Estar en comunión en una iglesia local no significa venir solo para la Cena del Señor y faltar en las demás reuniones. Tampoco es admisible el concepto de venir ocasionalmente, pues el patrón bíblico en Hechos 2.42 es de perseverar en todas las actividades de la iglesia. ¿Qué es más importante para ti, el trabajo, el descanso, otras actividades, o la asamblea donde el Señor ha puesto Su Nombre? El Señor está en todas las reuniones. ¿Qué prioridad tiene para ti la asamblea?
Norman Crawford escribió lo siguiente acerca de la recepción y la comunión en la asamblea:
Los que fueron salvos se añadieron a la asamblea que se formó ese día. "Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (v. 42). Al final del capítulo vemos que el Señor añadía a ellos los que estaban siendo salvos (v. 47).
El primer punto que queremos destacar es que la recepción inicial no es al partimiento del pan, sino a la asamblea. La Cena del Señor es uno de los mayores privilegios de la comunión en asamblea. Es la Cena del Señor, no la mesa del Padre (Lc. 15), como sugieren algunos. Una lectura cuidadosa de 1 Corintios revelará el significado de las cosas del Señor que enseña la epístola (consulta el capítulo 5 de este libro). Tampoco se trata de la mesa de la ofrenda de paz en Levítico 3, que tiene que ver con el pecador que aprecia la reconciliación. Esto es disfrutado por la mayoría de los creyentes desde el momento de su conversión.
El segundo punto a enfatizar es que la recepción tiene que ser mutua, porque si no, no es realmente comunión. El patrón del Nuevo Testamento no es recibir a alguien que no está dispuesto a recibir a la asamblea, sus enseñanzas y prácticas. La comunión y la recepción se experimentan y se gozan mutuamente. Esta recepción mutua tiene una aplicación muy práctica. Entre otras cosas, una asamblea es un testimonio de la verdad de que el sectarismo es un error. Las personas que “reciben” a la asamblea también reciben esta verdad. Pero realmente no pueden hacer esto si después se vuelven a sus iglesias denominacionales.
¿Por qué necesitamos esta enseñanza? Porque algunos dicen: “Si todos los creyentes están en el cuerpo de Cristo, entonces todo creyente debe tener la bienvenida en cualquier asamblea”. Si algún lector piensa así, le rogamos que vuelva al Capítulo 3 y tome nota cuidadosamente de las claras distinciones entre el cuerpo de Cristo y una asamblea local. Muchos que reciben según su creencia en “un solo cuerpo” también añaden que solo reciben a los que estén limpios en vida y sanos en doctrina, y que no estén bajo la disciplina de su iglesia (sea cual sea). Como señalamos en el capítulo 3, es un gran misterio cómo algunos ancianos pretenden saber todo esto mediante una breve conversación con una persona desconocida que llega a la puerta. Creemos que las Escrituras hablan muy claramente sobre este tema, y debemos aceptar lo que dicen sin modificarlo.
En tiempos del Nuevo Testamento, las asambleas establecidas se encontraban en una zona geográfica concreta. Se componían de creyentes que vivían en esos lugares y se reunían regularmente en el Nombre del Señor Jesucristo. Nada sugiere que se congregaran de forma irregular o casual. Su testimonio colectivo no tenía carácter ocasional (1 Co. 1:1-3; 3:6-11). Puede que esto sea tan obvio que su importancia se nos escape. Todos estaremos de acuerdo en que no puede existir una asamblea que solo sea apoyada por personas transeúntes o las que ocasionalmente se congregan. Los que perseveran (Hch. 2:42) en la comunión de una asamblea obedecen a la Palabra de Dios. Entonces, ¿hay un estándar doble? ¿Es la Palabra de Dios obligatoria para unos, pero no para otros? No. Tiene la misma autoridad sobre todos los creyentes. Por eso, no puede ser correcta la enseñanza o práctica de que se puede entrar en las asambleas de forma ocasional, irregular, caprichosa o según cada uno crea conveniente.
A menudo escuchamos la respuesta de que las condiciones eran ideales en los tiempos del Nuevo Testamento, cuando todos los creyentes estaban unidos en una asamblea, pero que hoy es muy diferente. Dicen que las cosas han cambiado, que la gente vive de otra manera y que los creyentes están divididos y dispersos en muchos lugares, organizaciones y sistemas. Lo que quieren dar a entender es que hoy no podemos aplicar la norma del Nuevo Testamento, o que no es aplicable en tiempos de confusión, o que no es suficiente para nuestras circunstancias. Pero si el Nuevo Testamento no es nuestra autoridad, ¿a qué apelaremos? La respuesta es sencilla: que si no podemos aplicar la Palabra de Dios, no hay otra autoridad. Creemos que ella es totalmente suficiente para todos los tiempos, hasta el fin. Sin embargo, ella no basta para los que desean volver a los sistemas denominacionales de los que Dios, en Su gracia, nos ha sacado.
Pero ¿no debemos diferenciar entre los que recibieron enseñanza y la rechazaron y los que nunca han sido enseñados? Con estos últimos debemos tener mucha paciencia y mansedumbre, y enseñar por precepto y práctica a los que desean oír la Palabra de Dios. Los que desean aprender ocupan el lugar de los indoctos, donde pueden recibir instrucción y tener el privilegio de ver congregada a toda la asamblea. Así podrán aprender cómo congregarse correctamente y, luego, la asamblea podrá recibirlos. Esta es la conclusión feliz del caso en 1 Corintios 14:23-25. Pero el Nuevo Testamento desconoce cualquier cosa que sea mera conveniencia u ocasional.
tomado del capítulo 12 del libro Congregados a Su Nombre
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