William MacDonald
En la búsqueda de la
santidad hay pocas cosas más debilitantes que la preocupación por uno mismo. Quienes
buscan la victoria en su interior están buscando en el lugar equivocado; se
exponen a la decepción, el desánimo y la derrota.
El mundo pone
el énfasis en el hombre y su potencial. En su patético deseo de reconocimiento,
popularidad y aceptación, la iglesia del “yo también” sigue su ejemplo. Predica
el humanismo secular, apenas disimulado bajo un lenguaje evangélico. Las
editoriales religiosas se apresuran a publicar una avalancha de nuevos libros
sobre la autoestima. En una sola visita a una librería cristiana, me encontré con
los siguientes títulos:
Aprende a
amarte a ti mismo
Ámate siquiera
un poco
El amor
propio, la fuerza explosiva del éxito
Los 7 pilares
del amor propio
Yo estoy bien,
tú estás bien
¿Quién dice
que estoy bien?
Una visión
real de ti mismo
Prometo amarme
Hazte amigo de
tu sombra
El arte de comprenderte
a ti mismo
Comprender tu
pasado, la clave de tu futuro
Mi hermoso sentimiento
Puedes
sentirte bien contigo mismo
30 días para
una vida menos estresante
Eres alguien
especial
¿Tengo que ser
yo mismo? (Vivir contigo mismo y disfrutarlo)
Solo apareció en las estanterías
una débil voz de protesta. ¡Se titulaba Déjate en paz!
Gran parte de
la terapia moderna centra el foco en uno mismo. Se le dice al paciente que
examine su educación (haciendo hincapié en los colosales fracasos de sus
padres), sus pensamientos, motivos, miedos, complejos e inhibiciones
(especialmente en el ámbito sexual). A medida que habla de sus problemas en una
terapia no directiva, las respuestas aparecen, o al menos eso se afirma.
El dramaturgo
noruego Ibsen cuenta la historia de Peter Gynt, que va a un hospital
psiquiátrico y, para su sorpresa, descubre que nadie en aquel lugar parece
estar loco. Todos hablaban con tanta sensatez y discutían sus planes con tal
precisión y preocupación que él estaba seguro de que debían de estar cuerdos.
Se lo comentó al médico. “Están locos”, dijo el médico. “Hablan con mucha
sensatez, lo admito, pero todo gira en torno a ellos mismos. De hecho, están
obsesionados con el yo de la forma más inteligente. Es el yo... por la mañana,
al mediodía y por la noche. Aquí no podemos escapar de nosotros mismos. Lo arrastramos
con nosotros, incluso en nuestros sueños. Oh, sí, joven, hablamos con sensatez,
pero estamos lo suficientemente locos”.
“El mundo se
parece mucho al hospital que visitó Peter Gynt. Parece bastante sensato hasta
que no damos cuenta de que está poseído por sí mismo. Solo habla de sus
sentimientos, su política, sus guerras, sus presupuestos, su dinero. La parte
más importante de la existencia, Dios, no se menciona”.
Es
característico de las personas que sufren trastornos mentales, nerviosos o
emocionales que el yo sea el centro y la circunferencia de sus vidas. Las
técnicas de asesoramiento que los animan a practicar la introspección solo
sirven para intensificar su miseria. Habrás oído el proverbio: “Los neuróticos
son personas que construyen castillos en el aire; los psicóticos son aquellos
que se mudan a ellos; y los psiquiatras son los que cobran el alquiler”.
Hay dos
pasajes bíblicos clásicos que tratan sobre el egocentrismo y su remedio. El
primero es el Salmo 77, que Bullinger ha resumido de la siguiente manera:
La preocupación
por uno mismo – vv. 1-6
El resultado
seguro: la miseria – vv. 7-9
La preocupación
por Dios – vv. 10-12
Su resultado
seguro: la felicidad – vv. 13-20
Otra persona ha titulado estas
cuatro secciones:
· Suspirar
· Hundirse
· Cantar
· Elevarse
En la primera
mitad del salmo, Asaf sufre del “síndrome yo”, o una sobredosis de vitamina “yo”.
Los primeros pronombres personales (yo, mí, mío) aparecen 22 veces, mientras
que solo se hace referencia a Dios 13 veces. El salmista se obsesiona tanto con
sí mismo que incluso cuestiona la bondad, la gracia y la misericordia del
Altísimo. En la segunda mitad, Asaf fija su mirada en el Señor. Menciona a Dios
(sustantivos y pronombres) 24 veces, y solo hace tres referencias personales.
El segundo
pasaje bíblico es Romanos 7.9-25. Tras más de cuarenta menciones de los
pronombres personales, Pablo se lamenta: “¡Miserable de mí!” (v. 24). No
encuentra la victoria en sí mismo. Más bien, afirma con seguridad: “yo sé
que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (v. 18). Pero al final
del capítulo, se aleja de sí mismo y encuentra la victoria en el Señor
Jesucristo. Buscar la victoria en tu interior es como echar el ancla dentro del
barco; garantiza la deriva espiritual.
El rey de
Israel se dio cuenta de que necesitaba a alguien más grande que él mismo; dijo:
“Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare.
Llévame a la roca que es más alta que yo” (Sal. 61.2). La Roca, por
supuesto, es Dios.
La constante preocupación
por uno mismo hace que la persona olvide las bendiciones del Señor y se vuelva ingrata
por ellas. Provoca parálisis en lo que respecta al servicio eficaz, al reducir
la capacidad de concentración y la calidad del trabajo. Hace que uno se vuelva
insensible a las necesidades de los demás.


La persona ensimismada
(egocéntrica) se pierde en un laberinto lleno de espejos de sí misma. Es esclava de sus propias emociones y sentimientos. Para los
demás, resulta una compañía poco agradable, e incluso pesada. Siempre quiere
hablar de sí mismo, y desahogar su letanía de lamentos ante un sinfín de
consejeros y amigos. Busca una audiencia, pero rechaza los consejos. Tiene una
voluntad de hierro que se resiste al cambio y se niega a aceptar la voluntad de
Dios. Es como el pueblo que el Señor describe en Ezequiel 33.31-32,
“Y vendrán
a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus
palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el
corazón de ellos anda en pos de su avaricia. Y he aquí que tú eres a ellos como
cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero
no las pondrán por obra”.
Hasta aquí
la patología del egocentrismo. ¿Cómo puede una persona vencerla? En primer
lugar, puede pasar de centrarse en sí mismo a centrarse en Cristo (2 Co. 3.18).
Es al contemplarlo a Él como nos transformamos a su imagen. Mil buenas
versiones de uno mismo no valen ni una sola versión de Cristo o, dicho de otro
modo, un yo santificado es un pobre sustituto de un Cristo glorificado. Puede
orar sin cesar:
Oh, sálvame de
mí mismo, Señor amado.
Oh, que me
pierda en Ti.
¡Ojalá ya no
sea yo, sino Cristo
Quien vive en
mí!
Debe recordar
la verdadera fórmula: Estar ocupado con uno mismo trae angustia. Estar ocupado
con los demás trae desánimo. Estar ocupado con Jesucristo trae deleite.
Pero alguien
podría objetar que es necesario cierto grado de introspección, y que incluso la
Biblia lo recomienda. Sin embargo, Romanos 12.3 no recomienda la introspección,
sino que cada uno piense de sí con cordura. 1 Corintios 11.31 nos enseña a
examinarnos y juzgar cualquier pecado en nuestra vida. Pero en todo caso, debería
seguir la regla de McCheyne: “Por cada vez que te mires a ti mismo, mira diez
veces a Cristo”. Como dice un antiguo himno: “Qué dulce es huir de uno mismo y
refugiarse en el Salvador”.
Una segunda
cosa que una persona puede hacer es adoptar una visión bíblicamente correcta de
sí misma. Por un lado, se da cuenta de que ha sido salvada por la gracia de
Dios, perdonada, justificada y hecha apta para el cielo. Se presenta ante Dios
con toda la aceptabilidad del Hijo amado de Dios. Está completo en Cristo, es heredero
de Dios y coheredero con Jesucristo. Es una creación única de Dios y tiene un
papel distintivo que cumplir en la vida. Es de gran valor para Dios y esto le
hace desear ser todo lo que puede ser para el Señor Jesús.
Por otro lado,
reconoce que en sí mismo y por sí mismo no es nada (2 Co. 1211; Gá. 63) y que
en su carne no habita nada bueno. Si no busca lo bueno en sí mismo, nunca se
siente decepcionado cuando no lo encuentra allí.
Una tercera
sugerencia. La persona egocéntrica debería perderse en una vida dedicada al
servicio de los demás. Quienes encuentran la plenitud son aquellos que están
tan absortos en ayudar a los demás que no tienen tiempo para pensar en sí
mismos. La plenitud proviene de la abnegación más que de la preocupación por
uno mismo. Esto es lo que el Señor Jesús quiso decir cuando dijo: “El que
ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida
eterna la guardará” (Jn. 12.25).
No pierda el
tiempo deseando ser otra persona. A pesar de su aspecto físico, sus
discapacidades o sus capacidades limitadas, se acepta tal y como Dios lo ha
aceptado y dice: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Co. 15.10).
No debe defenderse diciendo que “nadie es perfecto”, sino esforzarse para ser
más como su Señor. En cuanto a las cosas en la vida que no se pueden cambiar,
las acepta y así encuentra la paz. En los ámbitos de la vida que están
determinados por la soberanía divina, quejarse es pecado y desear que fuera
diferente es inútil.
Por último,
debe evitar todo aquello que le lleve a la introspección, ya sean manuales
sobre autoestima, seminarios sobre el pensamiento positivo o una orientación
centrada en uno mismo en lugar de en Dios. Lo que queremos es olvidarnos de
nosotros mismos y concentrarnos en el Señor, que es digno de toda nuestra
atención.
Traveling Light, Eugene H. Peterson. Downers
Grove, IL: InterVarsity Press, pp. 69-71.