martes, 31 de marzo de 2020

Cosas Que Dejar Atrás, Parte II




Texto: Col. 3:1-17

     En el estudio anterior leímos versos en el capítulo 1 donde Pablo daba gracias porque hemos sido hechos aptos y partícipes de una herencia espiritual. Además de esto, vimos que Dios nos ha trasladado de las tinieblas a la luz – de Egipto a Canaán. En Cristo tenemos redención de modo que ya no somos esclavos del pecado. Además vimos que todos estos son hechos de Dios que no dependen de nosotros.
    En el capítulo 2 vimos que en nuestro Señor Jesucristo resucitado y sentado a la diestra de Dios habita toda la plenitud de la divinidad. Debido a esto, en Él estamos completos – y si esto es así, ¿qué más necesitamos sino darle las gracias? El mundo no puede de ninguna manera añadir a lo que tenemos en Cristo, ya sea por su religión, su filosofía o cualquier otra cosa. Estamos completos en Él.
    En los versículos 1-4 del capítulo 3 nos condiciona, por decirlo de una manera. ¿Habéis resucitado con Cristo? Entonces, hay que buscar las cosas de arriba. Vuestro peregrinar ha de ser mirando las cosas del cielo. La orientación del cristiano debe ser celestial, no terrenal.
    En el versículo 5, entonces, habla de hacer morir lo terrenal. ¡Cuántas cosas malas nombra aquí, y es lo que hay en el mundo!  En el mundo el deseo puede ser noble, pero no tiene poder para mejorar, porque está en servidumbre a la maldad. Como mencionamos anteriormente, bien dijo el catedrático Don José Luis San Pedro: “el mundo no tiene solución, porque hizo del dinero su dios”. Hay deseos y a veces planes de mejorar el mundo, pero se quebrantan en el camino y no se pueden llevar a cabo. El mundo no puede alterar su rumbo; va de mal en peor. En este versículo vemos cosas que nos llaman la atención. A mí me gusta leer detenidamente, pararme en las palabras y pensar en el significado de ellas. Es así que aprendemos. Por ejemplo, aquí habla de los “malos deseos” entre otras cosas. Cuando Dios creó al hombre, nos creó con necesidades: de comer, de beber, de respirar, de dormir, etc. Edén estaba provisto de árboles para comer y de un río para beber. Dios también proveyó trabajo provechoso para el hombre. Pero lo que Pablo aquí les recuerda que hay que dejar son deseos, no necesidades. Hay diferencia entre deseos y necesidades. El maligno, el tentador, entró y creó y provocó toda una serie de deseos en el hombre, para arruinar la obra de Dios. Las necesidades se miden; los deseos no. Los deseos son inconmensurables, mientras que las necesidades pueden ser cuantificadas y ordenadas. Tengamos esto en cuenta. Las necesidades puede ser satisfechas, pero los deseos nunca.
    Eclesiastés 7:29 dice: “Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones”. La palabra “recto” también se traduce “sencillo”. Es bueno ser sencillo, porque es como Dios nos quiere. La palabra “perversiones” también se traduce “artimañas”. En el Salmo 106:13-14 leemos: “bien pronto olvidaron sus obras; no esperaron su consejo. Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto”. Dios los sacó de Egipto por Su gran poder, y al llegar al desierto no hubo agua. Pero llegaron a Mara, donde había agua amarga, y en respuesta a su queja Dios la cambió en dulce. Luego llegaron a Elim donde había palmeras y mucha agua. Al andar por el camino en el desierto Dios les proveyó también de maná, pero tenían deseos de las cosas de Egipto – estaban cubiertas sus necesidades pero tenían deseos desordenados. Estos deseos y el dar lugar a ellos desagradaron a Dios y resultaron en juicio sobre Su pueblo. Recordemos esto al leer en Colosenses 3. Hay que hacer morir los deseos malos – no vivamos en ellos porque nada bueno nos van a traer. El deseo empieza en la mente y no termina si no lo terminamos nosotros.
    En el versículo 8 vemos como comienza con la palabra “pero”. “Pero” es una conjunción adversativa que marca un contraste, un antes y un después. Como en Efesios 2:4 – marca el cambio entre lo que éramos y lo que es Dios y cómo nos trató. En la cena del Señor que hemos celebrado venimos a recordar a Aquel que nos amó aunque éramos pecadores, y vino del cielo para rescatarnos. En Colosenses 3:7 habla de “en otro tiempo”, pero en el 3:8 nos trata en el tiempo presente: “Pero ahora dejad también vosotros...” Las cosas que hemos de dejar, es así porque todas ellas pertenecen al viejo hombre. En Romanos 6 dice que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo. La cruz del Señor rompe los lazos y el poder del viejo hombre y el pecado sobre nosotros.
    A veces queremos los creyentes que el mundo legisle conforme a nuestros principios y criticamos las leyes que aprueban. Jamás podemos cambiar el mundo por este proceder. El mundo vive en el viejo hombre y legisla según el viejo hombre. No puede hacer otra cosa porque está en una servidumbre al pecado. Sólo los que han despojado el viejo hombre pueden revestirse del nuevo hombre (v. 9).
    Dios nos hizo en Su imagen. El pecado quitó esta imagen, podemos decir que desdibujó la imagen de Dios en nosotros. Es el efecto triste del pecado. Pero el versículo 10 nos informa que no sólo nos hemos despojado del viejo hombre, sino también nos hemos revestido del nuevo, el cual es “conforme a la imagen del que lo creó”. En Cristo somos revestido de esta imagen de Dios. Los versículos 10-14 hablan de las vestiduras del nuevo hombre. “Vestíos” – se nos exhorta. Hay que proseguir la meta como Pablo dice a los filipenses, y hay que proseguir la meta como también les dijo. La idea es que vayamos renovándonos cada día y conformándonos cada día más a la imagen de Dios.
    Nuestra función no es criticar las leyes de los parlamentos, sino predicar el evangelio. Es únicamente por el evangelio que pueden venir los cambios deseados. Cuando los hombres oyen y creen, reciben poder para ser hechos hijos de Dios, y entonces hay cambios buenos. No sirve de nada criticar los productos sin cambiar la fábrica– esto es– la vieja naturaleza, el viejo hombre, la naturaleza pecaminosa, y este cambio lo hace Dios, no los hombres. El viejo hombre nunca va a ser renovado. No puede cambiar su naturaleza. Hace falta una obra de Dios.
    Hace poco que el Secretario General de la O.N.U. nombró una comisión para estudiar el problema de la pobreza y la distribución de los bienes en el mundo. Llegó a la conclusión de que el mundo produce suficiente alimentos, pero están mal distribuidos. Esto es debido a los malos deseos, porque los malos deseos, además de malos, son insaciables. El problema radica en los deseos y el corazón humano, no en sistemas políticos, leyes, etc. Por esto el mundo va de mal en peor y no tiene posibilidad de solucionar sus problemas, porque no puede tratar la raíz de estos problemas: la naturaleza humana.
    En Romanos 6:6 leemos así: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado...” Dios no quiere que seamos ignorantes. Quiere que actuemos en base a conocimientos correctos. Por esto comienza con “sabiendo esto” – ahí está la base del conocimiento correcto – algo que saber y tener en cuenta. Nuestro viejo hombre fue crucificado. ¿Qué es nuestro viejo hombre? Es la naturaleza que recibimos de Adán, el progenitor de la raza humana. Dios tiene un plan para este viejo hombre, esta vieja naturaleza que es pecaminosa. Su plan es: “crucificado”, porque Su propósito es: “para que el cuerpo del pecado sea destruido”. Ahora bien, “destruido” no quiere decir aniquilado, sino arruinado, dejado sin efecto.
    En Romanos 6:11 leemos: “consideraos muertos al pecado”. Esto es el segundo paso. Primero hay que saber, no sentir (v. 6). Después hay que considerar (v. 11). ¿Qué significa esto? “Consideraos” quiere decir: “estimaos”, “contaos”. Debemos estimarnos o contarnos como muertos al pecado. Tercero, en Romanos 6:13 nos dice: “Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia”. Esto es nuestro proceder. Nuestros miembros, nuestro ser y nuestro cuerpo, son instrumentos o del pecado o de la justicia. Aquí entra nuestra voluntad, nuestra decisión y consagración práctica.
    Dios no quiere que seamos ignorantes. En el versículo 6 dice: “Sabiendo esto”. En Colosenses 3:16 dice que “la Palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”. Romanos 6:6 es difícil de entender, porque no podemos razonarlo – hay que creerlo y asentarlo como base. Hay que creer los hechos de Dios. Luego el versículo 11 dice “consideraos”, y el versículo 13 dice “presentaos” (entregar, rendir, consagrar, etc.). Habla de nuestra voluntad porque es lo que tenemos.
    La salvación de Dios descansa sobre dos cosas: el amor de Dios y la humildad de Su Siervo, Cristo. Él dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde”. Humilde y entregado. No vino a hacer Su voluntad sino la del que le envió. La cruz es el más alto grado de la humillación, y el Señor Jesucristo la escogió. Debemos aprender de Él, porque Su mansedumbre y humildad son comunicables – son para imitar. Si no hacemos esto, no podemos servir bien a Dios. Consideremos el ejemplo de Moisés, otro “salvador” aunque en sentido secundario, sin embargo es una ilustración del Señor Jesucristo. Israel sufría en esclavitud a los egipcios, y Dios en Su amor, se acordó de Su pacto y envió un libertador, que fue Moisés. Ahora bien, Moisés como joven y adulto fue adoptado por la casa de Faraón y educado en toda la sabiduría de Egipto. Pero siendo él poderoso, se adelantó, tratando de comenzar a salvar a su pueblo matando a un egipcio y escondiendo su cuerpo. Pensó que nadie lo sabía. Pero luego cuando reprendió a dos hebreos que reñían, uno de ellos  respondió: “¿Quién te ha puesto...sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?” (Éx. 2:11-14). Y tuvo que huir de Egipto y vivió cuarenta años en el desierto, un lugar sin cultura y donde no podía emplear nada de lo que aprendió en Egipto. Allí estuvo, cuarenta años cuidando ovejas, y los pastores de ovejas eran una abominación a los egipcios. Fue un largo tiempo de humillación para Moisés, porque “cuarenta años” se dice pronto, pero pasan lentamente. Y allí Dios estaba obrando en él, por medio de estos cuarenta años, por medio del desierto, por medio del pueblo nómada y su vida sencilla, por medio de aquellas ovejas. Dios estaba formando a Su siervo, porque la obra de Dios depende del amor de Dios, y de la humildad de Su siervo. Moisés tuvo que aprender la humildad y la mansedumbre para llegar a ser buen siervo de Dios, útil en Sus manos. Luego dice la Biblia que Moisés era el hombre más manso de la tierra (Nm. 12:3).
    Así, hermanos, Dios desea obrar en nosotros, formando la imagen de Su Hijo en nosotros. Quiere que dejemos atrás las cosas de este mundo, y que nos vistamos de las cosas que le agradan. Quiere que aprendamos la mansedumbre y la humildad, para que seamos útiles en Sus manos para dar testimonio de Él  en el mundo y para servir a Su pueblo. Que así sea para la gloria de Dios. Amén.
de un estudio dado en Sevilla por D. José Álvarez que es de Avilés, Asturias, el 13 de enero, 2008

Cosas Que Dejar Atrás

 Parte I

Texto: Colosenses 3:1-10

     En el capítulo 1 Pablo pide a Dios porque les dé sabiduría. En 1:12 dice que Dios fue quien nos hizo aptos, para que seamos partícipes – tengamos una parte en la herencia de los santos. Es un hermoso futuro el que el Señor tiene preparado para los Suyos. En el versículo 13 dice que nos ha librado. Desde el Edén pertenecíamos a las tinieblas y vivíamos de espaldas a Dios – triste condición. El apóstol Pablo está hablando en tiempo pasado, no futuro. No es algo que vaya a suceder, sino lo que ya ha pasado. Ahora estamos en el reino de Su amado Hijo, porque Dios lo ha hecho. Somos redimidos de esta condición perdida y de este reino de las tinieblas. La palabra redención es hermosa, porque tiene que ver con el mercado donde compraban esclavos y luego, terminado su trabajo, los volvían a vender. Entonces, “redención” guarda siempre una relación con la servidumbre de la esclavitud. Éramos esclavos y Dios nos ha comprado y redimido, y nos ha sacado fuera del mercado para no ser más objetos de compra-venta. Como bien dice el título de uno de los libros del amado hermano William MacDonald: Una vez en Cristo, para siempre en Cristo.
    Luego, en el capítulo 2 aprendemos que en este Cristo estamos completos, de modo que no necesitamos ya nada de lo que el mundo ofrece, ni sus filosofías ni otras cosas. La redención que Dios obró en Cristo tiene el resultado de que ahora estamos completos. Ahora dependemos de la suficiencia del Señor.
    Dichas estas cosas, venimos a nuestro texto en el capítulo 3, donde observamos que hay un cambio en la forma de hablar. Aquí el apóstol habla gramáticamente con la condición “si”. No es una afirmación sino algo condicional para los que profesan ser creyentes. Si es vuestra experiencia que habéis resucitado con Cristo, entonces introduce el imperativo: “buscad”. “Buscad” es un mandato, una orden de Dios. “Buscad las cosas de arriba” – esto es, ocupaos en las cosas de arriba. Luego dice: “Poned la mira en las cosas de arriba”. Es otro mandato. ¿Por qué debemos hacer esto? “Porque habéis muerto” – se ha terminado vuestra vida de antes.
    Ahora Cristo es nuestra vida y Él está en el cielo – nuestra vida está escondida en Él – esto es – guardada en Él. Se cuenta la anécdota de un viajero cristiano que fue sorprendido por unos ladrones, quienes le dijeron en ultimátum: “La bolsa o la vida”. El creyente respondió: “Bolsa no tengo, y mi vida está escondida en Cristo”. Él había aprendido esta verdad que seguramente los ladrones no entendieron.
    En los versículo 5-9 encontramos una relación de las cosas terrenales, cosas del mundo, que como creyentes identificados con Cristo debemos renunciar y dejar. “Haced morir, pues, lo terrenal” – “dejad también” –  lo que no es celestial, y entre las cosas en la lista está la avaricia que es idolatría. La ciudad de Sevilla tiene mucha fama de su religión, sus imágenes y sus procesiones, y no hace falta que lo explique, pues lo sabéis mejor que yo vosotros los que vivís aquí. Es la idolatría típica de la Iglesia Católica Romana. Pero luego, hay los ídolos que no se ven, esto es – como dice el texto – la avaricia. Esta idolatría la practican muchísimas personas. Hoy en el mundo lo que prima es el dinero. Los valores han desaparecido, y si los hay, son vendibles, negociables. Que se incline el mundo ante el dinero, me parece normal, porque es el mundo, pero lo malo es que lo hagan los que se llaman hijos de Dios.
    Al señor D. José Luis San Pedro, catedrático en economía, hace poco le preguntaron qué solución daba frente a la pobreza en el mundo, los movimientos de inmigrantes y la inestabilidad que hay. Fue muy interesante su respuesta, puesto que es un hombre del mundo. Dijo: “El mundo no tiene solución, porque hizo del dinero su dios”. Bien dicho.
    Recordemos que en Éxodo, después de salir de Egipto, Moisés y los hijos de Israel se encontraron en el desierto con Jetro, el suegro de Moisés. Allí él dio un consejo a Moisés, respecto a la administración del pueblo, que repartiera el trabajo, asignando a un grupo de hombres los casos menos importantes, y reservando los más difíciles para él. A Moisés le pareció bueno el consejo y lo llevó a cabo, apuntando a setenta hombres como jueces en Israel. Pero de especial interés para nosotros es que entre las condiciones de estos setenta jueces estaba que tenían que aborrecer la avaricia. No sólo estar libre de ella, sino además, aborrecerla, porque si no, por ella el juicio podría ser pervertido. Y Dios todavía quiere que Su pueblo esté sin avaricia y que aborrezca la avaricia. Si tenemos los ojos puestos en el Señor Jesús, como Hebreos 12:1-3 nos indica, no amaremos las cosas terrenales y pasajeras. Que Dios nos guarde de este amor ilícito y necio, y seámosle un pueblo fiel y puro.

de un estudio dado en Sevilla por D. José Álvarez que es de Avilés, Asturias

https://es.wikipedia.org/wiki/Avil%C3%A9s

lunes, 30 de marzo de 2020

Las Iglesias También Se Enferman

  
  La iglesia o asamblea cristiana puede ser considerada como un cuerpo muy similar a un cuerpo humano (1 Co. 12). El cuerpo humano está compuesto de células individuales que en su conjunto forman la entidad entera. Células individuales muerte y otras se dividen. En tiempo, las células que componen un cuerpo pueden cambiar numerosas veces, pero el cuerpo es el mismo. Así es con la Iglesia. Primero, en el sentido mayor o universal, fue creada en Pentecostés con sólo unas pocas células individuales, pero la Iglesia nació. Y luego, en el sentido local, se establecen expresiones individuales (iglesias o asambleas locales) del Cuerpo de Cristo. Todas estas asambleas tienen también un nacimiento, una vida, y en cierto sentido una “personalidad” y conducta que afectan cómo maduran. Tristemente, muchas también llegan a morir. De ahí  la advertencia del Señor Jesucristo a la asamblea de Éfeso (Ap. 2:5).
    También como pasa con seres humanos, una asamblea puede experimentar “mortalidad infantil”, en casos cuando la asamblea como entidad, porque nunca fue arraigada en la Palabra del Señor Jesucristo (Su Evangelio y Sus caminos), nunca madura, sino que muere. Puede que las “células” que comenzaron esa asamblea fueron en verdad establecidas y arraigadas como individuos, pero por alguna razón, fallaron en lo de comunicar y establecer este fundamento respecto a la generación siguiente. Y el triste resultado es que la asamblea cesa de existir. Es necesario que haya hombres maduros y sabios para enseñar todo el consejo de Dios a los creyentes en una localidad (2 Ti. 2:2; Hch. 20:27).
    Una asamblea puede sufrir daño cuando el pecado invada como una enfermedad hace en el cuerpo humano. La infección suele originar fuera del cuerpo. Los métodos y caminos del mundo pueden menguar la fuerza de una asamblea antes de que se dé cuenta de que está enferma. En lugar de valorar y atender bien a la Palabra de Dios, pone la atención en lo que parece sabio, lógico, o necesario. Escucha otras voces que la de Dios, y busca otros intereses que los del Señor.
    También la tradición de los hombres puede agarrar a una asamblea como una fiebre que no se marcha. Las tradiciones se hacen leyes, alguien ha dicho. Entonces hay que tomar medidas bíblicas y serias para que la asamblea recupere su salud. Hay que abandonar las tradiciones de los hombres completamente, y reestablecer el “proceder en Cristo” (1 Co. 4:17).  Muchas enfermedades crónicas comienzan sutilmente, casi sin ser detectadas. Se disfrazan como “buenas” ideas (contemporáneas) para mejorar o renovar la asamblea. Pero después de un tiempo, esas “buenas” ideas ocasionarán la muerte del testimonio y quizás también de la asamblea. Algunas, tras probar varias novedades, han cerrado las puertas.
    Pero, la enfermedad no siempre origina fuera del cuerpo. El cáncer comienza y crece dentro y se extiende a todo el cuerpo. Solamente hay un remedio seguro; hay que quitar el cáncer, extirparlo, sacarlo del cuerpo. A pesar del dolor de la cirugía y la opinión de los demás en un mundo que entiende mal el “amor”, cualquier pecado debe ser quitado del cuerpo. Si es dejado allí sin pararlo, con tiempo se extenderá y ocasionará el final de la asamblea. El cáncer debe ser extirpado sin tenerle misericordia ni postergar el asunto, de acuerdo a la Palabra de Dios (1 Co. 5:7, 13; 2 Co. 2:5-8).
    Es triste y angustioso ver a una persona sostenida físicamente viva por medio de máquinas en el hospital. Pero, ¡cuánta más angustia o tristeza surge al ver una asamblea, que profesa fe en Cristo, siendo sostenida por nada más que lo equivalente a máquinas de respiración! A la iglesia en Sardis, el Señor Jesucristo dijo: “...tienes nombre de que vives, y estás muerto” (Ap. 3:1). De nada sirve que los del mundo digan que les gusta  una iglesia porque tiene “vida”, cuando Cristo dice que está muerta. Algunas de las “muertas” respiran artificialmente mediante la música contemporánea, drama y otros programas especiales para que la gente no se aburra. Pero considera esto: pocas de ellas comenzaron así. ¿Cuántas asambleas ahora dependen de los métodos de la sabiduría humana para mantener o aumentar su número de miembros?
    Josías, rey de Judá, halló el libro que había sido perdido en la cada de Dios. Fue mediante la estricta obediencia a la Palabra de Dios y la dependencia en Él que Josías vio un avivamiento tremendo en el pueblo de Dios (2 Cr. 34:15). Las soluciones a los problemas legítimos que tienen muchas asambleas hoy en día no están en el mundo, ni en la sabiduría ni los métodos de los hombres. Pueden ser halladas por fe práctica en la Persona del Libro, el Señor Jesucristo. Y estas soluciones serán experimentadas solamente mediante la obediencia a Él. Poco a poco, está resultando más difícil encontrar el Libro en la casa de Dios. En verdad el cuerpo está enfermo.
    Últimamente la promesa del Señor Jesucristo está segura: “sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). La Roca es Cristo (1 Co. 10:4). Él es el fundamento (1 Co. 3:11). Él tiene que ser el centro, el punto de enfoque y la Cabeza en todo tanto al individuo como a la asamblea (Ef. 1:22). Sus métodos son los únicos que valen (1 Co. 14:37). Si es nuestro deseo dar placer al corazón de Dios, debemos tener gran cuidado con lo que hacemos en relación con el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y su expresión local (1 Co. 3:12). No es suficiente ser oidores de la Palabra (Stg. 1:22). Si amamos al Señor Jesucristo, le obedeceremos aun cuando sea difícil o cuando nos parezca imposible (Jn. 14:15, 24). Dios desea que la iglesia no se quede como infante, sino que crezca y madure en Cristo Jesús nuestro Señor (Ef. 4:15-16). Como Dios dijo a Josué acerca de su obediencia a la Palabra de Dios: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidad de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te partes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas” (Jos. 1:7).


Joe Wilbur, Rochester, NY

de Milk & Honey (“Leche y Miel”), Octuber 2000 traducido y adaptado
















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