sábado, 3 de mayo de 2008

CRISTIANO, SÉ EJEMPLO

Por H. A. IRONSIDE

“Cuando edifiques una casa, harás pretil a tu terrado, para que no eches culpa de sangre sobre tu casa, si de él cayere alguno. No sembrarás tu viña con semillas diversas, no sea que se pierda todo, tanto la semilla que sembraste como el fruto de la viña. No ararás con buey y con asno juntamente. No vestirás ropa de lana y lino juntamente. Te harás flecos en las cuatro puntas de tu manto con que te cubras....”—Dt. 22:8-12.

“Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul”
—Nm. 15:37-38.

El Apóstol Pablo nos puso ejemplo de sacar lecciones espirituales de algunas de estas normas del Antiguo Testamento, las cuales quizá no consideremos tan importantes en nuestro día.

Cuando él habla del apoyo de los obreros cristianos, va a Deuteronomio para encontrar un texto, y selecciona uno que quizá nosotros pensemos que no tiene ninguna aplicación real con el tema que estamos tratando—efectivamente, un texto muy peculiar: “No pondrás bozal al buey cuando trillare” (Dt. 25:4).

Naturalmente, puede que preguntemos: ¿Qué tiene que ver esto con la cuestión del apoyo de un obrero del Evangelio? Pero Pablo lo usa, no para enseñar consideración por las criaturas que se esfuerzan con tanta paciencia en servir al hombre, aunque esto lo enfatiza claramente la Escritura, sino más bien para mostrarnos nuestra responsabilidad de cuidar de las necesidades temporales de los obreros espirituales para que tengan libertad llevando a cabo su labor sin ansiedad por las cosas terrenales.

En Proverbios leemos:“El justo cuida de la vida de su bestia; Mas el corazón de los impíos es cruel” (Pr. 12:5).

Un hombre que se convirtió dio su testimonio respecto a esto en una reunión pública. Cuando terminó, su mujer se levantó y dijo: “Amigos, si cualquiera de los presentes duda del testimonio de mi marido, debe venir a nuestra granja. Antes de convertirse, cada vaca, cada caballo, y cada perro, huían de él, por ser tan vicioso y por pegarles tan cruelmente; ahora, todos los animales corren a él”. Toda la actitud del hombre hacia las criaturas de la granja cambió.

Pero el Apóstol Pablo dice que esto no sólo se escribió para los bueyes, sino para nuestro beneficio. El buey que trilla es una ilustración hermosa del siervo de Cristo —“trillando” la verdad que alimenta el alma, la Palabra de Dios, para poder pasárnosla a nosotros.

Ahora imagínate al buey trillando y sirviéndose sobre la marcha de un poquito para sí mismo de vez en cuando. Dios dice que los que predican el Evangelio deberían vivir del Evangelio.

Muchas iglesias olvidan esto. Se contentan con tener siervos de Cristo que les ministren la Palabra de Dios de año en año, y no se dan cuenta en lo más mínimo de sus necesidades. Son como el diácono que oró: “Señor, bendice a nuestro pastor; consérvale humilde, y nosotros le conservaremos pobre”.

El uso que el apóstol da a este texto sugiere muchos textos que se aplican a condiciones pasadas, que, después de todo, contienen sugerencias escondidas para nosotros.

SWORD of the LORD (“Espada del Señor”), 19 de abril de 1996, traducido por Carlos Tomás Knott.

lunes, 11 de febrero de 2008

VERDADEROS DISCÍPULOS

“discípulo,-a. (Del latín “discípulus”, de “díscere”, aprender.) El que *aprende, con respecto a la persona que le enseña, al centro de enseñanza donde aprende o al maestro o escuela de donde toma sus doctrinas...” MARÍA MOLINER, DICCIONARIO DE USO DEL ESPAÑOL, 1987, EDITORIAL GREDOS.

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos.” JESUCRISTO: EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN. 8:31

El Señor Jesucristo no buscaba “decisiones”, sino discípulos, y no son iguales. En Mateo 28:19-20 el Señor envió a Sus apóstoles con estas instrucciones: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones...”. No decía: “fundad organizaciones, escuelas y misiones”, ni: “haced grandes campañas y llenad los estadios” ni: “recoged decisiones”, sino: “haced discípulos”. ¿Y cómo es un discípulo verdadero del Señor Jesucristo? No valdrá contestar con palabras como “Yo creo que...” o “Para mí...”, ni nada semejante, porque no es relativo. No es cuestión de opiniones, matices ni puntos de vista, porque alguien ya habló definitivamente sobre este tema – el Maestro – el Señor Jesucristo.
Jesucristo describe y define lo que quiere ver en los verdaderos discípulos varias veces en el Nuevo Testamento, y una de ellas es Mateo 28:20, en la Gran Comisión, cuando el Señor dice: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. No: “enseñándoles todas las cosas”, ni: “enseñándoles que sepan todas las cosas”, ni tampoco: “enseñándoles que hablen acerca de todas las cosas”. Todo eso sería inadecuado ante la demanda del Maestro: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. Dice “que guarden”, y la diferencia es mucha. Verás. Ahora uno puede ser un buen evangélico, normal y corriente, si “sabe” o “habla” un poco acerca de las cosas del Señor. Pero no es posible ser un discípulo así. ¿Por qué? Porque los discípulos guardan la palabra de Maestro. Guardan “todas las cosas” como el Señor indica en el versículo 20. De eso no hay rebajas, y no hay que matizarlo buscando otro sentido. Son los términos del Señor para Sus discípulos.
¿No lo dice también el Señor en Juan 8? El versículo 30 dice: “Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.” ¿Qué eran esas personas? ¿Creyentes? ¿Evangélicos? ¿Discípulos? Sigue leyendo y veremos cómo en Señor les habló a esas personas “creyentes”. El versículo 31 dice: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. Tanto aquí como en Mateo 28:20, está clarolo que el Señor quiere: no un “creer” ligero o emocional, no un evangelio “light” o “descafeinado” que no compromete a los que profesan creer. Al contrario, el Señor quiere y busca verdaderos discípulos. ¿Esos son la élite dentro del cristianismo? No, no puede ser, porque el Señor los llama verdaderos discípulos. Si son los verdaderos, luego ¿qué son los demás que profesan pero no permanecen en Su palabra? Falsos discípulos.
A un verdadero discípulo le importan mucho las palabras y las enseñanzas del Señor, más que las palabras y tradiciones de los hombres, y precisamente por eso él es un discípulo, y no solamente uno que ha estado cerca, que ha oído... etc. El discípulo es el que aprende y sigue, el que “guarda todas las cosas” que el Señor mandó. El verdadero discípulo permanece en la Palabra del Señor, aunque otros la abandonen o la tuerzan “para su propia perdición” (2 P. 3:16). Y un verdadero discípulo hace todo eso porque ama al Señor, y porque es motivado por Su gracia para vivir así. No es tanto un amor emocional, sino un amor obediente. Es un amor que nos motiva, nos constriñe a vivir para Él y poner Su Palabra antes que la nuestra. ¡Cómo lo sabe el Señor! En Juan 14:15 Él dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” Empleando estos términos, ¿le amamos? En Juan 14:21 insiste otra vez: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama...”, y por tercera vez en Juan 14:23. En Juan 14:24, por si todavía no estamos en la onda, repite: “El que no me ama, no guarda mis palabras”. No se manifiesta ese amor gritando “¿Cuántos aman a Dios?, ¿Cuántos dicen Aleluya?”, “¡Un aplauso para Dios!” o cosas por el estilo... El amor no es levantar las manos carismáticamente, ni bailar una charanga cristiana, sino obedecer la Palabra del Señor. Una mujer evangélica me dijo: “El amor es todo”, pero después ella abandonó la iglesia. Será que estaba hablando del amor propio, me imagino. En cambio, el verdadero discípulo está siendo diariamente librado del amor propio, y en lugar de ese amor bajo y carnal, ama al Señor y guarda la Palabra, deseando agradarle en todo. Amigo lector, ¿qué tal tu amor?
Entonces, lo que somos y lo que deseamos conseguir influye mucho en el estado espiritual de las iglesias hoy. ¿Qué somos, los que meramente asisten, o somos “decisiones”, o “evangélicos”, o discípulos? ¿Qué seguimos, la moda, la corriente o la Palabra? ¿Nos ponemos al día o nos ponemos bajo la Palabra? ¿Hacemos particiones en la Palabra con astutos argumentos culturales, o buscamos guardarla toda? ¿Permanecemos en ella, o vamos cediendo, aflojando y encontrando dificultad diciendo “amén” a predicaciones que hace diez años o más hubiésemos apoyado cien por cien? El Señor Jesucristo quiere verdaderos discípulos.
¿Y qué clase de iglesias producimos? Ah, aquí se nos verá el plumero si hay diferencia entre lo que profesamos y lo que somos, porque produciremos según lo que somos. El Señor Jesucristo, en Lucas 6:40, dijo: “El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro”. Podríamos decir de forma más castiza: “de tal palo tal astilla”. En las iglesias, y en las vidas de los miembros de las iglesias, es donde se ve qué somos y qué creemos. Porque uno no puede producir en otro lo que uno no es, ni guiar a otros a ir donde él no ha ido. Entonces, medido así, ¿qué somos? Mira en el espejo de las congregaciones. ¡Cómo son? ¿Con qué nos damos por satisfechos? ¿Locales llenos de gente que asiste y participa en los programas sociales y religiosos, congregaciones de personas a las cuales nos referimos como “decisiones”, o discípulos del Señor Jesucristo? ¿Cuál es la meta, llenar locales, tener más que otros grupos, ser populares, bien considerados, respetados en el mundo, o hacer discípulos como manda el Señor? Llenar locales es más fácil que hacer discípulos? ¿Cómo son las congregaciones? ¿Siguen al Señor, o sólo le cantan algo bonito los domingos? ¿Son buenos evangélicos, conversantes en todo, “equilibrados” y moderados en todo, o son discípulos que están comprometidos por amor a una vida de obediencia – a aprender del Señor Jesucristo y seguirle, a permanecer en la Palabra del Señor? Porque después viene una pregunta del Señor y Maestro, y es una de Sus preguntas más embarazosas: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” La vida cristiana no es una película, ni un concierto, ni un partido de fútbol en una “liga evangélica”. Es conocer, amar, confiar en, aprender de y seguir a Cristo.
Por muchas vueltas o explicaciones que den, los que no siguen, y no guardan Su Palabra, no son Sus discípulos y no le aman, aunque les parezca que sí. El Señor es quien lo define, y lo ha puesto claro. Él Señor Jesucristo todavía busca y quiere verdaderos discípulos. Ahora bien, yo no soy un discípulo perfecto, pero el Señor no pide discípulos perfectos, sino discípulos verdaderos. Quiero ser uno. ¿Y tú?

Carlos Tomás Knott

Consejos para Padres:


“Conquista la Voluntad del Niño”

por Susanna Wesley, madre de John y Charles Wesley

Para formar la mente de los niños, la primera cosa que hacer es conquistar su voluntad y traerlos a una disposición obediente. Informar el entendimiento es un trabajo que requiere su tiempo, y con niños debe proceder lenta y gradualmente según puedan soportarlo. Pero la sujeción de la voluntad es algo que debe hacerse en seguida, y cuanto antes, mejor. Porque si descuidamos la corrección a tiempo, ellos contraerán una terquedad y obstinación que después a penas serán conquistadas, y nunca sin usar tal severidad que sería tan dolorosa a mí como al niño. En la estimación del mundo pasan por benignos e indulgentes aquellos a quienes yo llamo padres crueles, que permiten que sus hijos formen hábitos los cuales ellos saben que después tendrán que ser quebrantados. Además, algunos son tan neciamente dispuestos como para enseñar en broma a sus hijos a hacer cosas que más tarde los castigarán severamente si los hacen.
Cuando un niño es corregido, debe ser conquistado; y esto no será demasiado difícil si no se ha vuelto cabezón debido a demasiada permisividad. Y cuando la voluntad del niño es totalmente sojuzgada, y traída a reverenciar y respetar a sus padres, entonces muchas tonterías de niños y inadvertencias pueden ser evitadas. Algunas deberían ser pasadas por alto sin echarles cuenta, y otras reprendidas suavemente, pero ninguna transgresión voluntariosa debe serles perdonado a los niños sin castigo, más o menos según la naturaleza y circunstancias de la ofensa.
Insisto en conquistar siempre la voluntad de los niños, porque es el único fundamento fuerte y razonable de una educación religiosa, y sin esto tanto precepto como ejemplo serán ineficaces. Pero cuando sea bien hecho, entonces el niño es capaz de ser gobernado por la razón y piedad de sus padres hasta que su propia comprensión llegue a madurez y los principios de la religión se hayan arraigado en su mente.
Aún no puedo despedir este tema. Debido a que la voluntad propia es la raíz de todo pecado y miseria, cualquier cosa que favorezca o nutra esta voluntad en los niños asegura su mal estar y falta de piedad en el futuro. Lo que sirva para parar y hacer morir la voluntad propia también promueve su futura alegría y piedad. Esto está todavía más claro si consideramos además que la religión no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. El gran impedimento singular a nuestra felicidad temporal y eterna es esta voluntad propia, así que ninguna indulgencia de ella puede ser trivial, y ninguna negación de ella carece de beneficio. El cielo y el infierno dependen sólo de esto. Por esto, el padre o la madre que estudia sojuzgarla en sus hijos colabora con Dios en la renovación y salvación de un alma. El padre que trata con permisividad e indulgencia a sus hijos hace el trabajo del diablo, hace impracticable la religión, inaccesible la salvación, y hace todo lo posible para condenar a sus hijos, alma y cuerpo, para siempre.
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Susanna Wesley tuvo 19 hijos, de los cuales son Juan y Carlos a quienes conocemos como predicadores del evangelio y compositores de himnos. Ella escribió estas y muchas otras instrucciones a su hijo Juan y aparecen en el libro The Journal of John Wesley (“El Jornal de John Wesley”), Moody Press.