miércoles, 20 de noviembre de 2024

DIGNO ES EL CORDERO

 


 “¿Quién es digno?... no se había hallado a ninguno digno”.
“Digno eres...el cordero que fue inmolado es digno” (Ap. 5:2, 4, 9, 12).

“Digno” es una palabra clave en este pasaje. La gran pregunta lanzada en el cielo es: “¿Quién es digno?”  La respuesta – nadie. Juan, viendo que no se hallaba a ninguno digno, lloró. Es el único caso registrado de alguien que llora en el cielo. Y se le dijo: “No llores” (Ap. 5.5).
    Tenía que aprender lo que todo el cielo sabe, y ahora nosotros también lo sabemos por la gracia de Dios: sólo el Cordero de Dios es digno. En el cielo nadie adora a la virgen, los santos, los ángeles ni los cuatro seres vivientes. ¡Nadie habla de la dignidad del ser humano! Todo el cielo adora únicamente a Dios y al Cordero. De eso se ocupan en los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis, dándonos ejemplo. Aquí abajo, desde el planeta todavía rebelde, los creyentes unimos nuestra voz a las del cielo. Hermanos, una de las formas más puras de adoración es proclamar la dignidad del Cordero.
    En las escenas de adoración en la Biblia, toda palabra es dirigida directamente al Señor. La práctica de acercarse a un micrófono y “dar un pensamiento”, o exponer algo delante de los hombres en la Cena del Señor, demuestra que aún no hemos entendido bien la adoración. Todo lo que hay que decir puede ser dirigido directamente al Señor, ministrando a Su Persona, en lugar de dirigirse a la congregación. Ellos oirán lo que decimos, pero debemos decirle al Señor, como vemos en Apocalipsis 4 y 5.
    Los que están en el cielo doblan las rodillas y se postran en adoración. Dentro de no mucho, toda rodilla se doblará en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. Pero ahora, congregados en Su Nombre, podemos seguir el ejemplo celestial. Adoremos, confesemos la gran dicha de Su señorío, y proclamamos gozosos: “Digno eres... porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap. 5.9).

Carlos

sábado, 16 de noviembre de 2024

Presentemos Nuestro Cuerpo a Dios

 


Romanos 12.1 “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”

            La expresión “así qué, hermanos”, indica una continuación y aplicación. No habla a los inconversos, sino a los hermanos. Son aplicaciones para los que han sido justificados. Pablo podía haber mandado, con autoridad apostólica, pero escoge otra expresión: “os ruego”. Nos recuerda lo que escribió a Filemón: “Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor” (vv. 8-9).

            “por las misericordias de Dios”. Su misericordia es el gran tema de los Salmos 107 y 136. “Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia” (Sal. 107.1). En su carta a Filemón, Pablo apeló al amor. Cuando escribió a los romanos, apeló a la misericordia de Dios. Si repasamos los primeros once capítulos, la veremos muchas veces. Ella debe motivarnos, como dijo Isaac Watts:

             “¿Y qué podré yo darte a Ti, a cambio de tan grande don?

            Todo es pobre, todo ruin. Toma, ¡oh Dios!, mi corazón”.

   El capítulo 1 describe la condición necia y rebelde de la raza humana, que rechazó la luz de la revelación se hundió en el pecado. No solo eso, sino que también despreció y rechazó la misericordia divina, descrita así: su benignidad, paciencia y longanimidad” (Ro. 2.4). Dios tuvo misericordia de la raza humana, desviada e inútil (3.12), y para manifestar Su justicia, sacrificó a Su Hijo “como propiciación”, para que “por medio de la fe en su sangre” podamos ser salvos (3.25). En Su misericordia nos salva por gracia (c. 4), nos da paz, y nos libra de la asociación con Adán (c. 5), nos libra del domino del pecado (c. 6), nos libra de las demandas de la ley (c. 7), provee el Espíritu Santo para guiarnos, y garantiza que nada puede separarnos de Su amor (c. 8). Con Israel también tiene gran misericordia, y pese a su dureza e incredulidad, cumplirá todas Sus promesas a ella (cc. 9-11). Judíos y gentiles han alcanzado la misericordia de Dios (11.30-31). El verso 32 declara: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”. Los que conocemos esta gran misericordia debemos vivir para Dios.

 “que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”

      Respondemos a la misericordia de Dios con gratitud y alabanza, pero también con el sacrificio de nuestros cuerpos. Ningún animal sacrificado bajo la ley se presentaba a sí mismo, sino otro lo sacrificó. Nuestro privilegio y deber es presentar a Dios, no un animal para morir, sino nuestro propio cuerpo para vivir para Él. Es una entrega voluntaria y completa. Números 6 habla del voto de los nazareos (vv. 1-21), que era voluntario y por un tiempo. El sacrificio vivo del creyente es para siempre, en respuesta a las misericordias de Dios. En este verso y el siguiente debemos tomar nota de cinco verbos: “presentar”, “no conformar”, “transformaros”, “renovar” y “comprobar”.

     El primero de los cinco es: “que presentéis vuestros cuerpos”. Eso ya fue enseñado en Romanos 6.13, presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia”. “Presentar” (gr. paristemi) significa ponerse al lado, o delante; a la disposición de otro, ofrecerse. Se trata de nuestro cuerpo físico (gr. soma), “nuestra carne” (2 Co. 4.11). “Cuerpo” puede ser una sinécdoque, una figura de hablar por el que una parte representa toda la entidad, es decir, todo nuestro ser, cuerpo, mente, corazón, espíritu, fuerzas, en fin, todo. Pero el significado literal también es válido: nuestro cuerpo físico debe ser un instrumento para servir a Dios. Lo presentamos no para salvación, sino para servicio. Algunos piensan que a Dios no le importan las cosas externas como el cuerpo, sino solo lo interno, el corazón, pero se equivocan. ¡Dios quiere todo nuestro ser, y todo le es importante! El corazón y el cuerpo están conectados.

      Cristo presentó Su cuerpo y reconoció que preparado para hacer la voluntad del Padre (He. 10.5). Llevó nuestros pecados “en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2.24). Nos ha reconciliado “en su cuerpo de carne” (Col. 1.21-22). Somos santificados “mediante la ofrenda de su cuerpo” (He. 10.10). Pero Dios también tiene interés en nuestro cuerpo físico, pues está incluido en la redención. 1 Corintios 6.15-20 enseña la importancia del cuerpo físico del creyente, y pregunta: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (vv. 19-20). Muchos hoy ignoran esta gran verdad, y hacen con su cuerpo lo que les parece, según las modas corrientes, y dicen que Dios mira al corazón.[1] Es cierto que lo mira, y ve que en su corazón falta santidad y devoción, y abunda el egoísmo. Pablo conocía bien la importancia del cuerpo, y debemos seguir su ejemplo.

 · “… golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9.27).

 · “antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte” (Fil. 1.20).

 · “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5.10).

    Los creyentes macedonios, aunque pobres y afligidos, respondieron así cuando presentaron su ofrenda para los pobres en Jerusalén. Pablo comenta: “Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios” (2 Co. 8.5). No ofrendaron solo dinero, sino en primer lugar se presentaron, se dieron, al Señor, es decir: su cuerpo, su persona, todo su ser. Ellos ilustran la enseñanza de Romanos 12.1.


[1] A los que dicen: “A Dios no le importa cosas externas como el pelo”, les remitimos a 1 Corintios 11.14-15, que declara que al varón le corresponde el pelo corto, y a la mujer le corresponde el cabello largo.

lunes, 23 de septiembre de 2024

¿Hasta Cuando Honramos A Los Padres?


En Génesis 18.19 Dios dice acerca de Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”. Esto indica Su aprobación de la forma que Abraham cumplía sus responsabilidades con sus hijos y todos los demás de su casa. Es la responsabilidad de los padres guiar, aconsejar, enseñar, amonestar y aun mandar a sus hijos respecto al camino del Señor, y lo bueno y lo malo en la vida.
    En Éxodo 20.12 Dios manda a todo Su pueblo: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. El Nuevo Testamento repite este mandamiento, y por eso sabemos que no se caduca. Dice además que es “el primer mandamiento con promesa” (Ef. 6.2). Honrar es un término que incluye la actitud, la forma de hablar y los hechos. Dios enfatiza repetidas veces en Su Palabra la importancia de honrar a los padres. Los hijos sabios lo hacen, porque el temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y han aprendido a seguir Sus instrucciones. Pero los hijos necios siguen el perfil del necio en el libro de Proverbios, y andan independientemente, y contradiciendo y despreciando el consejo de sus padres. “El camino del necio es derecho en su propia opinión, mas el que obedece el consejo es sabio” (Pr. 12.15). ¡Cuánto más pronunciado es ese error cuando los padres son creyentes que andan en el temor de Dios, y los hijos no siguen ni su ejemplo ni sus consejos! El escarnio no solo se hace con la cara o la palabras, sino también con hechos desaprobados por los padres. Proverbios 30.17 dice: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila”.
    Josué 24.15 es un texto conocido por muchos. “Yo y mi casa serviremos a Jehová”. Lo dijo Josué, líder en Israel y cabeza de su propia familia. Él declaró la posición de la familia, y su esposo, hijos e siervos le siguieron.
    Y a los hijos la Palabra de Dios habla nuevamente diciendo: “Oye la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Pr. 1.8). Este consejo inspirado se da repetidas veces a lo largo del libro de Proverbios. “Oye, hijo mío, y recibe mis razones” (4.10). Está claro que “oír” es más que estar escuchando, porque con paralelismo típico de la poesía hebrea, dice: “oye... y recibe”. Esto es, escuchar y hacer caso, no como los que oyen pero no reciben, sino dicen: “eso es tu opinión”.
    Proverbios 4.13 dice: “retén el consejo, no lo dejes”. Vemos ejemplo de esto en los recabitas (Jer. 35) que retuvieron el consejo y la instrucción de Jonadab, durante casi trescientos años. Proverbios 4.20 dice: “Hijo mío, está atento a mis palabras, inclina tu oído a mis razones”. Inclinar el oído es una decisión y disposición que cada hijo debe tomar delante del Señor. Cada uno decide a quién escucha, a quién se inclinas a oír (hacer caso) y a quién no. Mediante la Biblia, Dios nos guía en esta responsabilidad humana.
    Porque Dios inspiró y preservó los consejos paternos del libro de Proverbios, podemos estar seguros que en ellos hay patrón para creyentes de toda época, antigua y moderna. La obsesión moderna de “independizarse” de los padres simplemente porque uno es “mayor de edad” o “adulto”, proviene del mundo, no de la Palabra de Dios. En la Biblia, hombres como Isaac todavía vivieron bajo la autoridad y dirección de sus padres hasta casarse, aunque en el caso de Isaac, él no se casó hasta los cuarenta años, en la voluntad de Dios. Isaac no dijo: “Otros de mi edad ya no viven con sus padres”. No dijo: “He encontrado a alguien especial y me voy a casar”. (Hoy no dicen ni eso, sino que se juntan como pareja sin casarse). No dijo: “No soy un niño, y viviré mi propia vida”, ni nada parecido. Esperó en casa de su padre, seguramente ocupado en trabajos, y cuando Dios quiso, a su tiempo, le proveyó una esposa (Gn. 25).
    Génesis 2.24 enseña cuándo se independiza uno de los padres: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Se repite en el Nuevo Testamento: Mateo 19.5, Marcos 10.7 y Efesios 5.31. Pero esto no le da derecho a deshonrarlos.  “¿Dónde dice la Biblia que cuando uno es adulto, no tiene que honrar más a sus padres, ni retener sus consejos? Siempre serán los padres, y no debemos perder nunca el respeto, ni en la forma de hablar, ni en la conducta. Una lectura atenta de Proverbios demostrará que las instrucciones paternas y los consejos dados son para más que infantes y niños o muchachos jóvenes. Claramente, son para mayores también – capaces de ser tentados por cosas como la violencia del robo, la deshonestidad en el negocio, la fornicación y el adulterio. Cierto es que no habla sólo para niños.
    Proverbios 5.20 lo lleva un paso más adelante: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre”. Guardar es atesorar, proteger, cuidar como algo importante. Por eso Proverbios 7.1 dice: “Hijo mío, guarda mis razones, y atesora contigo mis mandamientos”. Otra vez señalamos a los recabitas, que durante siglos guardaban fielmente los mandamientos de Jonadab, aun acerca de cosas que les hubiesen sido lícitas: edificar casas, plantar viñas, beber vino. Dios dejó saber en Jeremías 35.12-19 que Él bendecía para siempre a los recabitas por su obediencia a las palabras de su padre, y que era ejemplo que Israel tenía que haber seguido con Dios.
    ¿Somos sabios? “El hijo sabio recibe el consejo del padre, mas el burlador no escucha las reprensiones” (Pr. 13.1).
    Nuestro Señor es, por supuesto, el mejor Hijo. “Yo hago siempre lo que le agrada”, declaró (Jn. 8.29). “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40.8). Miramos con admiración la comunión entre el Padre y el Hijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace” (Jn. 5.19-20). Con razón el Padre declaró desde los cielos: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3.17; Mr. 1.11).