Durante los días de su consagración, murieron dos sacerdotes, hijos de Aarón y escogidos por Dios. Entraron en el Tabernáculo y fueron consumidos al instante por el fuego de Su presencia. El texto es breve, pero las implicaciones son profundas. “Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lv. 10.1-2).
Pablo afirma a la iglesia de Corinto, en la edad de gracia, la importancia del Antiguo Testamento para los creyentes. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11). Ilustran preceptos muy importantes que todavía hoy debemos respetar y guardar.
Para entender por qué murieron Nadab y Abiú, debemos considerar la autoridad y la santidad de Dios, la solemnidad de la adoración y el peligro de acercarnos a Dios según nuestro parecer, ya sea por la lógica o la improvisación, en lugar de hacerlo según Sus términos.
Nadab y Abiú eran sacerdotes con privilegios y responsabilidades
Nadab y Abiú no eran forasteros ni paganos, sino sacerdotes, hijos de Aarón, el sumo sacerdote divinamente elegidos y consagrados para el servicio sagrado (Éx. 6.23). Habían sido testigos oculares de la gloria de Dios. Las Escrituras registran que ellos estaban entre los que vieron una manifestación de la presencia de Dios en el monte Sinaí (Éx. 24.9-11).
Esto hace que su pecado sea más grave, no menos. Las Escrituras enseñan que un mayor conocimiento conlleva una mayor responsabilidad. Jesucristo, por quien vinieron la gracia y la verdad, dijo: “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lc. 12.48, véase también Stg. 3.1). Ellos conocían la santidad de Dios y Sus instrucciones, y sin embargo decidieron ignorar Su mandato.
Improvisaron y ofrecieron “fuego extraño” contrario al mandato de Dios
Levítico 10.1 dice: “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó”. La frase “fuego extraño” se refiere a un fuego no autorizado, es decir, a una adoración que Dios no había prescrito.
No eran hombres idólatras. No ofrecieron nada a otros dioses ni blasfemaron. Sin embargo, su pecado fue grave, ya que Dios había dado instrucciones explícitas sobre cómo se debían ofrecer los sacrificios y cómo se debía utilizar el fuego en el Tabernáculo (Éx. 30.9; Lv. 16.12). La adoración no debía ser creativa ni pragmática, sino obediente y reverente. “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Dt. 12.32). Lo suyo no fue una mera innovación inocente en el estilo, sino el pecado de la desobediencia en la adoración, pues salieron de guion divinamente dado. Este pecado se comete a menudo hoy en día en muchas iglesias “cristianas” que creen que la gracia de Dios significa libertad para improvisar como quieran y que, si son sinceros, serán aceptados. Recuerda que Nadab y Abiú eran sinceros, pero estaban fatalmente equivocados.
La adoración debe ser conforme a la Palabra de Dios y Su santidad, no a las preferencias humanas
La respuesta de Dios revela el meollo del asunto: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lv. 10.3). Esta declaración explica el juicio. Dios exige a quienes se acercan a Él que se le trate como santo y soberano. La adoración, si ignora la voluntad revelada de Dios, deshonra Su santidad. Nadab y Abiú trataron la adoración de manera casual, como algo que debía ser moldeado por el juicio personal en lugar de por el mandato divino.
La Biblia advierte repetidamente contra la adoración diseñada o modificada por uno mismo. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15.9). Dios desea obediencia, no nuestras innovaciones, por buenas que nos parezcan. Esto sigue siendo cierto en la edad de la gracia. La gracia no significa libertad para hacer lo que nos plazca. Eso no es libertad, sino libertinaje. Dios nos da Su gracia para ser obedientes y leales, no para improvisar o modificar lo que vemos en las Escrituras.
Hay evidencia de irreverencia y posible embriaguez
Más adelante en el capítulo, Dios ordena a Aarón y a los sacerdotes que no beban vino ni bebidas fuertes cuando entren en el tabernáculo (Lv. 10.8-11). Esta orden se da inmediatamente después de la muerte de Nadab y Abiú, lo que sugiere claramente que su castigo pudo estar relacionado con una falta de reverencia o de dominio propio.
Las Escrituras enseñan constantemente que quienes sirven ante el Señor deben hacerlo con sobriedad y discernimiento. “Sed sobrios y velad” (1 P. 5.8). “Sobrio”, dice Vine, significa de mente sana, de ahí, con dominio propio, templado, prudente. Ser sobrio es no ser liviano, no tomar decisiones por su cuenta, ni a la ligera, ni actuar impulsivamente. Independientemente de si hubo embriaguez o no, el texto deja claro que la negligencia en la adoración es inaceptable para Dios.
El juicio de Dios preservó la santidad de la adoración
Este acontecimiento tuvo lugar en un momento crítico. El tabernáculo acababa de ser inaugurado, se habían aceptado los sacrificios y la gloria de Dios se había manifestado visiblemente al pueblo (Levítico 9:23-24). En momentos como este de la historia de la redención, Dios suele actuar definitivamente para preservar la seriedad de Su santidad.
Juicios similares ocurren en otros momentos cruciales, como con Uza (2 Samuel 6:7) y con Ananías y Safira (Hechos 5:1-11). Estos acontecimientos recuerdan al pueblo de Dios que no debe tomarse a la ligera Su presencia. “Nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.29).
La justicia de Dios no fue cruel, sino recta
Especialmente hoy en día, algunos consideran que este juicio fue excesivo. Las Escrituras no lo ven así. Dios había revelado claramente Su voluntad. Nadab y Abiú la ignoraron. Su muerte no fue un arrebato de ira ni una reacción emocional de Dios, sino un juicio justo. “Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19.9). La santidad de Dios y la autoridad de Su Palabra no son negociables. Cuanto más nos acercamos a Él, mayor es la responsabilidad de honrarlo como es debido. “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24.3-4).
El silencio de Aarón revela la aceptación de la justicia de Dios
Después de que Moisés habló, las Escrituras registran: “Y Aarón calló” (Lv. 10.3). Su silencio es significativo, pues muestra reverencia y el temor de Dios. Hoy en día, muchos padres se molestarían si Dios tocara a sus hijos, porque anteponen la familia a Él. Sin embargo, Aarón, el padre de los difuntos, no protestó ni acusó a Dios de ser injusto. Reconoció que Dios tenía razón. Esto nos enseña que la reverencia hacia Dios implica someterse a Sus juicios, incluso cuando resultan dolorosos. “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46.10).
La conexión con el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento no rebaja el estándar de Dios para la adoración. Más bien, lo profundiza. Los creyentes son ahora el templo del Espíritu Santo (1 Co. 6.19). En la edad de la gracia se nos manda adorar a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn. 4.24).
La gracia no elimina la reverencia. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.28-29). El relato de Nadab y Abiú advierte a los creyentes y las iglesias que la sinceridad sin obediencia no es una adoración aceptable.
Nadab y Abiú fueron destruidos porque se acercaron a Dios según sus propios términos, como ellos creían que era mejor. Improvisaron y ofrecieron una adoración no autorizada, desobedeciendo así Su Palabra y deshonrando Su santidad. Su castigo nos enseña que Dios define cómo debe ser adorado, y que quienes le sirven deben hacerlo con obediencia, reverencia y temor, sin inventar ni modificar nada. Este pasaje es para nuestra instrucción y amonestación (1 Co.10.6, 11). La historia se escribió para invitarnos a examinar nuestras prácticas de adoración. Hermanos, Dios es misericordioso, pero también es santo. La verdadera adoración no tiene que ver con la creatividad o la conveniencia. Tiene que ver con someterse a la voluntad revelada de Dios y mostrar reverencia hacia Su santa presencia.
Sigamos el patrón sin modificaciones
Necesitamos hoy ser más como los de Berea, que escudriñaron cada día las Escrituras antes de tomar decisiones. El Espíritu Santo los llama nobles. Quisieron ceñirse a la Palabra de Dios. Si hiciéramos esto siempre, no se permitiría los cambios que se ven en las iglesias. Seríamos más sobrios, más prudentes, más fieles. El Nuevo Testamento presenta un patrón claro para la Iglesia y las iglesias. Si se siguiera este patrón, no existirían todas las denominaciones ni los “estilos de culto” que vemos en las iglesias que procuran acomodar al público. Dios es quien establece el patrón, y se nos manda: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (2 Ti. 1.13), y “guarda lo que se te ha encomendado” (1 Ti. 6.20). Retener y guardar no admiten modificaciones. Desde los inicios de la Iglesia, a los ancianos se les describía así: “Retenedor la palabra fiel tal como ha sido enseñada” (Tit. 1.9).
No se permite desviarse de la enseñanza apostólica, modificarla ni improvisar. No hay lugar para el razonamiento humano ni para las decisiones basadas en la conveniencia o la opinión de la mayoría. El incumplimiento de estas cosas ha dado lugar a todas las denominaciones e improvisaciones que ofrecen un fuego extraño a Dios. “Extraño” significa aquello que Él no mandó; que no está de acuerdo con Su Palabra.



