lunes, 16 de febrero de 2026

Bendito es Israel

 


 

Dios le dijo a Balaam: “No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque bendito es (Nm. 22.12). No le permitió que maldijera a Israel.

            Como entonces, hoy también Israel tiene muchos enemigos que creen tener razón. Oponerse a Israel, odiarlo y maldecirlo está de moda, oponérsele y maldecirlo, porque el mundo todavía está bajo el maligno (1 Jn. 5.19), y él odia y persigue a la nación escogida (Ap. 12.13-17).

            En lugar de seguir la corriente de este mundo (Ef. 2.2-3), debemos recordar las palabras de Dios y ponerlas en práctica. Un pez muerto puede dejarse llevar por la corriente, pero hace falta estar vivo para ir contra ella. Observemos tres cosas de la instrucción divina del verso 22.

            Primero: “No vayas con ellos”. El Salmo 1.1 dice: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”. Odiar y maldecir a Israel es consejo de malos, camino de pecadores y silla de escarnecedores. Dime con quién andas, y te diré quién eres. La actitud y la conducta antisemitas ofenden a Dios y se oponen a Su santa voluntad. No hagas caso a las voces poderosas y populares del mundo, porque no tienen razón. No tienen aprobación divina.

            Segundo: “Ni maldigas al pueblo”. Dios prohíbe maldecir a Israel. Balaam aprendió la lección. Cuando el rey de Moab le pidió que lo maldijera, le respondió: “¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?” (Nm. 23.8). Sería una locura. Dios le declaró a Abraham: “…a los que te maldijeren maldeciré” (Gn. 12.3). Los anales de la historia están llenos de los cadáveres y los desastres de los enemigos de Israel, entre ellos, Egipto, Filistea, Edom, Asiria, Babilonia, Roma, y en tiempos modernos, España, Alemania, Rusia e Irán. Claramente, no tienen buen fin los que maldicen a Israel, porque Dios cumple Su promesa. Los que no aprenden de la historia están condenados a repetirla y sufrir las mismas consecuencias. Balaam exclamó: “Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren” (Nm. 24.9). Ahí está el camino de la bendición y el de la maldición.

            Algunos creen que está justificado maldecir a Israel y oponerse a la nación porque, según dicen, Israel ha cometido pecados e injusticias. (Quienes lo dicen también pecan y son injustos). Pero debemos conocer el contexto del libro de Números.  Israel estaba siendo juzgado por una serie de pecados y toda una generación iba muriéndose en el desierto. El Salmo 90 trata sobre la ira de Dios contra Su pueblo por sus pecados, pero en ningún momento Dios abandonó ni desechó a la nación. Cuando Balaam vio a Israel, bajo la influencia divina declaró: “He aquí, he recibido orden de bendecir; Él dio bendición, y no podré revocarla. No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. Jehová su Dios está con él, y júbilo de rey en él” (Nm. 23.20-21). William MacDonald comenta:

 

“El segundo oráculo aseguró a Balac que la bendición original de Dios sobre Israel no había cambiado (vv. 18–20). La primera parte del versículo 21 describe la posición de la nación, no sus prácticas. El pueblo fue reconocido como justo por la fe. De igual manera, el creyente hoy en día se halla ante Dios con toda la perfección de Su amado Hijo. El Señor estaba con Israel, y el pueblo podía clamar con júbilo porque Él reinaba como rey entre ellos (v. 21b). Los rescató de Egipto y les había dado fuerzas. No se cumpliría ninguna maldición contra ellos. Más bien, las victorias que ganaría Israel causarían que las naciones dijeran: “Lo que ha hecho Dios!” (vv. 22–24). Puesto que Balaam se negó a maldecir al pueblo, Balac mandó que tampoco lo bendijera (v. 25), pero el profeta protestó que sólo podía hacer lo que Jehová mandara”.[1]

 

Debemos tomar nota de que no basta con no maldecir a Israel, sino que debemos bendecirlo y reconocer su lugar privilegiado. Sin embargo, hoy en día escuchamos a evangélicos afirmar que Israel ya no es el pueblo de Dios porque rechazó y crucificó al Mesías. Quienes así hablan piensan que ese fue un pecado imperdonable por el que Dios ha desechado a Israel, pero se equivocan. No solo eso, sino que también emplean el argumento de la Iglesia católica romana y de los nazis, que maldicen a la nación judía por la crucifixión de Cristo (olvidando que Roma también tuvo mucha culpa). ¿Qué dice la Escritura? “¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera (Ro. 11.1). “No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció” (Ro. 11.2). Los incrédulos de la nación son castigados, pero Dios nunca desecha a la nación. Leamos nuevamente Sus palabras a Israel: “…porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres” (Dt. 4.31). Dios afirma tres cosas:

1.      No dejará a Israel.

2.      No destruirá a Israel.

3.      No se olvidará del pacto que les juró a los patriarcas.

 

No es Moisés sino Dios quien lo promete. ¿Y qué dijo antes el profeta Balaam? “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Nm. 23.19). Por tanto, quedan sin fundamento las alegaciones de quienes dicen que Israel hoy no es el pueblo de Dios ni goza de Su favor. No depende de ellos, sino de Dios que lo juró. Así que, “no maldigas al pueblo”.

Tercero, “porque bendito es”. Cuando Dios le dijo esto a Balaam, Israel llevaba cuarenta años de castigos divinos por su desobediencia y había muerto toda una generación incrédula. Pero, “bendito es”. Nada puede hacer que Dios quite de Su pueblo, la nación, Su bendición soberana. Fue dada sin mérito, y así se mantiene. Dios anunció la bendición de Su gracia soberana a Abraham cuando apenas había salido de Ur de los caldeos y le quedaba mucho que aprender. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición (Gn. 12.2). Siglos después, y a pesar de toda la conducta de los israelitas durante esos años, Balaam declaró que había recibido órdenes divinas: “He aquí, he recibido orden de bendecir; Él dio bendición, y no podré revocarla”. Pablo declara: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro. 11.29). Nadie debe seguir buscando motivos para revocar la bendición, porque Dios no cambiará lo que ha determinado.

            Israel es bendito, por la gracia de Dios, por la elección soberana (Ro. 9.11, 16), y por las inquebrantables promesas divinas hechas a Abraham, Isaac y Jacob. Dios no necesita nuestro permiso ni aprobación para hacerlo. En el cielo las opiniones y protestas humanas no tienen peso. Todo se cumplirá con la nación de Israel, no con la Iglesia ni con nadie más. No es por la conducta de Israel, sino por la voluntad soberana de Dios. Aunque se juzgue a los individuos y generaciones desobedientes y se pierdan, la nación nunca perderá su posición favorecida. “Bendita es”.

Carlos Tomás Knott


[1] William MacDonald, Comentario Bíblico, pág. 88, CLIE.

martes, 18 de noviembre de 2025

¡Cuánto he deseado comer esta pascua!

 “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!”   Lucas 22.15


    En Éxodo 12 se instauró la Pascua, para conmemorar su salvación y liberación de la servidumbre en Egipto. Entre esta primera Pascua del éxodo de Israel, y la que celebró Cristo con Sus discípulos en Lucas 22 intervienen aproximadamente 2.450 años.  A lo largo de este tiempo se celebraron  muchas pascuas, una vez cada año. Digamos que fue como una cuenta retrocesiva, desde Éxodo 12 hasta Lucas 22, “esta pascua”.

    Fijémonos en la expresión del Señor: “Cuánto he deseado comer esta pascua”; no “la pascua” sino “esta pascua”. Tenía especial significado por ser la que comió con Sus discípulos antes de ser sacrificado como el Cordero de Dios. Había anticipado este momento durante los últimos 2.450 años. Es más, lo había esperando desde la eternidad, ya que Él murió como “un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P. 1.19-20 ). Sabía que había venido al mundo para salvar a los pecadores, y que, para ello, era necesario morir por ellos. Es el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap. 13.8). Deseaba cumplir la voluntad del Padre. Deseaba proveer para nuestra salvación. Así que, en las horas antes de Su pasión, decía: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Jn. 12.27-28).
    Sabiendo todo lo que significaba esta última pascua, admiramos al Señor por Su gran deseo de comerla con los Suyos antes de padecer. Sentado en mesa con ellos, los miraba con especial amor. Miraba los símbolos, el pan y el vino, con pleno conocimiento de su significado: mi cuerpo, mi sangre. No solo celebraba la pascua, sino “nuestra pascua, que es Cristo” fue sacrificado por nosotros (1 Co. 5.7). De ahí en adelante, celebramos la Cena del Señor como Él mandó: “Haced esto en memoria de mí”, no una vez al año, sino cada primer día de la semana (Hch. 20.7; véase también 1 Co. 16.2). Y el Señor está presente, en medio de los Suyos en cada Cena del Señor, lo que hace que sea de especial importancia. Quiere ver nuestros rostros, y recibir nuestra gratitud y adoración.
    Queda para nosotros la pregunta: ¿Cuánto deseamos comer con Él la Cena del Señor? Él desea estar con nosotros. ¿Deseamos estar con Él? ¿Hay acaso otro lugar o persona más importante que Él, para que nos ausentemos de Su cena conmemorativa? ¿Deseamos venir y recordar según Su voluntad Su muerte a favor nuestro? Él nos ha amado tanto, pero ¿nosotros le amamos? ¿Con qué motivo podríamos decirle al Señor: “Te ruego que me excuses”? (Lc. 14.18).
    No tuvimos que ir a la cruz ni padecer. No nos costó nada, pues Él lo pagó todo. ¿Qué menos, entonces, que acudir cada primer día de la semana, conforme a Su deseo, para hacer memoria de Él y anunciar Su muerte hasta que Él venga? El Señor fue a la cruz. ¡Le costó mucho establecer la Cena del Señor! ¿Cuánto nos cuesta acudir como Él quiere? ¿Hay algo de más valor o prioridad?
    Sus palabras en Lucas 22.15 expresan un deseo grande y ferviente. “¡Cuánto he deseado!” Ya que hemos sido redimidos por Su sangre, ¿no debemos tener un gran deseo de venir a estar con Él, recordarle y honrarle, en la Cena del Señor? ¿Qué podría ser más importante? Ahí Él nos espera, ¿le dejaremos plantado? ¿Cuáles son nuestros deseos, y nuestras prioridades? No le digamos al Señor, sino más bien a cualquier otro: “te ruego que me excuses”, para que acudamos a la mesa donde Él nos espera.

Carlos Tomás Knott

 

"Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, 

allí estoy yo en medio de ellos". 

Mateo 18.20 


 

 

lunes, 22 de septiembre de 2025

¿Eres un cristiano “S.D.M.”?

¿Qué significa esto? ¿Es una nueva denominación? No, es una descripción de ciertos cristianos, y hoy en día está muy extendida. S.D.M., “Solo Domingo por la Mañana”, se refiere a los cristianos que solo asisten a una reunión los domingos por la mañana y se ausentan de las demás.1
    No es un comportamiento bíblico, pues Hechos 2.42 describe la conducta de los primeros cristianos: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.  No asistían ocasionalmente, sino que “perseveraban”. No consideraban que una reunión fuera más importante que las demás. Es típico entre los católicos pensar que si asisten a la misa ya han cumplido con Dios. Ellos quizás son los campeones de “S.D.M.”. Pero esta misma actitud se manifiesta ahora entre los evangélicos, que solo asisten el domingo por la mañana, y se ausentan de las demás. No vienen el domingo por la tarde para apoyar la reunión de predicación del evangelio. No asisten a la reunión de oración y estudio bíblico entre semana. Aparentemente, consideran opcionales estas reuniones. No apartan tiempo para la comunión con los demás en estas reuniones. Quienes así actúan no han cumplido con Dios.     
    Sin embargo, la recepción a la comunión de una iglesia incluye todas sus actividades. La recepción no es al partimiento del pan, sino a la asamblea. Implica mucho más que la cena del Señor. Indica la aceptación e inclusión en todas las facetas de la vida de la iglesia, su doctrina y testimonio. Un hermano dijo que la recepción es mutua. La iglesia local recibe a la persona, y la persona recibe a la iglesia, lo que indica que la acepta y está de acuerdo con ella. De lo contrario, no debe haber recepción.
    Si la iglesia se reúne cada domingo por la mañana, son 52 reuniones al año, y si también el domingo por la tarde, son otras 52 reuniones al año. Además, hay una reunión entre semana para orar y estudiar la Palabra, que también son 52 al año. En total, son 156 reuniones al año, según este ejemplo. Pero los cristianos que solo asisten a la iglesia los domingos por la mañana se pierden 104 reuniones al año, es decir, faltan a dos tercios de las reuniones. No acuden para apoyar la predicación del evangelio, para orar o para estudiar la Palabra, y en todas esas ocasiones pierden la comunión con los demás. ¿De qué manera se puede considerar que esas personas están realmente en comunión en la iglesia, ya que no tienen tiempo para ella?
    Además, debemos recordar que el Señor Jesucristo nos enseña a poner a Dios en primer lugar en nuestra vida. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6.33). “Primeramente” indica preferencia y prioridad. ¿Qué importancia le damos a las actividades de la iglesia? El trabajo, las preocupaciones y las actividades sociales de la familia no deben tener preferencia sobre ellas. Si viene una visita, puede acompañarnos o esperar hasta que volvamos. Si un familiar nos pide un favor que nos impediría reunirnos, debemos decirle que ya tenemos una obligación previa.
    Considera el testimonio del Señor en Lucas 4.16, “... en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre”. Su costumbre y prioridad era reunirse con el pueblo de Dios en el lugar designado. No tenía que decidir en cada ocasión si se iba a reunir o no, pues esa decisión ya se había tomado. El cansancio y los compromisos con la familia no figuran en esta decisión. Si había reunión del pueblo de Dios, uno sabía dónde encontrar a Cristo, porque Él estaba presente, “conforme a su costumbre”. Debemos seguir Su santo ejemplo y tener esa misma costumbre. 
     El Señor todavía se reúne con los creyentes conforme a Su promesa. “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20).  Alguien dijo que el Señor siempre está en todas las reuniones y que nos espera para compartir con nosotros. Debemos considerar que las reuniones son nuestras “citas previas” con el Señor.     

 No se refiere a las personas que por enfermedad, trabajo o viaje no pueden congregarse. Pero no debemos aceptar otros compromisos, porque ya tenemos uno con el Señor.

                                           Carlos