miércoles, 8 de abril de 2026

LA FILOSOFÍA: TRAMPA DE LA SERPIENTE

“Tened cuidado, que nadie estropee vuestra fe con intelectualismo o locuras grandilocuentes. ¡Éstas están fundadas en las ideas que tienen los hombres acerca de la naturaleza del mundo y no toman en cuenta a Cristo!” (Col. 2.8 Nuevo Testamento Parafraseado por Phillips).
 
   

La palabra griega que Phillips traduce como “intelectualismo” es la misma que se traduce como “filosofía”. Básicamente significa amor a la sabiduría (filo, amor, y  sofía, sabiduría), pero más tarde adquirió otro significado, es decir, la búsqueda de la realidad y el propósito de la vida.
    La mayoría de los filósofos se expresan en un lenguaje complicado y grandilocuente. Sus palabras son incomprensibles para la gente normal, y apelan a quienes les gusta emplear su poder intelectual para revestir las especulaciones humanas con palabras difíciles de entender.
    Francamente, las filosofías humanas no sirven de mucho. Phillips se refiere a ellas como “intelectualismo y locuras grandilocuentes”.Se basan en las ideas que los hombres tienen acerca de la naturaleza de las cosas, ya que no hacen caso a Cristo. Se cita al famoso filósofo Bertrand Russell, que al final de su vida dijo: “La filosofía ha demostrado ser un fracaso para mí”.    
    No se puede engañar al cristiano sabio con las locuras grandilocuentes del seudointelectualismo de este mundo. Se niega a inclinarse ante el altar de la sabiduría humana. Por el contrario, sabe muy bien que todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento se encuentran en Cristo. Por eso, somete todas las filosofías humanas a prueba mediante la Palabra de Dios y, como resultado, las rechaza, ya que se oponen a las Escrituras.
    El problema fundamental del filósofo es que no acepta la revelación divina, la Palabra de Dios, sino intenta deducir la verdad por medio del raciocinio. Romanos 1 describe la mente humana, que desde la caída en el pecado su corazón es necio y entenebrecido (v. 21). Profesando ser sabios, se hicieron necios (v. 22). No aprueban tener en cuenta a Dios, y por eso su mente es reprobada (v. 28). Está perdido y desorientado, y rechaza la brújula y el mapa de la Palabra de Dios. El predicador J. Vernon McGhee dijo que el filósofo es como un hombre ciego, en un cuarto oscuro, que busca un gato negro que no existe. Escuchar a tales personas es perder el tiempo. Acerca de todos los tales Jesucristo dice: “Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mt. 15.14).
    No cambia de parecer cuando los filósofos salen en primera plana con algún nuevo ataque contra la fe cristiana. Es lo suficientemente maduro como para darse cuenta de que no puede esperar nada mejor de ellos. 
    No se siente inferior por no poder conversar con los filósofos utilizando palabras con muchas sílabas o por no poder seguirles en sus razonamientos complicados. Desconfía de su incapacidad para dar a conocer su mensaje con sencillez y se regocija de que el Evangelio pueda entenderlo cualquier hombre, por ignorante que sea.
    En los filósofos el creyente detecta la trampa de la serpiente: “... seréis como Dios” (Gn.  3.5). El ser humano es tentado a exaltar su mente y sus poderes intelectuales por encima de la mente de Dios. Pero el cristiano sabio rechaza la vieja mentira del diablo. Derriba argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2  Co. 10.5).

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