Eran las nueve y veinte de la mañana del domingo y Mari oyó que llamaban
con insistencia a su puerta. Abrió y allí estaba John, todo sonriente.
Mari le dio la bienvenida y él, entrando rápidamente, se sentó en su
lugar preferido. Mari se sentó en el sofá y se quedó esperando. No podía
evitar fijarse en lo guapo que estaba John. Vestía un traje caro, de
corte muy elegante; llevaba los zapatos lustrosos, y la corbata y los
calcetines eran del mejor gusto. Se había peinado con esmero y, además
de ser alto, estaba sentado bien erguido.
Mari esperó. Sabía que en el momento adecuado John empezaría. Y así fue; a las nueve y media en punto empezó a hablar.
“Mari, no te imaginas cuánto significa esto para mí. Toda la semana he
estado esperando este momento, deseándolo con todo mi corazón. Por fin
ha llegado la hora y aquí estoy, para decirte cuánto te quiero. Mari,
sólo vivo para disfrutar de este rato contigo cada semana”.
“Oh,
Mari; estaba recordando el día que te conocí. Mi corazón se estremeció y
enseguida supe que estabas hecha para mí. Los días de nuestro noviazgo,
nuestra boda... ¡Qué recuerdos tan dulces...!”
“Me acuerdo de
cuando estuve enfermo y tú me cuidabas. perdiendo sueño mientras me
atendías con aquella delicadeza. Y recuerdo cómo tus cariñosos labios
rozaban mi frente cuando la fiebre se apoderaba de mí. Era como una
fresca brisa del cielo. Cuidaste de mí hasta devolverme la salud y la
fuerza. Sin ti habría muerto, Mari”.
En ese momento los ojos de
John se humedecieron. Cesó de hablar, luchando por controlar sus
emociones. Sacando un pañuelo, se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz
con fuerza. Tras unos momentos esforzándose por contener la emoción,
recobró la compostura y continuó:
“Mari, aquí sentado esta mañana
de domingo, te veo más hermosa que nunca. Tus ojos parecen limpios
estanques de agua azul. Tu rostro es un espejo de encanto. Tu carácter
me maravilla. Jamás he conocido a alguien tan amable, encantador,
considerado, justo y recto como tú. Mari, eres sencillamente
maravillosa”.
“Y sobre todo, Mari, te amo por lo que has hecho
por mí. Has estado a mi lado en lo bueno y en lo malo. Cuando más te
necesité te sacrificaste para salvarme la vida. Mari, jamás podré
agradecerte bastante lo que has hecho por mí. Significas mucho para mí;
más que cualquier otra cosa”.
“Bueno Mari, es casi hora de irme.
Son cerca de las diez y media según mi reloj. ¡Cuán agradecido estoy por
esta oportunidad de estar contigo cada semana!. Sólo vivo para esta
hora. Y ahora que me marcho quiero darte algo que expresa mi profundo
amor y mi gratitud”.
En ese momento John sacó la cartera con
cierto ademán de esplendidez. Dejando a un lado varios billetes de más
valor, cogió uno inferior, pero muy nuevo, y con una tierna sonrisa se
lo dejó sobre la mesa.
“Mari, me tengo que marchar ya. Ha sido
maravilloso estar contigo, mirarte a los ojos y decirte cuánto te amo.
Adiós. Hasta la semana que viene. Te quiero.”
Los vecinos vieron
salir a John de la casa, montarse en su lujoso automóvil nuevo y
alejarse. Mari se quedó a la puerta, mirando con los ojos empañados en
lágrimas. Era un matrimonio realmente extraño. Este breve ritual se
repetía cada domingo por la mañana.
Los comentarios corrían por
todo el vecindario. Una hora a la semana no parecía suficiente para
pasar con su mujer. John parecía tener tiempo para sus amigos; siempre
estaba yendo a la playa o a la montaña, le encantaban el golf y los
bolos. Luego, con sus clubs y sus asociaciones cívicas completaba las
tardes. Y algunos fines de semana, ocupado como estaba con tantos
viajes, incluso se mostraba impaciente en casa de Mari, esperando la
hora en que había quedado con sus amigos para salir a comer al campo.
Durante la semana John nunca llamaba a Mari por teléfono, ni le
escribía. Se diría que vivían en mundos diferentes, a pesar de tener un
buen sistema de comunicación entre ellos.
Se rumoreaba que John
ni siquiera se sentía orgulloso de su matrimonio. Cuando le preguntaban
si estaba casado, procuraba cambiar de tema y se sentía molesto. Es más,
le habían visto a veces con otras mujeres, o eso al menos se decía. Lo
que sí es cierto, es que parecía querer aparentar no estar casado.
Él vivía bien. Se ufanaba de su indumentaria y su vehículo, claro que
en su trabajo uno tiene que causar buena impresión. Uno tiene que poner
altas sus miras si quiere ascender en este mundo y lograr mejor
“standing”. Tiene que asociarse con los grandes si quiere llegar a ser
uno de ellos. John, en realidad, vivía un poco más allá de sus
posibilidades en su afán de mantenerse a la altura de los demás.
A
veces pensaba un poco en Mari y en sus necesidades, pero, al fin y al
cabo, él le pagaba religiosamente cada domingo. Verdad es que llevaba
veinte años dándole la misma cantidad, si bien sus ingresos se habían
triplicado... ¡Pero también sus gastos se habían multiplicado por tres!
Pero así es la vida. Y él no cabe duda que amaba a Mari. Cada domingo
reservaba una hora para hablarle de su amor por ella. Bien podría
dedicar ese tiempo a sí mismo si quisiera. Madrugaba en vez de quedarse
en la cama y combatía el tráfico con tal de ir a ver a Mari. Debería
sentirse muy agradecida. Ese esfuerzo probaba su inmarcesible amor por
ella.
Hace mucho Cristo dijo: “Este pueblo de labios me honra;
mas su corazón está lejos de mí” (Mt. 15:8). ¿Puede decirse esto de
alguno de nosotros?
Donald L. Norbie
Traducido de una antigua copia de “Light & Liberty” (Luz y Libertad)