesias, próximamente disponible de Libros Berea

miércoles, 23 de diciembre de 2020

"Más Bienaventurado Es Dar Que Recibir..."

 


 DIOS EL DADOR GENEROSO

por Donald Norbie

     El Dios que adoramos formará nuestro carácter. Los que adoran a los ídolos vendrán a ser como ellos, degradados en su vida moral (Ro.1). Y los que adoran al Dios santo vendrán a ser más como Él, un pueblo santo.
    ¿Cómo es nuestro Dios? Es un Dios de amor, generoso y dadivoso. Toda vida procede de Él, el sabio Creador. Cuando Pablo predicó en Atenas, proclamó: “él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25). Toda la creación refleja la gloria de Su diseño y Su generosidad.
    Pero Él también es la fuente de toda vida espiritual. Al pecador se le describe como muerto espiritualmente, separado de Dios y quebrantado por el pecado. A los que reciben a Cristo como Señor y Salvador, Él les da vida espiritual vibrante (Ef. 2:5). Dios comienza a obrar poderosamente en su interior (Fil. 2:13). Se cumple fielmente la promesa de Cristo, de dar vida abundante (Jn. 10:10).
    Todas nuestras habilidades naturales y espirituales provienen de Dios. Pablo pregunta: “¿o qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7). Sea intelecto, talento musical, habilidad mecánica, todo proviene de Dios. Los recursos ricos de la personalidad humana fluyen del Creador, y esto debería humillarnos.
    Las “cosas”, las posesiones materiales de esta vida, vienen de Dios. Pablo quiere que se le recuerde al rico que es “el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Ti. 6:17). Ten cuidado con el orgullo en lo referente a tus posesiones. Es Dios quien te las da.
    El Señor Jesús vivía una vida de entrega y servicio a los demás. Era una vida hermosa de auto negación, coronada con el sacrificio de sí mismo en la cruz (Mr. 10:45). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se unieron en aquel don asombroso, el don inefable (2 Co. 9:15).
    Nuestro Dios es un dador, y los que le adoran vendrán a ser un pueblo dador.

Los Creyentes Como Dadores

    Cuando uno recibe al Señor Jesucristo, también recibe al Espíritu Santo en su vida. Su cuerpo viene a ser templo de Dios para radiar la gloria divina (1 Co.6:20). El Espíritu de Cristo que mora en él (Ro. 8:9) se caracteriza también por el acto de dar. La misma vida que marcaba a Cristo en este mundo está vista ahora en Su Cuerpo, la Iglesia.
    Aquellos cuyas vidas fueron tocadas por Cristo fueron marcados por el hecho de ser dadores exuberantes. Zaqueo recibió a Cristo (Lc. 19:8) y proclamó excitado: “La mitad de mis bienes doy a los pobres”.
    En el día de Pentecostés una gran multitud creyó y fue bautizada. Cuando se reunían rebosaba el amor. “Y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hch. 2:45). No es extraño que una sensación de asombro sobrecogió a los que observaban (Hch. 2:43).
    En los días del Antiguo Testamento a los israelitas se les instruía a dar el diez por ciento de todo lo que adquirían (Lv. 27:30). Esto fue una forma de reconocer que todo realmente pertenece a Dios. Cuando no lo daban, era una señal de malestar espiritual y fue reprendido fuertemente por los profetas. “¿Robará el hombre a Dios?” fue el clamor de Malaquías (Mal. 3:8).
    Cuando el Señor estuvo en este mundo, Él habló bien del diezmo, aunque si se trataba de algo divorciado de la práctica de la piedad, lo reprendía (Mt. 23:23). El ofrendar no debe ser una forma de cubrir el pecado. No podemos comprarle a Dios. Y el Señor Jesús alabó la forma sacrificada con que ofrendó la viuda (Lc. 21:1-4).
    Las iglesias primitivas fueron marcadas por ofrendas generosas, y se les exhortaba a tales ofrendas: “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7). Las ofrendas debían realizarse en secreto, esto es, sin manifestación abierta, para que no surgieran motivos incorrectos en el corazón (Mt. 6:3-4). La ofrenda debe ser algo planificado, regular y proporcional (1 Co. 16:2).
    ¿Cuánto debemos ofrendar? A. P. Gibbs acostumbraba a decir: “Si bajo la Ley se daba el diez por ciento, sería una desgracia dar menos que esto bajo la gracia!” Muchos encontrarán que el diez por ciento es un buen punto para empezar con las ofrendas. Pero si uno siente que no puede ofrendar el diez por ciento con gozo, ¡entonces debe decidir cuánto menos y pedir a Dios que aumente su fe! Debemos apartarlo para Dios cuando recibimos la nómina, en este día, aunque sea para distribuir más tarde. De este modo sabemos que estamos dando a Dios las primicias y no las sobras.
    ¿Cómo deben las iglesias y los creyentes distribuir estos fondos? Hay necesidades en la asamblea local que deben tener prioridad. También hay creyentes necesitados en nuestra localidad y en otros lugares que deben ser ayudados (Hch. 2:45; 11:29-30; 1 TI. 5:3-10). En aquellos primeros días de la iglesia hablaban del hambre y oraban por esa situación.
    Las iglesias y los individuos también daban a los obreros. Lidia abrió su hogar a Pablo y sus compañeros (Hch. 16:15). La hospitalidad es una forma cara de ofrendar; uno tiene que darse. Los cristianos en Filipos enviaban frecuentemente fondos a Pablo. Tales ofrendas nacieron de la oración y profunda preocupación. No era un ejercicio seco o rutinario de llevar la contabilidad.
    Aquellas iglesias primitivas nunca prometieron apoyo económico, ¿cómo podían ellas saber el futuro? No se contrataba a ningún obrero, ni nadie recibía salario. Tal pensamiento hubiera sido repugnante. Ellos eran los siervos del señor. Pero había oración, preocupación y ofrendas regulares de las iglesias. Esta era la obra de Dios.
    
El Obrero

    Hoy a menudo decimos “vive por fe” acerca de uno que deja un empleo regular para lanzarse a una esfera más amplia de servicio. Admitimos que todos los creyentes deben vivir por fe, en su trabajo, vida familiar y relación cotidiana con Dios. Sin fe nadie puede agradar a Dios (He. 11:6). No obstante, es verdad que es una prueba adicional de nuestra fe cuando uno deja la seguridad de una paga o nómina regular. Los que menosprecian esto deberían probarlo primero.
    El que sale así para servir al Señor debe tener un claro sentido del llamado de Dios. Pablo reconoció que había sido apartado desde el vientre de su madre (Gá. 1:15). En esto él compartía la convicción ardiente de los profetas del Antiguo Testamento (Jer. 1:5). Él no escogió su ministerio, sino que fue ordenado por Dios. Se deleitaba en llamarse el siervo de Dios, el esclavo de Dios.
    El dinero crea control. No se podía alquilar ni contratar a ningún profeta de Dios; era un portavoz de Dios. Por lo tanto, así los profetas del Antiguo Testamento como los del Nuevo Testamento expresaron desdén hacia el dinero. Que les apoyaran los que tenían confianza en ellos. No eran hombres solicitando un trabajo o apoyo económico. Para estar libre del control de los hombres, se debe estar libre del dinero del hombre. Pablo dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hch. 20:33).
    Su apoyo era diversificado. Ayudaban en varias asambleas y a veces viajaban (2 Co. 11:26). Porque su apoyo no venía de una sola fuente, podían viajar cuando era necesario, ayudar a asambleas débiles, y comenzar iglesias nuevas. Pablo habló de cómo ofrendas de otras iglesias hicieron posible que él ayudara en Corinto (2 Co. 11:8).
    Esto no quiere decir que sea un camino fácil. A veces uno puede sentirse como el que va en una tabla de surfing al pie de una ola de 10 metros de altura. Le obliga a orar, a examinar sus motivos, y a clamar a Dios. Rehusará enviar cartas de oración que publican sus necesidades, o como algunos hacen hoy en día, pedir descaradamente. Está en juego el honor de Dios, y él llamará humildemente a Dios para que honre la fe de Su siervo (un amo está obligado a cuidar de sus siervos). A Dios le gusta que le recordemos Su honor. Moisés hizo esto repetidas veces (Éx. 32:11-13).
    Si un siervo de Dios tiene que trabajar con sus manos, esto no es vergonzoso (Hch. 20:34-35). Puede probar la sinceridad del obrero y su devoción a Dios y Su obra. Pablo rehusó salir de Éfeso buscando pastos más verdes cuando no había fondos. No era parte de un clero profesional que buscaba una iglesia más grande que pagaría más salario. Su corazón era él de un verdadero pastor, trabajando desinteresadamente para el bien de las ovejas.
    En un mundo de tecnología magnífica, es fácil desviarse del camino de fe. Los hombres pueden edificar vastos imperios religiosos, con listas de mailings informatizadas y publicidad en los medios de comunicación. Ellos realmente no necesitan a Dios para traer fondos, y Dios no tiene control de sus operaciones. Su maquinaría masiva rueda adelante, produciendo su propio combustible.
    En la vida de fe todos están involucrados, tanto los que ofrendan como los que reciben. Esto produce fruto espiritual y crecimiento de carácter (Fil. 4:17). Y también deja que Dios controle Su obra. Si los fondos no llegan para un proyecto, Su siervo puede descansar en paz. Que sea hecha la voluntad de Dios. Ofrendas espirituales resultan en obras espirituales. Sé discriminador en tus ofrendas, y apoya las obras que funcionan conforme a las Escrituras. Que tengamos más fe para la obra de Dios.
                       

viernes, 28 de abril de 2017

LA OFRENDA COMO SACRIFICIO

 
POR QUÉ DEBEMOS OFRENDAR SACRIFICADAMENTE  AL SEÑOR 
Y A SU OBRA

Porque Él se dio sacrificialmente por nosotros al venir a morir por nuestros pecados y nos hizo ricos espiritualmente (2 Co. 8:9).

Porque Él nos ofrece la oportunidad de hacer tesoros en el Banco del Cielo (Lc. 16:9; Mt. 6:20).

Porque donde está nuestro tesoro, allí estará centrado el interés de nuestro corazón (Lc. 12:33-34).

Porque todo lo que tenemos pertenece a Dios (1 Cr. 29:14), debemos dejar que Él lo use libremente.

Porque Él dice que retener los diezmos (10%) y las ofrendas es “robar a Dios” (Mal. 3:8).

Porque en la medida que demos, Dios nos dará (Lc. 6:38; 2 Co. 9:6).

Porque el dar generosamente a Dios conduce a bendición, y el no dar lleva a pérdida (Pr. 11:24-25).

Porque Jesús dijo que es más bienaventurado dar que recibir (Hch. 20:35).

Porque después de que hayamos dado liberalmente, el Señor promete suplir todas nuestras necesidades (Fil. 4:18-19).

Porque el Señor nos ha mandado dar regularmente, sistemáticamente y proporcionalmente (por porcentaje) (1 Co. 16:2). La forma de dar es a través de la iglesia local.

Porque Dios ama al dador alegre (2 Co. 9:7).

Porque es mejor amar y dar a Dios que amar y atesorar dinero (Mt. 6:24).

Porque dar es un acto de adoración a Dios (Mt. 26:7-11).

Porque el Señor resaltó y mandó el dar de una manera sacrificial (Lc. 21: 1-4).
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Recordemos que Dios mira lo que nos queda después de ofrendar, no sólo lo que ponemos en la ofrenda. "Muchos ricos echaron mucho" pero sus ofrendas eran cómodas, porque dieron lo que les sobró y lo que no necesitaban para vivir cómodamente. Sus ofrendas no eran sacrificios. Podían haber dado mucho más. Impresionaron a todos menos al Señor, porque Él ve todo, lo que ofrendamos, lo que guardamos, y lo que gastamos en otras cosas (véase Hch. 5:1-5).
 
autor desconocido

miércoles, 15 de junio de 2016

DIOS APRUEBA LA GENEROSIDAD


     Los estudiantes de la raza humana han concluido que por regla general el ser humano es egoísta y mezquino. Dios nuestro Creador es generoso y quiere que seamos similares a Él. Lea de la antigua ley de Moisés al respecto.
      “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”. 2 Corintios 9:7.
     Por donde se mire en la creación, es obvio que Dios es un Creador generoso. En la compañía de consiervos, nos paramos en el campo fuera de Combarbalá, Chile, pueblo ubicado en la precordillera de Los Andes. Nos internamos en un predio para ver mejor las magníficas montañas y descubrimos un enorme valle sin evidencia de residentes. Como una alfombra tupida, flores de color amarillo cubrían todo el terreno hasta donde llegaba nuestra vista. Pensé que la creación está recreando la vista de su Creador con sus coloridos rostros mirando hacia arriba. Pocas personas veían la bella escena que fue otra evidencia de la generosidad de Dios.
     Dios espera que los suyos también sean generosos. No espera que le ofrendemos una cantidad fija cada semana sino una suma que guarde relación a lo que hemos recibido. Pablo instruyó a los Corintios: “cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado…” 1 Corintios 16:2. El texto de cabecera forma parte de la enseñanza que Pablo entregó a la iglesia en Corinto. En el mismo pasaje usó un conocido principio de la agricultura, “el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” v. 6. Cuando una persona confía en Cristo para ser salva, recibe la salvación completa. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que NOS BENDIJO CON TODA BENDICIÓN ESPIRITUAL en los lugares celestiales en Cristo” Efesios 1:3.
     Los israelitas antaño recibieron instrucciones sobre el trato a sus hermanos que por cancelar una deuda debían servir como esclavos. Al término de seis años, debieron ser librados, pero los amos tenían que ser generosos como un reflejo de su Dios. “Cuando lo despidieres libre, no le enviarás con las manos vacías. Le abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era y de tu lagar; le darás de aquello en que Jehová te hubiere bendecido” Deuteronomio 15:13-14. El amo que por circunstancias de la vida había sido favorecido con el servicio de un esclavo por seis años no debía pensar en solamente el provecho suyo. La palabra “abastecerás” es la traducción de una palabra que significa “poner un collar como adorno” al individuo. Es posible que algunos amos hubieran hallado la ley muy exigente pues requería al amo a ayudar al esclavo al comenzar su nueva vida de libre. Dios anticipó eso y quería que ellos fueran generosos como Él. Dijo: “No te parezca duro cuando le enviares libre, pues por la mitad del costo de un jornalero te sirvió seis años; y Jehová tu Dios te bendecirá en todo cuanto hicieres” Deuteronomio 15:18. Ser generoso es reflejar el carácter de Dios. Recuerde: “De tal manera amó Dios al mundo, que DIO a su Hijo unigénito” Juan 3:16.
  –daj
artículo expuesto en la web: Palabras De Vida (Chile)
http://www.pdvida.com/2016/06/dios-aprueba-la-generosidad-2/

lunes, 13 de julio de 2009

Pecar En Las Cosas Santas (Robar a Dios)

Levítico 5:15-16 dice así: “Cuando alguna persona cometiere falta, y pecare por yerro en las cosas santas de Jehová, traerá por su culpa a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación en siclos de plata del siclo del santuario, en ofrenda por el pecado. Y pagará lo que hubiere defraudado de las cosas santas, y añadirá a ello la quinta parte, y lo dará al sacerdote; y el sacerdote hará expiación por él con el carnero del sacrificio por el pecado, y será perdonado”. Se trata de uno de los pecados por yerro o ignorancia. Observad que comienza diciendo: “cuando una persona cometiera falta, y pecare por yerro”. La ignorancia no exime de culpa, porque la medida del pecado no es nuestra conciencia sino Dios. Aunque hecho por ignorancia o equivocación, es cometer falta, es pecar, y es defraudar a Dios. Cuando Dios se ha tomado la molestia de revelar Su voluntad en un libro, la Biblia, tenemos la responsabilidad solemne de conocer todo lo que Dios ha dicho y de guardarlo y agradarle. Si bien un israelita que no tenía copia personal de la ley más fácilmente podía haber olvidado o descuidado algo, ¿qué excusa podemos ofrecer nosotros los que tenemos nuestros ejemplares personales de la Biblia para consultar a cualquier hora? Si ignoramos la Palabra de Dios somos más culpables que los de Israel. Pero, ¿cuánto tiempo diariamente pasamos leyendo, estudiando y meditando la Palabra de Dios? Ciertamente el descuido de ella es una falta, y nuestra ignorancia no tiene excusa. El Salmo 1 nos invita a la bienaventuranza de los que meditan en la ley de Dios día y noche y tienen su delicia en ella.
Ahora bien, en Levítico 5:15, esta frase: “las cosas santas de Jehová”, se refiere a todo lo que debiera ser dedicado al Señor y entregado a Él. Por ejemplo, en Levítico 22:14-15 leemos el caso del que “por yerro comiere cosa sagrada”. Levítico 27:28-34 dice que las cosas consagradas a Dios no deben ser vendidas: “todo lo consagrado será cosa santísima para Jehová” (v. 28). El versículo 32 declara que todo diezmo es cosa consagrada a Jehová. El último ejemplo en el Antiguo Testamento de este pecado está en Malaquías 3:8-10 cuando el Señor reprende al pueblo por robarle en sus diezmos y ofrendas (v. 8), lo maldice (v. 9) y manda (v. 10) “traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa”.
Al hablar de cosas santas o cosas consagradas a Jehová, en primer lugar, no se trata aquí de ofrendas voluntarias, sino cosas debidas, como una deuda, la parte que pertenece a Dios. Luego si uno quería ofrendar, su ofrenda venía de lo que le había quedado después de diezmar y dar las primicias. Según Tatford en su comentario sobre Malaquías, los diezmos eran comprendidos de la siguiente manera:

1. El diezmo del campo y las primicias de los rebaños cada año.
Dt. 14:22-23 “el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados”
2. Las porciones de Jehová (y de los levitas) en los sacrificios.
Lv. 6:16; 7:14; 32-34, Dt. 18:3-4
3. El diezmo de la tierra y de los ganados, después de las primicias.
Lv. 27:30-32
4. Los levitas pagaron el diezmo en ofrenda mecida delante de Jehová.
Nm. 18:26-28
5. Cada tres años debieron sacar el diezmo de todos sus productos de este año, y guardarlo en sus ciudades para el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que moraban en Israel.
Dt. 14:28-29

* Algunos consideran Dt. 12:17-19 como otro diezmo distinto, pero probablemente es una repetición de otras instrucciones.
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En Números 18:8-24 leemos que Dios dio el diezmo a los levitas para sostenerlos. Ellos como siervos de Dios no tenían heredad en Israel como el resto de las tribus. Se dedicaron al servicio de Dios en el tabernáculo y el templo, y enseñaron la ley de Dios al pueblo. Dios instituyó el sistema de diezmos, primicias y ofrendas de manera que proveyera para ellos. En pocas palabras, funcionó así: cuando el pueblo traía todos los diezmos y las primicias a Dios, había alimento en su casa. Además, los sacerdotes y levitas comían parte de las ofrendas voluntarias: las oblaciones (de pan) y las ofrendas de paz. Pero si el pueblo no cumplía lo que Dios mandó respecto a diezmos y ofrendas, no honraba a Dios ni había alimentos para sostener a Sus ministros los sacerdotes y levitas. Así que, Dios mandó repetidas veces que Israel tuviera cuidado de no desamparar a los levitas (Dt. 12:19; 14:27). En cierto sentido los diezmos y ofrendas eran indicio de la salud espiritual del pueblo. Cuando el pueblo estaba espiritualmente sensible y ejercitado en la piedad, presentaba diezmos y ofrendas a Dios, y cuando el pueblo estaba espiritualmente desviado, frío o rebelde, menguaban los diezmos y ofrendas.
Siglos después, bajo Nehemías, cuando reedificaron la ciudad, hubo avivamiento espiritual y prometieron traer los diezmos (Neh. 10:35-39), pero cuando Nehemías volvió a visitarles descubrió que habían desamparado a los levitas y la casa del Señor (Neh. 13:5, 10-12). En la cámara para almacenar los diezmos, había entrado Tobías su enemigo para vivir, y los levitas habían huido cada uno a su heredad (Neh. 13:6-14). Él reprendió a los oficiales, echó fuera los enseres de Tobías, mandó limpiar la cámara, recogió a los levitas, y Judá trajo nuevamente los diezmos. Así quedó rectificado el error de abandonar la casa de Dios. Pero vemos que los judíos volvieron a cometer este pecado de abandonar la casa y la obra del Señor, porque corriendo el tiempo, vino Malaquías, enviado por Jehová, y acusó a Israel de robar a Dios en diezmos y ofrendas. En Malaquías 3:10 la exhortación fue: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa”.
Tatford comenta así acerca del pecado en las cosas santas, que no es otra cosa que robar a Dios:
“Una condenación similar podría ser pronunciada sobre el pueblo de Dios en nuestros tiempos. Con respecto a las posesiones materiales, Dios está siendo defraudado. Ya no hay ejercicio de corazón acerca de diezmar de lo que uno gana, sino una presunción de que los requisitos de la ley han sido anulados y ya no se aplican – ¡como si ofrendar a Dios bajo la gracia pudiera ser menos que lo que fue bajo la ley! Además, en cuanto a lo de ofrendarle nuestro tiempo, talentos, habilidades y servicio, ¡cuán pocos podrían demostrar que no son culpables! La palabra divina sigue igual: “Me habéis robado”.”1

Aunque se por yerro o ignorancia, es una falta, un pecado y un fraude cuando no honremos a Dios con lo primero y lo mejor, cuando nuestra ofrenda es insuficiente para cubrir siquiera las necesidades básicas del servicio de “su casa” (la iglesia – 1 Ti. 3:15). Hermanos, Dios no puede bendecir a Su pueblo cuando el pueblo le desprecia y le deshonra con sus actitudes y con lo material. El profeta Hageo denunció a los que edificaron sus casas y descuidaron la casa del Señor. Podríamos decir que pecaron en las cosas santas. Proverbios 3:9 dice: “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos”. Aunque no vivimos bajo la ley ni se nos requieren el pago de los diezmos como con Israel, los principios dados en el Antiguo Testamento todavía son vigentes. Debemos ofrendar no de cualquier manera, sino de manera que honra a Dios. Debemos darle las primicias, esto es, lo primero y lo mejor. Traigamos nuestras ofrendas al lugar donde se reúne la asamblea en Su Nombre, y ofrendemos allí.
Como Dios ordenó que los levitas comiesen de los diezmos, las primicias y las ofrendas, recordemos que en el Nuevo Testamento Dios ordenó que “los que anuncian el evangelio, vivan del evangelio” (1 Co. 9:14). Pero a nosotros también se nos tendría que decir en algunos casos: “traed todos los diezmos”, esto es, dejemos de robar a Dios de lo que es Suyo y de traerle ofrendas inferiores. Dios no puede bendecir a un pueblo que le deshonra ofreciéndole lo que sobra en lugar de lo primero y lo mejor. No podemos honrar a Dios permitiendo que falte alimento en Su casa.
Consideremos un ejemplo práctico. Cuando los hermanos de una asamblea dan la diestra de comunión a un hombre o una pareja para que vaya a predicar el evangelio y hacer obra misionera, y luego retienen el apoyo que podrían dar, están robando a Dios. No sirve absolutamente de nada decir: "no son obreros encomendados", porque es vana palabrería. Si la asamblea los permitió ir con bendición, para servir a Cristo, abrir brecha, predicar el evangelio, hay que pensar en su apoyo, pues es la obra de Dios. De otro modo estará cometiendo el error (por no decir pecado), de decir: "calentaos y saciaos" sin darles las cosas que son necesarias para el cuerpo (Stg. 2:16). Santiago pregunta: "¿De qué aprovecha?"
La respuesta es obvia: "NADA". ¿De qué aprovecha enviar a hermanos a la obra y luego dejarles destituidos en la obra cuando podríamos enviarles apoyo y cuidarles? No sirve de nada. Es peor, servirá para nuestra condenación si robamos así a Dios. Y hermanos, no es que no haya nada que ofrendar, es que descuidan a los siervos y la obra de Dios. Es como en los tiempos de Malaquías cuando el pueblo descuidadaba y despreciaba la obra del Señor. Dios no puede bendecir a un pueblo que obra así. Él maldijo en Malaquías a los que le habían robado. Pensémoslo seriamente, porque Dios puede quitar el candelereo de una iglesia o de unas iglesias.
Conviene que preguntemos como el hermano William MacDonald: “¿Debe un creyente bajo la gracia ofrendar a Dios menos que un judío bajo la ley?” Examinemos nuestras prácticas, para que no seamos dadores quejosos, sino alegres y generosos, y sobre todo que no robemos más a Dios. No pequemos más en las cosas santas de Jehová. Y donde ha habido este pecado, hay que arrepentirse y manifestar frutos de arrepentimiento. No hay lugar para ladrones en las iglesias.


Carlos Tomás Knott

1. F. A. Tatdord, “Prophet of the Reformation” (“Profeta de la Reforma”), 1972, Prophetic Witness Publishing House, págs. 68-69.

sábado, 3 de mayo de 2008

CRISTIANO, SÉ EJEMPLO

Por H. A. IRONSIDE

“Cuando edifiques una casa, harás pretil a tu terrado, para que no eches culpa de sangre sobre tu casa, si de él cayere alguno. No sembrarás tu viña con semillas diversas, no sea que se pierda todo, tanto la semilla que sembraste como el fruto de la viña. No ararás con buey y con asno juntamente. No vestirás ropa de lana y lino juntamente. Te harás flecos en las cuatro puntas de tu manto con que te cubras....”—Dt. 22:8-12.

“Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul”
—Nm. 15:37-38.

El Apóstol Pablo nos puso ejemplo de sacar lecciones espirituales de algunas de estas normas del Antiguo Testamento, las cuales quizá no consideremos tan importantes en nuestro día.

Cuando él habla del apoyo de los obreros cristianos, va a Deuteronomio para encontrar un texto, y selecciona uno que quizá nosotros pensemos que no tiene ninguna aplicación real con el tema que estamos tratando—efectivamente, un texto muy peculiar: “No pondrás bozal al buey cuando trillare” (Dt. 25:4).

Naturalmente, puede que preguntemos: ¿Qué tiene que ver esto con la cuestión del apoyo de un obrero del Evangelio? Pero Pablo lo usa, no para enseñar consideración por las criaturas que se esfuerzan con tanta paciencia en servir al hombre, aunque esto lo enfatiza claramente la Escritura, sino más bien para mostrarnos nuestra responsabilidad de cuidar de las necesidades temporales de los obreros espirituales para que tengan libertad llevando a cabo su labor sin ansiedad por las cosas terrenales.

En Proverbios leemos:“El justo cuida de la vida de su bestia; Mas el corazón de los impíos es cruel” (Pr. 12:5).

Un hombre que se convirtió dio su testimonio respecto a esto en una reunión pública. Cuando terminó, su mujer se levantó y dijo: “Amigos, si cualquiera de los presentes duda del testimonio de mi marido, debe venir a nuestra granja. Antes de convertirse, cada vaca, cada caballo, y cada perro, huían de él, por ser tan vicioso y por pegarles tan cruelmente; ahora, todos los animales corren a él”. Toda la actitud del hombre hacia las criaturas de la granja cambió.

Pero el Apóstol Pablo dice que esto no sólo se escribió para los bueyes, sino para nuestro beneficio. El buey que trilla es una ilustración hermosa del siervo de Cristo —“trillando” la verdad que alimenta el alma, la Palabra de Dios, para poder pasárnosla a nosotros.

Ahora imagínate al buey trillando y sirviéndose sobre la marcha de un poquito para sí mismo de vez en cuando. Dios dice que los que predican el Evangelio deberían vivir del Evangelio.

Muchas iglesias olvidan esto. Se contentan con tener siervos de Cristo que les ministren la Palabra de Dios de año en año, y no se dan cuenta en lo más mínimo de sus necesidades. Son como el diácono que oró: “Señor, bendice a nuestro pastor; consérvale humilde, y nosotros le conservaremos pobre”.

El uso que el apóstol da a este texto sugiere muchos textos que se aplican a condiciones pasadas, que, después de todo, contienen sugerencias escondidas para nosotros.

SWORD of the LORD (“Espada del Señor”), 19 de abril de 1996, traducido por Carlos Tomás Knott.